A mi me obligaron

Armas de fe

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“No creo en dios, pero si creyera en alguno sería en el católico, que es el único verdadero”. A menudo repito esta frase que se me quedó grabada de una profesora de filosofía que nos la repetía con cierta retranca en el instituto para hacer ver que la inmersión religiosa en la que nos hemos educado muchos españoles es difícil de separar de la educación, la razón y las convicciones a las muchos que hemos llegado con el tiempo. Y de las cosas a las que nos tenemos que atener todos.

 

Con ese tiempo, yo he aprendido a ser respetuoso con la fe, pese a no residir en la duda del agnosticismo y ser, de hecho, un materialista que ni cree en divinidades ni en trascendencias. Tampoco soy proselitista de mi condición atea, porque creo que se trata de una forma de ver tan íntima y personal que no se puede tratar de contagiar ni descubrir a otros a menos que, como yo, a través de su razón y convicción propia, lleguen a entender el mundo así. A veces digo que para algunas cosas envidio de los creyentes esa fe ciega en cosas invisibles –y para mí inexistentes, reitero- que mueve montañas, su capacidad de resignación o su forma de entender el destino sobrevenido: un hado determinista y fatal al que no podemos sustraernos, porque parece que alguien superior lo quiere así.

 

Pero igual que respeto al creyente, las estructuras que soportan estas creencias ya me chirrían más. Y, especialmente las que tratan de imponer dogmas a todos. Parto de que una iglesia es como un partido político o un club de fútbol: puedes estar abonado, afiliado o enganchado: pagas sus cuotas, respetas sus normas y acudes a sus actos de afirmación. Pero igual que no se puede imponer a todo el mundo que sea socio del Atlético de Madrid o de UPyD por muy forofo convencido que tú seas, creo que tampoco se puede imponer la meditación trascendental, la creencia en la transmigración, el uso del hiyab, el ayuno y abstinencia de los viernes o la exclusión de un acto civil como el matrimonio a nadie.

 

Por el contrario a las normas de una secta, un club, una sociedad privada o una iglesia, la ley de una comunidad civil es para todos los que la componen. La educación, la razón y la ley son una cosa y la fe, la creencia y la práctica religiosa otra: de siempre los poderosos -antes del advenimiento del siglo de las luces, la separación de poderes montesquieuana, el sufragio universal, la universalidad de lo público en las sociedades evolucionadas y el uso de métodos democráticos en los derechos civiles- han tenido tentación de hacer una melée con los postulados excluyentes de un club, una creencia o una secta intentando hacer pasar a todos por el aro.

 

Me parece bien que alguien piense y actue intimamente en función de lo que le dicte su conciencia, siempre –naturalmente- que no sea ilegal. Por mucho que te guste violar, discriminar, maltratar o imponer tu criterio a otros, el hecho de que eso no sea legal lo veta a las normas generales de convivencia. Es curioso además que quien más habla de que hay estructuras –por ejemplo, la iglesia- que alimenta hambrientos, cuida enfermos, protege desprotegidos o consuela a afligidos, se encuentre con que le parece bien que otras estructuras que no son de creencia particular  sino de convivencia general desmonten ayudas del mismo tipo que surgen, por ejemplo, del concepto del estado del bienestar.

 

Siempre me ha chirriado, por ejemplo, que gente que no se casa y que –teóricamente- no practica sexo, tenga tanto que decir sobre matrimonios, concepción y contracepción, pareja y sexo. Pero que un ministro afiliado a una secta ultraconservadora del catolicismo ponga en duda la universalidad, efectividad y validez de una ley que, buena o mala, nos hemos dado y tenemos que cumplir todos –los del psoe y los del pp, los gays y los heteros, los creyentes y los ateos – en base a una supuesta cláusula de conciencia, me crea severas dudas de que ese servidor publico respete y haga respetar la ley, que es lo que tenemos que exigirle. La verdad es que creo que el ministro, si está casado, podrá hablar dogmáticamente si quiere de su matrimonio. Pero poco más.

 

Las creencias particulares, con todo lo respetables que puedan ser,  a su iglesia, ministro. O a su partido.  No hace falta –ya veo que lo intenta- que trate de imponerlas como asignatura obligatoria porque, en realidad, aprender, contrastar  y educarse es otra cosa.  Y recuerde que usted está ahí gobernando para todos con la ley de todos. Así que si su creencia le provoca muchos trastornos de conciencia, es facil: váyase de ahí. Que las cruzadas ya se acabaron.

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