A mi me obligaron

Mientras Michelle y Barack se abrazaban…

Escrito por amimeobligaron 07-11-2012 en General. Comentarios (0)

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…Colorado aprobaba el uso terapéutico de la marihuana. Y dos estados norteamericanos aprobaban –sin necesidad de estar discutiendo la nomenclatura siete años en un tribunal- el matrimonio homosexual. Y mientras, aquí se sabía que en vez de los 7.000 declarados entraron 23.000 en la fiesta de Halloween del Madrid Arena.  Y que el organizador de la fiesta había contratado a ultras para que vigilaran las entradas del recinto. Y El Pais se jactaba en portada de salir a la calle con sus trabajadores en huelga. Y La Gaceta decía que le llamarán matrimonio, pero que para ellos no lo es. Como para el ministro del Interior, lo cual es bastante mas grave que que lo diga La Gaceta que, al fin y al cabo, es lo que es.

 

Y se anunciaba la privatización del hospital Infanta Leonor, ese que Espe pagó con el dinero de todos para inaugurarlo hace unos años en plena campaña. Y se sabía que la abuelita funcionaria de Turespaña está en contra de Botella -¡que caiga quien caiga!- y de Rajoy, porque le parece muy bien que se cobre un euro por receta.  Mentir, mentimos todos, dice la abuelita, que colocó a su secretaria personal de consejera de administración de Bankia. No importa: como luego los consejeros no necesitan saber si hay déficit o superávit, pues como si hubiese colocado a su hijo.

 

Mientras Michelle y Barack se abrazaban, un millonario llamado Trump que había puesto una pasta gansa para la campaña de su oponente mormón aseguraba que en Estados Unidos no hay democracia. Y Rajoy se juntaba con Cayo Lara para hablar de desahucios y de dación en pago, porque entre ellos no hablan de matrimonio. Y a la oposición del PSOE se le ocurría que  después de negarse cuando eran gobierno, ahora podían presionar pidiendo la dación para dejar de putear a los desahuciados. Y que si se tiene que ir Rubalcaba porque está quemado, pues por qué no elegir a Bono para sustituirle.

 

Mientras Michelle y Barack se abrazaban, Mourinho seguía siendo un borde. Y Artur Más preparaba un discurso en Bruselas al que no iba  a asistir ni el tato. Y Pujol decía que los españoles somos de natural arrogantes. Y los del 15-M te enseñaban cómo evitar en adelante pagar el euro del repago. Y Sostres… bueno, mejor ni repito lo que decía Sostres.

 

En fín, que insistiendo en que no me creo esa vieja rivalidad entre el asno y el elefante, pues… ¡que me encanta que la gente se abrace!.

El asno y el elefante

Escrito por amimeobligaron 05-11-2012 en General. Comentarios (0)
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Es el viejo cuento de ¿a quien quieres más a mama o a papá?. Aquí, a diferencia de otros paises con más tradición en elecciones y democracias, llevamos tantos años dándole vueltas a las historias de los bolcheviques quemaiglesias y a los fascistas de la unidad de destino en lo universal que aún pensamos que las dos fuerzas mayoritarias en España son muy diferentes. Y a eso juegan los que se han adueñado de la democracia para sobrevivirnos como casta subidos a su escalón donde no llega la ola del tsunami que ahoga, haya crisis o no.

 

Recuerdo que antes,  cuando yo era chaval, para afirmarse como ideología en Europa se jugaba con la palabra “demócrata”: así, había por ejemplo demócrata cristianos –gente de derechas- y social demócratas –gente de izquierdas-. Ahora ya se llaman directamente liberales –o populares europeos, ¡anda que si Mao levantara la cabeza!- o conservadores, y laboristas o progresistas o… socialistas. Pero ya solo son siglas. Ni tienen ideología –lo de derechas e izquierdas a estas alturas de economía globalizada se la sopla bastante- ni mandan en realidad, sino que sirven a otros que no somos nosotros.

 

El juego bipartidista de D´Hondt en España nos ha hecho mirarnos en un espejismo que luego , si mirábamos afuera, no nos parecía tan real. A mí, cuando me decían que en Inglaterra se la jugaban conservadores y laboristas me parecían los mismos. Es que desde fuera, la verdad,  parecía que  hacían lo mismo. Y cuando en Estados Unidos se la jugaban demócratas y republicanos, pues igual. En Estados Unidos mandaba quien mandaba –la cocacola, la Ford, Halliburton o la madre que le parió- y daba igual que ahí estuviera Carter o Clinton que Reagan o Bush. El bacalao se partía en los lobbies del congreso. Lo más que se limitaba a hacer un presidente era gestos a la galería: los conservadores solían dejar que los progresistas subieran los impuestos y dieran algún derecho más a las minorías cuando ya tocaba  y, por el contrario, los demócratas permitían que los conservadores invadieran países o favorecieran a las empresas privadas y a los bancos ruinosos cuando tocaba también. Pero cuando llegaba el oponente, nunca se cargaba determinadas cosas del otro.

