A mi me obligaron

Sale el sol

Escrito por amimeobligaron 25-02-2013 en General. Comentarios (0)

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Estoy encantado con los óscars. Con el de Argo, el de Paperman, el de Adele, el de las chicas Hathaway y Lawrence –traspiés incluido-, con el de Brave, los cuatro de Pi, el de Haneke, el del siempre solvente Day Lewis… Me ha encantado por otra parte, la puesta en escena con la aparición estelar sorpresa de Michelle Obama  a entregar un premio –aprende, Montoro, ¡eso es darle cuartelillo al cine del país!- y ese número musical en que no se les cayeron los anillos de estrella ni a Jackman ni a Hathaway ni a Baron Coen ni a Crowe ni a Seyfried ni a la Bonham Carter por compartir escenario para cantar juntos y en directo esa canción coral –que a mí me recuerda a aquel famoso “Quintet” de West Side Story- que se llama en inglés “One Day More” y que en español se tradujo cono “Sale el sol” y cierra el apabullante primer acto del musical “Los Miserables”.

 

Una canción que me conmueve, aparte de porque yo sea un apasionado del musical tradicional, porque estas canciones en que todos los protagonistas salen juntos a escena para ponerte un poco en situación de cómo va la cosa relacionando unos personajes con otros me recuerda un poco a los titulares de los telediarios de estos días: en “Sale el sol” hay enragés, perroflautas, revolucionarios –"golpistas", que les llamaría Salvador Victoria- montando la barricada mientras en la actualidad hemos llegado a esos 40 detenidos trasladados en el último 23F en la comisaría de Moratalaz por quemar contenedores, -¡más detenidos que en el 23F original!-; hay también en la escena unos posaderos ladrones que esperan esquilmar a quien puedan a costa del rio revuelto mientras que aquí tenemos pícaros duques y ex tesoreros llamados a declarar que, al parecer, no sabían nada de los robos manifiestos que se cocían a su alrededor; tenemos a un exconvicto arrepentido que promete dedicar su vida a las buenas acciones y a reparar el favor que le hizo dios mientras que aquí dimiten los papas agobiados porque no hay quien haga carrera de las curias, las bancas y las mafias de su negociado vaticano;  tenemos al fantasma de esa pobre mujer que acabó de puta y, al final, muerta porque la echaron injustamente del curro mientras en nuestros tiempos hay cortesanas con título que aseguran en portadas de la prensa que hicieron de ETT para duques consortes que terminaban rechazando trabajos de 300.000 al año.

 

No sé si la realidad supera la ficción, si la historia se repite o si como decía Calderón, la vida es frenesí e ilusión,“que todo en la vida es sueño” o cine. O musical. Mientras el niño Gavroche –al que, ¡atención, spoiler!, luego matan- se encarama cantando a la barricada que un día tendrá que amanecer en que las cosas sean más justas y mejores para todos, a pesar de que sólo unos años antes les habían vendido que la revolución francesa se hacía para el pueblo, aquí nos intentan colar la misma milonga de aquella transición –la democracia que nos hemos dado, repiten como una salmodia los apalancados en el poder- que nos lleva a amanecer tal día como hoy con el efecto de sus imperfecciones, como los anuncios de una Bankia cuyas acciones no valen un puto duro pero que promete regenerarse con un rescate que parece que nadie pidió nunca.

 

En fin. Que yo espero que en nuestro particular musical y entrega de oscars no nos toque seguir el camino que trazó –y que parece que reproducimos fielmente- Italia, y que después de la descomposición del régimen y la partitocracia de nuetra propia Tangentopolis no tengamos que pasar, como ellos, por un  Berlusconi que finalmente caiga en desgracia y tenga que volver a presentarse a las elecciones huyendo hacia delante para evitar dejar de ser un aforado.

 

Yo, la verdad, es que espero que aquí –aunque parezca que tardará- salga el sol de verdad en el próximo acto.

Sobre peinetas, duques, espionajes, mareas, talegones y auditorías

Escrito por amimeobligaron 19-02-2013 en General. Comentarios (0)

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Hartazgo.

Incluso para quien quería hacer de la investigación, relato y crónica de la actualidad su forma de vida, uno se harta y se aburre de hablar y escribir casi siempre de lo mismo.

