A mi me obligaron

Cortesanías

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He empezado buscando etimologías de corte, cohorte, cortar, Cortes, cortés, cortesano y cortesana y, al parecer todo viene de una raiz troncal común.

 

Luego me he puesto historicista leyendo de vida y método de Agnés Sorel, Diana de Poitiers, la Pompadour, la princesa de Éboli, María Manzini, Gabrielle d´Estrées, la Valliére, la Montespan o la famosísima Du Barry para ellos mientras que para ellas se puede recordar a Grigori Potemkin con Catalina de Rusia, Robert Dudley con Isabel I de Inglaterra o a Olózaga, Arana, O´Donnell, Tenorio, Marfori y el mismísimo “general bonito” Serrano con nuestra Isabelona II. No avanzaré más en la historia reciente porque incluso hay un descendiente de la dinastía hoy contertulio esporádico del Sálvame. Evidentemente, el cuento no es nuevo.

 

Favoritas, conseguidoras, profesionales, encumbradas y sus equivalentes masculinos. Pero tampoco es cuestión de señalarlas exclusiva y clasistamente con el dedo a ellas. Ellas llegaron allí y a la historia básicamente porque quienes existieron fueron Carlos VII, Enrique II, Enrique III, Luis XIV o Luis XV.  En las cortes se les llamaba cortesanas o  -¿casualidad?- profesionales. En la calle se les llamaba de otra manera. Y si la relación era más consentida u oficializada –vamos, que “entraban en casa”-, pues de otra pero tampoco menos amable. Pero ese nombre, esa condición o ese oficio vienen de una estructura social y una ley de oferta y demanda tan antigua como la propia humanidad.

 

Cuando a Paquirrín o a José Fernando  -como a tantos otros desconocidos ad aerternum- les daba por entrar y pagarse unas copas en un local de esos que eufemísticamente en la prensa del corazón llaman “bares de lucecitas”, si les localizaba la prensa había chanza a costa de ellos y sus aficiones. Pero si el pillado tiene más pasta, más alcurnia o más responsabilidad, entonces se invierte la carga de la prueba y la chanza se hace a costa de la empleada que, en general, conoce muy bien su oficio. Supongo que en este negocio, como en todos, quien oferta busca el mejor segmento de oportunidad para su mercancía. Y sabe de antemano que, en el mejor de los casos –ellas no creen en cuentos de hadas-, difícilmente dejará de ser “la otra”. Que conste que como republicano, la supuesta ejemplaridad de una casta superior me la trae muy floja y como ateo, la santidad o cristiandad de quien está en la cúspide de la pirámide también.

 

Pero como ciudadano, cuando ése que está arriba  se permite salir cada fin de año en la tele a darme lecciones de ética, sacrificio laboral o ejemplaridad – a mí, que hace años que ya sé que somos diferentes en nuestra facilidad de  localización, nuestra claridad de cuentas, nuestra estructura familiar o nuestra campechanía- pues me rasco un poco la barbilla. Creo, por supuesto, en la privacidad de los actos individuales y privados, por la que abogo sin duda. Creo también que la vida de una pareja es de dos, que son quienes se deben dar cuentas entre ellos y nada más. Pero no creo -¡lo siento!- en la privacidad de los símbolos que nos representan, que son públicos y de todos y no tienen tiempos libres, de “ahora no juego” ni de vacaciones. Y más si pagan  esos tiempos libres con mi dinero: lo que popularmente se llama “disparar con pólvora del rey”. Precisamente por su singularidad y porque no todos podemos estar ahí, ellos son diferentes.  Uno no puede dar al “off” cuando es el himno o la bandera de un colectivo y transformarse en una bayeta o en un reggaeton, especialmente cuando abomina de quienes lo son o suenan así en público.

 

Un pontífice, un padre, un maestro, un superior, un jefe, un rey, en principio –partiendo de unas reglas de juego éticas- no deben pedir a los demás nada diferente de lo que dan ellos. Pero, llegado el caso, dada su posición, en caso de que se produjera una desigualdad o asimetría, quien debería salir siempre beneficiado o ganando al cambio es quien está en la posición de hijo, fiel, gobernado, alumno o empleado: no se puede pedir a los demás desde arriba la ética o el comportamiento que uno no tiene. Y menos ahora, en una sociedad de la información en que, al final, todo se termina sabiendo: quizá, precisamente de ahí viene el anacronismo de ciertas instituciones que lo son porque sí, porque dios quiere o por herencia.

 

Buena parte del cabreo general de la gente hoy viene de que aquellas personas en quienes voluntaria u obligatoriamente tenemos depositada nuestra confianza  o hemos delegado para que nos gestionen las cuentas bancarias, los programas electorales, la espiritualidad o la justicia se comportan muy deficitariamente con respecto a aquello que pregonan o exigen. Y es que al final, lo malo de que ella salga en el Hola o dé entrevistas en El Mundo es que parece que la que ha provocado la situación es ella. Como esas mujeres maltratadas que según un diputado se aprovechan de su inferioridad o desgracia. O como esos menores que van provocando, que decía aquel arzobispo.

 

Y no, no es eso. Si tuviera que presentar mi respeto por una de las dos partes en este fregao, me quedaría con el respeto –no la tengo simpatía ninguna a priori, que conste- por la cortesana: como la agraviada, ella sólo ha estado en el sitio en que la han puesto y manteniendo el tipo incluso más allá de cuando se ha descubierto el pastel. Profesionales, que les llama Peñafiel. No todas las que no asumen esa obligatoria profesionalidad en los cuentos contemporáneos de princesas pueden acabar como el de lady Di. Señor: cada uno es muy libre de hacer de su capa un sayo pero, por la particularidad del suyo, su sayo debe ser siempre ejemplar, de día y de noche, con luz y sin luz, en el tiempo de trabajo y en las horas libres.

 

Y si no, déjelo y pase a ser como somos todos los demás. Con todos mis respetos.

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