 

Eso sí. Se tiraban el rollo de grandísimos rivales. Unos decían que dios, el capìtal, la historia, la nación  y la globalización estaban de su lado y los otros afirmaban que quien estaba se su lado era el pueblo, las minorías, el arte, el interés común y el progreso. Ay.

 

Ahora son el negro contra el mormón. Pero la jugada ya está echada. Si no que se lo pregunten a Standard & Poor´s o a Moody´s. O a la NYSE. O al Fondo Monetario. O a China, Brasil y la India. O al tesoro. O al Banco Central Europeo.

 

Lo más que pueden  hacer es ir a ver a las víctimas del huracán, hacer ese absurdo conteo de caucus en que parece que por un voto más en Ohio o un compromisario en Florida se decide si queremos más a mamá o a papá y, al final, que el que salga  haga detener al chino de Cobo Calleja acusánsole de todos los males de los desfalcos de los de la amnistía fiscal de toda la vida.

 

Yo, es que –Mariano, Alfredo- aunque el Tribunal Constitucional diga mañana  al final que ya se pueden casar los gays con todas sus bendiciones y aunque el caso Madrid Arena quede –como quedará- impune de responsabilidad política, ya no se distinguir, la verdad, entre un asno y un elefante.

 

Lo que sé seguro es que ya no quiero ni a esa mamá ni a ese papá que me habéis impuesto.

El hombre de la multitud

Escrito por amimeobligaron 03-11-2012 en General. Comentarios (0)
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“Las luces de gas brillaban todavía, mas la lluvia redoblaba su fuerza y sólo alcanzaban a verse contadas personas. El desconocido palideció. Con aire apesadumbrado anduvo algunos pasos por la avenida antes tan populosa, y luego, con un profundo suspiro, giró en dirección al río y, sumergiéndose en una complicada serie de atajos y callejas, llegó finalmente ante uno de los más grandes teatros de la ciudad. Ya cerraban sus puertas y la multitud salía a la calle. Vi que el viejo jadeaba como si buscara aire fresco en el momento en que se lanzaba a la multitud, pero me pareció que el intenso tormento que antes mostraba su rostro se había calmado un tanto” (Edgar Allan Poe.-“El hombre de la multitud”)
 

Descubrí de niño que los espacios abiertos a solas me incomodaban, especialmente por la noche y a oscuras. Debía tener diez años en un campamento cuando tuve que salir sólo de la tienda por la noche a las letrinas, como quinientos metros más allá de la zona de acampada. Había luz de luna, campo abierto, gorjeos de pajarillos nocturnos y quietud pero recuerdo que esa sensación de espacio abierto a solas – aún no había leido la historia sobre el wendigo de los mitos de Cthulhu- no sólo me incomodó sino que noté que me asustaba muchísimo, sin razón aparente. Con el tiempo me dí cuenta que la sensación de agorafobia me turba más que la de claustrofobia que, en ocasiones hasta me parece acogedora. No entiendo a mi padre, que fue incapaz de bajar a las catacumbas de Roma, o a mi mujer, que se negó de plano a recorrer los angostos túneles bajo la pirámide de Kefrén y temblaba –aunque  sé que es valiente- cuando descendimos a las tumbas del Valle de los Reyes o al Serapeum de Menfis.

 

Es cierto que a mí también me invade un tipo de claustrofobia, pero no la derivada de una inmovilización sino esa que sobreviene en cualquier reunión tumultuaria, ya sea la hora punta en el metro, unas fiestas de pueblo o de barrio, un concierto multitudinario, una manifestación, una cola o una fiesta de masas. Resisto mal las cantidades inmensas de gente y para ligar, bailar, emborracharme, tener sexo, drogarme, desfasar o alternar -cuando se ha dado el caso o la hipótesis teórica- de no hacerlo en intimidad estricta, siempre he preferido grupos reducidos, si no podían ser selectos. No es el hecho de que esté ya mayor para determinado tipo de eventos, pero jamás me he imaginado participando de buen grado en un macrobotellón, en un concierto de Rock in Rio o en la maratón de Nueva York.