 

Veo a Candela Peña quejándose de las condiciones del hospital público catalán transferido en el que murió su padre sin mantas ni agua y, a pesar de que –condolencias, Candela- estoy claramente por sistemas públicos de sanidad y educación y de acabar de una vez con los conciertos, me pregunto si no habría sido mejor que lo denunciara ante el defensor del paciente y, eventualmente, en la gala de los premios Sant Jordi delante de Más que en los Goya delante de Wert –tipo al que yo también tengo bastante manía, la verdad-. Veo a la Alicia espiada –muy mal eso de espiarte, y más mientras comes, bebes o echas polvos- montando un asunto de estado por una práctica de presunta corrupción y misión imposible autonómica pero es que, aquí en Madrid, a mí eso ya me sonaba a dejavu sin investigar. Veo a la Talegón después de llorar tanto y hacerse dos platós abrazar tiernamente a la Valenciano y a Rubalcaba, que parece que el jefe le estaba cantando aquella de Comesaña “Lo estás haciendo muy bien…”. Veo al ex tesorero del abrigo de mafioso con apliques de ante llegar de esquiarla en Vancouver haciendo una peineta calcada de la de Aznar, pero en este caso, seguramente, dirigida a su propio partido. Veo a los presentadores de la uno, que ya no llaman al duque empalmao “Su Alteza Real el Excelentísimo Señor Don Iñaki Urdangarín Liebaert, Duque de Palma de Mallorca”, sino Urdangarín a secas y me parece que eso supone que el marido de Doñacris tiene los días algo más contados. Veo que las auditoras grandes de siempre dicen que no van a prestar servicios al pepé en las condiciones que ese partido, con ínfulas de transparencia, les exige que investiguen sus cuentas A y me pregunto cómo no ofrecen a Jesús  -Gürtel / cañones de confeti- Sepúlveda que les audite él, ahora que le han dejado sin nómina y sin trabajo. Veo que Ratzinger se pira del papado lanzando puyas a quienes se quedan para que no se maten entre ellos en uno de esos actos históricos de fe, esperanza y caridad cristiana. Veo a Yogi Mendez y a Bubu Toxo que aún no han dicho en cual de las mareas del 23 F van a ir quejándose, porque a lo mejor es que no tienen claro de qué quejarse.

 

Y veo que los grandes delitos siguen prescribiendo mientras que los desahucios continuan. Y veo que las mujeres que ostentan el poder se precian de no saber nada de lo que se cuece en sus casas, en sus cuentas corrientes o en sus garajes. Y veo que después de montarnos la del pepino, resulta que las trazas de carne de caballo que se han detectado en los productos Nestlé venían de Alemania. Y veo que Mourinho no se pira. Veo que la peña se quema a lo bonzo; que British, como era previsible, está desmantelando Iberia; que las tasas se siguen cobrando aunque la defensora del pueblo dijera que ya hay justicia de dos velocidades; que como prueba no se admiten fotocopias  pero que ni al fiscal ni al juez ni a los inspectores de hacienda se les ha ocurrido aún entrar de oficio en la sede del partido que presuntamente cometió fraude; que como parecía, esa reforma laboral ni sirve ni servirá para crear empleo; que en ese debate del estado de la nación que empieza mañana ya me sé lo que van a decir y hacer todos…

 

Así que me voy al bar a discutir, que me sale más a cuenta. Por lo menos me aireo y me tomo unas cañas...

Ola k ase –o la felicidad en la inopia-

Escrito por amimeobligaron 10-02-2013 en General. Comentarios (0)

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Desde hace unos años, por estas fechas de febrero/marzo compongo un librillo con un número variable de haikus coincidiendo con la inminencia de mi cumpleaños, uno al día hasta alcanzar el número de años que cumpliré. Y este año son cuarenta y nueve. Hoy mismo escribí: “Cuarenta y nueve,/ la edad de la razón…/ pero por siete”. Y es que si algo tiene de bueno madurar sobre la potencia, la desvergüenza, el ímpetu, la alegría y la insolencia juvenil es que cualquier humano deberiamos haber aprendido algo mínimamente: para eso crecemos, para eso envejecemos.

