A mi me obligaron

Niños por el mundo

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Desde ayer tenemos a S., de 13 años, de Citadella, en casa.

Y el domingo felicité a mi sobrina P. por sus 24 años. Pero tuvo que ser por féisbul, porque está enseñando español a alemanes en Leipzig. Mi hija después se marchará el domingo con S. a Italia en ese intercambio que monta su instituto –público- cada año para que esta generación conozca algo más allá de nuestro país, nuestro idioma y nuestras circunstancias. Y la hija de mi amigo S., según terminó la carrera de farmacia, se marchó recientemente a Australia. Como la hija de mi amiga M., que está en Copenhague con su chico después de no haber encontrado aquí posibilidades a su carrera de arquitecta. O dos de las jovencísimos monitores que han pasado larguísimos ratos en los scouts con mi hija, D. y A., queridos amigos a pesar de la diferencia de edad, ahora en Vancouver y París. Nuestros hijos, hoy quizá por imposición, conocen mundo.

 

En la foto, el hermoso lago junto al castillo de Douglas -Lanarkshire, Escocia, todavía R.U.- donde hice mis primeros pinitos escribiendo el verano que fui a convivir a casa de una familia de mineros. Tenía 15 años. No era de esos intercambios de horas y horas de escuela sino de una inmersión total  -lejos de nadie que hablara español- en la familia, sus rutinas y sus hábitos. De hecho, luego cambié y me fui con otra familia a una granja avícola con 10.000 gallinas en Carstairs. Así que todas las mañanas recogía huevos, ayudando en lo que se podía. También fregué platos e hice ensaladas otro año en Ginebra, donde mis tíos tenían un restaurante y una pizzería. Y antes de los 16 años mis padres ya me habían hecho conocer ciudades como París, Bruselas, Copenhague, Estocolmo, Zurich o Hamburgo viajando con ellos y mis tres hermanos  de camping –en tienda primero, en caravana después- los veranos.  Yo, de hecho, nací en un sitio tan exótico como Aarau, porque mis padres se fueron a la emigración -¡ese deporte de aventura!- del 57 al 64. Y ya he contado alguna vez que, para relacionarnos con otras formas de ver el mundo mi hermano, por ejemplo, pasó un año en Colorado antes de su mayoría de edad o tuvimos en casa a estudiantes de intercambio como Eric, de Massachussets o Vladislav, de Moscú. No hemos sido una familia “rica”, en el sentido de que hemos sido muy de barrio y de clase media, pero para mis padres siempre fue muy importante que, en la medida de lo posible, viéramos –sin desmerecerlo, claro- más allá de Moratalaz, de Madrid o de España, del realmadrid, la tortilla de patata, el guitarreo y el español.

 

Tuve la suerte de casarme con otra viajera temprana, que prefirió conocer los Balcanes, el norte de África o América del Sur antes que comprar un coche de primera mano. Esa pasión por conocer lo que no es esto se la hemos transmitido a nuestra hija, que ya muy pequeña sacamos en cuanto pudimos –sin grandes alharacas ni dispendios- a Londres o a París. El verano pasado se fue sola con su primo mayor de edad otra vez a Londres. Porque ir por el mundo no sólo es –me parece a mí- hacerse reportajes de triunfadores en “Españoles por el Mundo” o visitar sin pisar el resto de Mexico los resorts de la Riviera maya, como hacía cualquiera que ahorrara unas perrillas para el viaje de bodas, o marcharse exclusivamente a Francia a conocer Disneyland Paris. La curiosidad, las ganas de contrastar y aprender y, ahora, la necesidad son un caldo de cultivo ideal para que un niño, un adolescente o un joven lleguen a la madurez habiendo conocido más allá de sus parámetros cómodos, cercanos y obvios.

 

En un sitio donde la gente sabe pocos idiomas -ni siquiera el presidente-, donde se ha emigrado mucho pero se denuesta y veja  al inmigrante, en un continente cada vez más aquejado de nacionalismos catetos y poca generosidad social, general o universal, donde la soberbia chauvinista quijotesca muchas veces nos impide ver más allá de nuestros molinos y donde lo diferente es calificado de estúpido, hortera, infiel, incomprensible, pringao o maricón me alegro que, siguiendo esa tradición de mi familia, mi hija empiece ya a viajar con naturalidad –siempre dentro de sus posibilidades o de las que le imponga el destino y la economía- desde su más tierna edad.

 

Ahora, a conocer Italia. Pero, si se lo exigiera el futuro, a buscarse la vida –no se lo deseo, pero en un entorno que se intuye para un próximo futuro conservador, antiguo, desconfiado, mediocre y casi ruin, no sería lo peor ni, ni mucho menos, lo más indigno- si le hace falta, a Nueva Zelanda.

 

Ya (o “ja”, que diría la Merkel). Soy español: ¡casi ná!

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