 

Hay gente que, por el contrario, para vencer sus vergüenzas o sentirse integrado en su verdadera salsa, necesita estar rodeado de otra gente que siga exactamente las mismas pautas, ya sea bailando reggaeton o tralla, realizando las pruebas de un triatlón, protestando contra un gobierno cabrón o haciendo cola de 45 minutos para subir en la lanzadera del parque de atracciones. A mí esas situaciones me embotan y me revuelven, igual que me atemoriza sin razón estar sólo en un espacio abierto. Hay gente que odia o teme la oscuridad, la sensación de no poder moverse, la apnea: en mi caso esos temores irracionales se deben básica y fundamentalmente a los espacios abiertos en la misma medida que a las multitudes. He evitado en la medida de lo posible las concentraciones de gente porque, a diferencia del “hombre de la multitud” de Poe, esas grandes concentraciones me disgustan, me perturban, me desconcentran y hasta me desintegran de mi entorno. Estar inmerso en la masa no me hace sentirme en absoluto arropado, integrado o protegido sino todo lo contrario: me desazona.

 

Conocer  lo que ocurrió en la noche de la fiesta del Madrid Arena me ha hecho naturalmente, en primer lugar, condolerme por las jóvenes muertas y pos sus familias. Pero pienso: efectivamente, tengo casi cincuenta años pero ni con quince ni con dieciocho ni con veinte ni veinticinco hubiera pensado en esa fiesta como un destino deseable, incluso aunque el aforo hubiera sido el permitido. Jamás hubiera sacado una entrada para ese fiestón, como tampoco lo hubiera hecho para ningún otro acto multitudinario.

 

Conozco mis fobias y sé que ésta –como la agorafobia, como la de ciertos bichos, como la de la suciedad, la intolerancia o el pensar que alguien pueda hacer daño a mis seres queridos- me sobrepasa quizá más allá de lo racional. Y siendo como son esos temores, me gustaría que fueran hereditarios para que mi hija, por ejemplo, no se sintiera jamás tentada de acercarse a esas cosas que, para mí, son fuente si no de pánico, sí de una inmensa desazón.

 

Pero lo malo de nuestras fobias es que a pesar de que se puedan transmitir culturalmente, no son obligatoriamente hereditarias. Y que aquellos que deberían ayudarnos a superar algunos de esos miedos son tan irresponsables  que, más que ayudar, te hacen temerlas mucho más. Hoy sé que algunas de estas actividades, especialmente si hay entradas con código de barras de por medio, no son tan inocuas como caminar por la noche por un espacio abierto: el wendigo no existe pero está claro que ese hombre de la multitud de Poe, espacialmente si ha llegado hasta hoy y decidiera pagarse una entrada a una macrofiesta, seguramente se estaría exponiendo a un peligro mucho mayor.

Donantes de alma

Escrito por amimeobligaron 26-10-2012 en General. Comentarios (0)

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Dudo que exista el alma humana como dudo que exista el alma de un violín –y eso que hay violines muy buenos como los Stradivarius y mierdas de violines que chirrían como una carraca-. Creo en la bondad, en la ética, en la solidaridad, en la inteligencia, en el pensamiento, en el aprendizaje, en la sensibilidad. Como recurso poético, el alma –como las hadas, el infierno, los milagros, el tercer ojo, los poltergeist, los lepricanos, las bestias parlantes de las fábulas o los gremlins- es, sin duda, uno de los más hermosos que creo que han salido de la imaginación de la especie humana, ese animal que dios –dicen- creó a su imagen y semejanza.

 

Si dudo de su existencia, más dudo –estoy prácticamente convencido- de que se pueda alojar en alguno de los órganos perecederos y palpitantes de los que nos componemos en el corto espacio de tiempo al que llamamos vida. No creo que el alma esté en los cromosomas ni en el ADN ni en el esperma ni en el ovulo ni en el corazón ni en el cerebro ni en el hígado ni en los riñones. Contra las ideas de aquel cura que se negaba a dar la hostia a una niña minusválida hace bien poco, si tuviéramos alma me imagino que ésta dependería poco del CI, de la ideología, de la edad, del fervor o de la creencia. Aunque, de todas maneras, eso del alma parece que da un toque de distinción a quien cree que la tiene: ya se sabe aquello de que “los rojos no llevaban sombrero”. Con el alma parece que igual: quien no la tiene debe ser indefectiblemente malo.

 

Desde la barca de Anubis o la bajada de Orfeo a los infiernos hasta “Ghost”, “El sexto sentido”, “Los Otros” o  la serie “Ghost Whisperer” mucho nos han bombardeado con el concepto de almas, atormentadas o no, que andan por aquí en tránsito como quien ha perdido el enlace de aviones en un aeropuerto –imprescindible lectura del cuento “Acaso Irreparable”, de Mario Benedetti, por cierto-. No quiero imaginarme a mis muertos –los queridos e incluso nos no tan queridos- zascandileando ya no en cuerpo pero sí en alma por mi mundo mientras tecleo al ordenador, estoy sentado en la taza del water, hago sexo o tengo conversaciones telefónicas privadas. Vaya corte.