 

Al hilo de estar escribiendo ese haiku, leía casi al tiempo que el jefe de la oposición propone que a partir de ahora los partidos no puedan recibir donaciones –y yo me preguntaba de forma inmediata: “¿Pero en A o en B?”- mientras que la publicación de las declaraciones de la renta del presidente del gobierno, que tanta luz y taquígrafos parecía que iba a lanzar sobre su honradez, no han hecho más que sembrar de dudas y nubarrones las conciencias de los paganinis que, como yo, aunque no tengamos ni puta idea de hacer la declaración de la renta, buscamos cada año un experto que nos la haga para que no nos pillen en un renuncio de veinte euros arriba o abajo. Pues parece que nuestro registrador de la propiedad no.

 

Vivimos en una época feliz del “no sabe no contesta”, el paraíso del “ola K ase”: nuestros Urdangarín, ZP, Montoro, Botella, Rajoy, Báñez o la directora de la agencia tributaria no sólo son felices chapoteando en su supuesto “yo no sabía nada” sino que pretenden que todas las personas humanas que les rodeamos también seamos felices y sigamos confiados en el orwelliano “la ignorancia es la fuerza” o, para los que no hayan leido 1984, en el socratense “ἓν οἶδα ὅτι οὐδὲν οἶδα”, para el vulgo que hizo la EGB, eso de “sólo sé que no sé nada”.

 

Había un tiempo –yo aún pienso así, aunque creo que ya sólo vale para ir al concurso de Jordi Hurtado o al Pasapalabra- en que lo deseable parecía ser que una persona  aprendiera o supiera un poco de todo, incluso cosas tan tontas como la lista de los reyes godos o los afluentes del Guadiana por la derecha. Lo llamaban cultura general y ahora lo han suplido por una supuesta especialización cerebral que hace que tengamos el mundo lleno de licenciados en informática disléxicos o por licenciados en humanidades que no saben lo que es una potencia o una raiz cuadrada: esto por hablar de los que “han estudiado”.  Son las dotes especialistas que Wert espera de la próxima generación para que tengan eso que él llama “empleabilidad”. Lo de ser “hombres – o mujeres- renacentistas” parece que está definitivamente pasado de moda.

 

Pero no me refiero sólo a los estudios, a la cultura o los conocimientos. También ocurre con la capacidad de crítica, de observación o de discernimiento empírico de las cosas que ocurren. La vida se ha convertido en un capítulo de culebrón o en un videojuego sin más salidas u opciones que las que figuran en el manual de instrucciones que le entregan a cada uno, ya sea del tipo  “La Gaceta” o del tipo “Público”. Las cosas parece que nos pasan inexorables.

 

Muy muy jovencito advertí, cuando empezaba a viajar que las sociedades supuestamente ricas o poderosas –me ocurrió la primera vez que fui a Estados Unidos- son mayoritariamente felices en la ignorancia de las circunstancias ajenas, porque entienden que todos los demás están por debajo de ellos: no necesitan saber si España está en el cono sur de América o en Europa porque, a menos que vayan a viajar en plan turístico a poner el culo al sol o a ver si se compran la Alhambra, maldita la necesidad que tienen de saberlo. Es la ignorancia o la inopia del acomodado. Por el contrario, la primera vez que fui a Egipto, me sorprendió que en pueblecitos de orillas del Nilo no sólo hubiera niños que hablaban castellano, sino que sabían que en Madrid no sólo jugaba el Real Madrid sino que estaba el Museo del Prado, algo que incluso dudo que  hoy sepa Fátima Báñez. Para relacionarse con los turistas necesitaban darles referencias conocidas que empatizaran mínimamente con ellos, para que les cayeran unas piastras.

 

También me ocurrió con dos estudiantes  de intercambio que recibimos en casa en los años 80: mientras Eric, de Massachussets, pensaba que cuando llegara a España iba a tener que ir sorteando toros por las calles, Vladislav, de Moscú, conocía mejor la oferta cultural de mi ciudad que nosotros mismos. Una cuestión  de observación ajena  y aprendizaje por necesidad.  Sin embargo, a medida que hemos ido entrando –o nos hacían creer que entrábamos- en una supuesta edad de la opulencia, se ha ido adoctrinando a las nuevas generaciones en lo bueno que es vivir en la sociedad del “ola k ase”.

 

Aunque resulta que, tal como están las cosas, hay ahora quien se va dando cuenta –no sé si a tiempo, porque algunos todavía suponen que se les resolverá la vida yendo a concursar a “Gran Hermano 14”– de que eso de que “la ignorancia es la fuerza” era mentira.

