Respeto y símbolos

Escrito por amimeobligaron 14-07-2009 en General. Comentarios (0)

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Soy ateo, pero cuando entro en una iglesia a acompañar a alguien, aunque no repito sus salmodias ni me persigno, respeto sus símbolos. A pesar de que en ocasiones los creyentes cristianos me compadezcan o incluso me insulten, jamás he pisoteado una cruz ni me he lavado los sobacos con el agua de sus pilas bautismales. ¿Miedo a pecar?. No, respeto.

Soy republicano, pero aunque no me gusta la familia real ni que Europa tenga más reyes que una baraja de poker trucada, no quemo fotos de Juan Carlos y Sofía. Aunque reivindico que los Borbones se pongan a trabajar como los demás sin prebendas, no escupo ante el letrero del hospital público con el nombre de una infantica. Reivindico que Urdangarín, Irene de Grecia y Leonor sean lo mismo, exactamente lo mismo que yo, con los mismos regímenes de incompatibilidades y con ni más ni menos que el mismo respto que merezco yo.

No nací en la península ibérica, pero mi DNI dice que circunstancialmente soy español, al menos de idioma, gastronomía y hábitos. En cualquier caso sé más idiomas, como sin ascos canguro o serpiente y bajo el tono a las diez de la noche si la comunidad con la que convivo es madrugadora. Cuando alguien no me entiende en un idioma, aunque yo pague el servicio, me hago valer en otro y generalmente me hago entender. No exijo más derechos por hablar mi idioma, pero me alegra saber que es comprensible para 400 millones de personas y que cada vez más gente del mundo globalizado lo aprende. Ante el alto ejecutivo de nación mediterránea ibérica que pidió en la sede de la ONU de Nueva York un circuito personalizado en su idioma porque lo hablan 14 millones de personas en el mundo -esto es rigurosamente verídico, estaba delante de mí en la cola-, no puedo por menos de reprimir una carcajada y traducirle al castellano -que comprendía- el circuito, que finalmente hicimos en inglés. El circuito en español, por cierto, se hacía dos días a la semana.

Papanatismos, los justos, ya he recorrido demasiados pueblos mesetarios que proclaman que de la devoción a sus toros embolaos, sus empalaos o sus pasos pascuales de Salzillo se accede directamente a la diestra de dios padre.

Mi respeto por la bandera "rojigualda" -como la llamaban los carcas- no es mayor ni menor que la que tengo por la Union Jack, la Star Spangled Banner o la tricolor francesa. Simbolizan a gente, como sus himnos y, cuando suena uno de ellos callo por respeto ante la gente que se identifica con ellos, como callo cuando alguien reza un padrenuestro. La banderas para mí son trapos, pero jamás quemaré una por lo que pueda significar para un ajeno.

Yo no uso sombrero ni gorra en interiores, ya que mi cultura me enseñó que era de poco respeto no descubrirse al entrar en un lugar público y cerrado. Por eso me descubro, por eso no dejo que mi hija lleve boina a clase y por ello reivindico que los tocados obligatorios sobre el pelo de las mujeres no igualadas a sus varones se dejen para la intimidad de sus casas y sus creencias íntimas -en lo que es público donde fueres haz lo que vieres- o a sus conventos de clausura. En mi derecho y los de los mios/as, ni un paso atrás, que mucho nos ha costado llegar hasta aquí.

El himno del país en que vivo no se canta a voces, no me emociona ni cuando estoy fuera, pero me gusta para él el mismo respeto que se ha de tener al himno de Irán, Indonesia, Mozambique o de Italia. Son símbolos de grupos de gente de quien espero que me respete, al menos igual que yo a ellos.

Yo no escupo en la calle, no llevo mi música particular a toda ostia para atronar a los demás ni soy políticamente correcto. Aunque no soy mujer, homosexual, negro, menor de edad, gitano,euskoparlante, inválido o jubilado -aún- creo que todas estas personas con rasgos diferentes a los míos son tan personas como yo...mientras no me traten de pisar el callo a costa de su derecho. No tolero que una minoría - y si somos estrictos, tampoco una mayoría- trate de imponerme una costumbre como un derecho si menoscaba el mío. Creo que quien quiera, en su libertad individual, tiene derecho a todo menos al abuso o a la intolerancia -aunque provenga de un intolerante grupo de diferentes que se escuda en que yo formo parte de una mayoría-.

El papanatismo, el paletismo, las orejeras, la incultura, el maltrato, la ausencia de educación, la incapacidad de ponerse en lugar de otro creo que acaban todas en un mismo cauce: la falta de respeto.
Proclamo mis diferencias: algunas de ellas las defenderé con uñas y dientes, pero la falta de respeto me sigue pareciendo el cáncer de la sociedad. Se ve en tertulias televisivas, en la carretera, en los mítines, en los partidos de futbol, en los patios de colegio,en los púlpitos, en las columnas de los periódicos, en las ventanillas públicas, en las fiestas de pueblo...

Sí. A mí tampoco me gusta la monarquía, ni los nacionalismos exacerbados y folklóricos, ni el liberalismo económico, ni los colegios concertados, ni las homilías de algunos curas ni ni los políticos que me gobiernan. Pero los diferencio de los terroristas, de los integristas, de los dictadores, de los nazis, de los excluyentes y de los catetos en una sola cosa: el respeto por las ideas ajenas, que creo que los primeros tienen -o es su deber tener- y los segundos nunca han tenido, aunque disimulen bien bajo sus pátinas de colectivos legal¡izados. Papa Ratzinger, toma nota, que últimamente te estás poniendo algo intolerante. Y... presidente Joan Laporta, no trates de insultar mi inteligencia cuando hablas. Esas formas...

Si empezamos a silbar ante los símbolos propios o ajenos -ya sea el Ramadán, la bandera del Nepal o el swahili- mal vamos, ¿no?. A mí me gusta desnudarme en la playa, defender al aborto -aunque no abortara si fuera mujer- y comer una vez al día. Pero no obligo a que nadie deje de ser textil, descondonado del Opus o seguir la dieta mediterránea.

De lo de esta semana, lo más díficil para mí ha sido explicar a mi hija que nunca renuncie a sus ideas pero que para ser persona, siempre respete los símbolos ajenos tanto como los suyos, a menos que sean símbolos excluyentes, imperativos o cercenadores. Los tótems que adoramos revelan lo que cada uno lleva en el fondo de las entrañas. Quemarlos, taparlos, silbarlos o despreciarlos no sólo es tratar de enterrarlos sino de humillar a quienes los respetan.

Ellos creen que silbaban ante el opresor, pero quienes tratan de imponerse por cojones son ellos. La falta de respeto es el principio de la exclusión y el fín de la democracia. Y eso SÍ me enerva...

Respeto...hasta en la guerra, joder!. Si no, lo de "homo homini lupus" será hasta el puto Armagedón, el valle de Josafat... que dicen los judeocristianos.