 

Mary Low: yo soy de los que cree que, de alguna manera, los muertos sí se quedan: pero no en los riñones ni en el alma ni llamando timbres o volcando azucareros sino en las acciones, producciones y descendientes que dejaron en vida.

 

Así que deja que se sigan haciendo transplantes. Sin problema.

El sí de las niñas

Escrito por amimeobligaron 24-10-2012 en General. Comentarios (0)

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Reconozco que existen culturas –pero sobre todo, economías- en que los menores maduran deprisa porque, entre otras cosas, no les queda más remedio, especialmente las niñas. Pero también tengo que reconocer que en esas culturas, tradiciones, etnias o grupos en que, por ejemplo, las niñas casan nada más alcanzar la capacidad reproductiva –véase la gitana o la  árabe- o esas otras en que la imagen de la menor se ha convertido, además de en un negocio, en poco menos que una perversión o una parafilia –el hentai japonés-, estamos hablando de “culturas” en las que –con todos mis respetos por la diversidad- queda mucho por recorrer y, en una sociedad avanzada e igualitaria, se debería empezar a pensar en intentar poner coto a ciertas ideas, por liberal que sea la etiqueta que se pone la sociedad que lo consiente. Que conste que no estoy de acuerdo en que los niños tengan que serlo para siempre y que el peterpanismo me jode de toda la vida. Pero creo que el menor per se ha de contar  -al menos para ciertas cosas en las que no tiene experiencia, no se ha estrenado o simplemente es “más pardillo”- con un derecho y una protección especial.

 

De acuerdo, por otra parte, en que un –o una- menor tiene una capacidad de raciocinio como para no considerarle un dependiente ni un retrasado: cuando matan, maltratan, hacen bullying, roban, conducen temerariamente, se emborrachan, faltan a sus obligaciones –que las tienen- o destrozan marquesinas creo que son responsables y, subsidiariamente, sus padres, que generalmente son quienes no les supieron educar mientras se formaban como aprendices de adulto. Para eso, en la ley del Menor yo sería mucho más estricto. Pero lo que no es de recibo es que un/una menor tenga minorías de edad diferentes para el consentimiento en una relación sexual, para disparar una escopeta de aire comprimido, para decidir abortar, para votar, para sacarse el carnet de conducir, para ser parte de un consejo de administración, para heredar –una cartilla de ahorros o un trono- o para ir a la carcel por cometer un delito. Y menos, que eso varíe de un país a otro o incluso entre las “culturas” que conviven dentro de un mismo territorio.

 

La verdad es que a mí en esto me falta una referencia, porque para la líbido y la convivencia soy más de mujer de mi edad que de Lolita de Nabokov:  no entiendo lo de Woody Allen con su hija adoptada Soon Yi, ni los gustos confesos de Umbral o Sanchez Dragó por adolescentes, ni la locura de Verlaine por Rimbaud ni que Edgar Allan Poe se casara con su prima de 13 años: Hay algo de lo que sí me doy cuenta en la mayor parte de los casos: el adulto que hace de un/a menor su pareja –y eso es lo que les debe poner, al final- suele tratarle más que como a un igual como a un objeto, una figurita de porcelana, un dependiente, una posesión o una moneda de cambio para una transacción. De hecho ha sido tradicional entre reyes y latifundistas casar reinos o tierras a través de niños y niñas, pero…

 

Mi hija acaba de cumplir 14 años y me dice que Brad Pitt y Johnny Depp –que tienen mi edad- están como un queso. Y hasta lo entiendo. Como lo que decían las niñas de mi generación de Paul Newman. Pero lo raro sería que un cincuentón correspondiera a la adolescente con el mismo interés. Y no me voy a cortar: sé que hay niñas de 13 que están buenorracas –¡claro!, tengo ojos-, y que incluso, hasta tienen conversaciones de interés, pero eso no me lleva a desear tener contacto carnal con ellas y mucho menos a hacer de ellas mi pareja –estable o inestable- o la madre de mis hijos, con la edad que tengo. Todavía menos intentaría tratar de enrollarlas con ese aparentemente pasional pero verdaderamente insano salmo de ”tú eres mía y de nadie más”. Si esa sensación de posesión enfermiza no la tengo no siquiera con mi hija –por quien temo, velo y me afano, pero a quien no considero “mía”- sería imposible que la tuviera por una pareja, y mucho menos de esa edad. Por eso, por quienes piensan así, amparándose en un amor fou, a veces las pasiones tan descompensadas suelen terminar en crímenes como de una obra de García Lorca.

 

Creo que se impone no sólo cambiar la ley sino la educación: de los menores, pero también de algunos adultos.