Esas mujeres que no sabían

Escrito por amimeobligaron 06-02-2013 en General. Comentarios (0)

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Supongo que a A. y J. se les rompió hace tiempo el amor de tanto usarlo –no soy yo quién para meterme en las razones que mueven las vidas particulares de los otros-, incluso a pesar de esos bolsos regalados, los cañones big blaster lanzando confeti en el jardín o los viajes en primera. Eso tampoco  debería importarme, a menos que lo haya pagado indirectamente yo.

 

Pero lo de hoy va precisamente, al hilo de esa aparente ignorancia de A,. de agradecer a mi chica, esa que desde siempre denomino en mis entradas de blog Pary, -de “parienta” porque, discretísima al contrario que yo, odia que publicite su nombre, su actividad o su cara más allá de que pueda enorgullecerme públicamente de ella y de nuestra relación- por ser mi pareja por lo legal los últimos 22 años y haberme acompañado, comprendido, apoyado y compartido en muchas cosas –después, en todo- desde que teníamos trece. Lo bueno y lo malo, la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad. Todo.

 

Mi chica es inteligente, a veces plasta e incómoda.  Y a menudo piensa bien diferente que yo, la puñetera. Pero me doy cuenta que a veces la rutina y el tiempo me hace decir pocas veces que la quiero un huevo. Yo, que para otras cosas soy de hablar tanto, en la manifestación de mi amor resulto casi espartano, a menos -¡así, en vivo, me da un poco de pudor o vergüenza!- que escriba poesía. A pesar de que a veces me pone el coco como un bombo, me encanta que contraste, que hable, que comparta, que discuta, que sepa, que tome iniciativas, que opine y se involucre en todo lo nuestro tanto como yo.

 

Por eso no puedo con las mujeres florero, las de lo que tu digas, las de ya lo ha firmado mi marido, las de yo no sé de eso y las de lo que tú digas esta bien. No sólo me sacan de quicio sino que creo que son un lastre para su sexo. Por ser un sustrato para el maltrato y discriminación no sólo de ellas, sino para el resto de las mujeres.  El hombre que tiene una hija no sé como puede quedarse impertérrito ante cosas de esas. Y luego oyes a chicas -muy jóvenes, y no solo en los realities de la tele- que dicen a lo que aspiran sin cortarse : "Quiero ser muy guapa para que me lo paguen todo". No se dan cuenta de que es una forma de prostituirse, con todo mi respeto para las putas. Y es que, dejando aparte para otro momento  mi opinión sobre las "personas objeto" -y todos lo somos un poco- estoy al 100% de acuerdo con la opinión de mi feminista amiga P. "Antes puta que sumisa". A lo que añadiría: "O que ignorante".

 

Veo con preocupación que no sólo son un cliché, sino que hay muchas mujeres con relevancia pública que van de eso: de la ex mujer del alcalde peleada y enjuiciada con tonadillera a esa consejera de caja catalana con sangre azul y sueldo plurimillonario, de la ministra de los cañones de confeti a la mujer del extesorero, de aquella presunta traficante con bebés de madre soltera  a esa política que reza para resolver los problemas del empleo. Ellas parece que no sabían.  Ni querían saber. Nada. Esas tías con las que -ni como hombre ni como persona- no querría ni cruzarme en el ascensor y que me parece que hacen que las mujeres del siglo XXI se tengan que avergonzar de ellas como si llevaran puesto voluntariamente y de buen grado un burka mental: "Ya firmaba mi marido."

 

Agradezco a "mi" Pary que siempre firmemos las cosas de los dos solidariamente. Y que, en lo puramente individual, ya sea porque me critique o me apoye, sepa.

 

Que te quiero.

Constructores modernos

Escrito por amimeobligaron 30-01-2013 en General. Comentarios (0)

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¿Qué habrían dicho Alvar Aalto, Le Corbusier, Frank Lloyd Wright o Niemeyer -o, sin necesidad de ir tan lejos, Sáinz de Oiza- del techo de Las Ventas, las millonarias chapuzas valencianas de Calatrava, la seguridad de los accesos y salidas del Madrid Arena o los devastadores incendios del Windsor o el Palacio de los Deportes?. Reconozco que si tuviera que entrar hoy, lo haría con mucha más confianza en la catedral de León que en la de la Almudena...

 

Mis 48 para 49 años los he vivido en un país que ha construido a mansalva radiales, palacios de congresos, velódromos, estadios, carreteras, estaciones de ferrocarril de alta velocidad, ferias, barrios y paus enteros, malls, pabellones multiusos, ciudades de la cultura, de las ciencias o de la justicia, óperas, expos universales, cineplexes, infraestructuras olimpicas, puertos, espigones, aeropuertos sin pasajeros ni aviones, sedes de bancos y multinacionales, viviendas de realojo, rascacielos vacíos y hasta catedrales. Muchos de ellos, en plena expansión del sector del ladrillo y su burbuja y dentro de la desregulada doctrina económica neoliberal que se dio en llamar “la cultura del pelotazo” o, más coloquialmente, “de la rotonda”, que tan pingües beneficios reportó a algunos con recalificaciones, contratas, adedismos, construcciones inútiles, macroesculturas de pueblo y amiguismos. Lo raro es que hoy  mientras a la gente se le echa de sus casas y hay más de un millón de pisos vacios poceriles nuevos sin vender,  las instituciones ya empiezan a decir que, incluso sin trabajo, consumo ni perspectivas –y mucho menos de dotar de contenidos a nuevas macroinfraestructuras- es necesario reactivar el sector de la construcción.

 

Aparte de la inutilidad de muchas de estas construcciones, algunas empiezan a dar miedo. Vivimos en un pais en que cualquier cutraco se construye una chabola en una cañada real, una rambla o una riera que luego se inunda. Pues imagínate si hay pelas o ganas de defraudar o de ahorrarse en materiales para llevárselo por la patilla, como hizo aquel malo -Richard Chamberlain- de "el coloso en llamas".

 

El símbolo máximo de la “cultura de la macroescultura de rotonda” fue el grupo de contenedores vacios que el jaleado –hoy contribuyente en Suiza- arquitecto de cabecera de Camps, Santiago Calatrava, construyó en el cauce seco del Turia. Obras que debían –previsiblemente- ser eternas y cuya estructura se resquebraja casi antes de haber sido ocupadas o que se les haya pasado la garantía del seguro decenal. No sólo se cobraron bien, sino que por su megalomanía multiplicaron exponencialmente sus costes previstos para convertirse en algo bigger than life. ¡Y a fe que lo consiguieron!. Como aquel barco que se publicitó como el insumergible más grande de la historia, que se llamó Titanic. Son símbolos, siempre que no pillen a alguien debajo si se derrumban o se hunden. Entonces serían pruebas, ya que las cosas no pueden ser cómplices per se.

 

Se ha hundido la cubierta de Las Ventas –cuatro millones de euros pagados- tres días antes de que nuestro Ignacio González pretendiera venderlo como un nuevo espacio multiusos para toda estación del año que pudiera alquilarse –supongo- para macrofiestas como las del -ahora maldito incluso para albergar un mundial de balonmano, que era lo suyo- Madrid Arena.

 

Por eso de la rotación laboral y el reinventarse, he tenido que trabajar en los últimos diez años muy pegado a un sector que investigaba la calidad de estructuras, aluminosis, desprendimiento de morteros, corrosión de armaduras: uno de los primeros afectados –prácticamente barrido- por la crisis de la construcción ha sido precisamente el sector de las patologías, laboratorios, inspección y controles de calidad. Pero se quiere seguir construyendo, queriendo ser, más que competitivos, ahorradores aunque los presupuestos  para ciertas obras faraónicas sigan siendo “de rotonda representativa”. Viendo lo que hay, seguro que hay alguien que se lo lleva.

 

Miedo me da entrar en un edificio construido en los últimos 20 años. La Junta de  mi barrio, Moratalaz, por ejemplo. Agrietada y clausurada. Y mira los asfaltos levantados de las calles, las juntas saltadas de los puentes, los enlucidos desdentados, los enfoscados, los pilares corroidos, los sótanos inundados de cualquier obra nueva. En estas cosas, la chapuza sólo espera a un golpe de mala suerte para que quienes debieron verlo antes de lo inevitable te digan: “yo no sabía”.

 

Altamira y la catedral de Santiago, entretanto, siguen ahí. Hasta que se dé –supongo- un presupuesto para rehabilitarlas.