A mi me obligaron

Titulares torticeros

Escrito por amimeobligaron 17-03-2013 en General. Comentarios (0)

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Querida Figar:

Al principio nos hemos reido mucho con ese dossier chusco que has filtrado sobre los resultados de las pruebas de oposición al cuerpo de maestros de Madrid. Señalas, por ejemplo, que sólo el 1,83% de los opositores sabían las provincias por las que pasan los ríos Ebro, Duero o Guadalquivir o que hubo quien dijo que el gavilán es “un viajero”. Pero mira, ahí te has pillado. En tu esfuerzo para hacer befa de los opositores a interinos de la pública y colar de rondón el subtitular – la noticia de verdad-  “Las erróneas respuestas de algunos opositores al Cuerpo de Maestros de Madrid obliga a la Consejería de Educación a cambiar el baremo de las pruebas” me parece que te has pasado de lista intentando hacer escarnio.

 

Es decir: que para justificar el cambio en la baremación parece que has puesto, seguro que durante unos días, a un grupo de gente de la consejería a pescar en los más de 14.000 exámenes los errores de bulto más ostensibles para encontrar el titular con más gancho para enviar junto con el dossier con el que querías justificar una decisión que ya tenías tomada de forma previa. Veamos: ¿cuántos de los 14.000 dices que dijeron lo del gavilán viajero?: ¿dos? Imagino que me equivocaría prácticamente en el doble, porque ese error, en particular, es tan específico que creo que no me cuelo al señalar que sólo lo habéis detectado en un examen. Como el del que llamó escrúpulo a la salida del sol. Como el que escribió Hurano. Como el que definió como susceptible a “alguien que no es capaz de tocar las algas con las manos”. De toda la vida recuerdo que se ha editado con éxito de ventas en España el best seller “Antología del Disparate” del profesor Luis  Díez Jiménez que, en sucesivas ediciones, ha ido recopilando errores garrafales, buscando las más grandes estupideces cometidas en exámenes de alumnos de bachillerato y universidad. Algunas de ellas, cometidas seguro por licenciados cum laude. Igual alguno de ellos, incluso, puede que haya llegado a ministro –o ministra- de Educación. ¿Te acuerdas de aquello de Sara Mago?. A lo mejor era un bulo, pero que sepas que también fue un gran titular.

 

En lo que nos toca como periodistas, de todos es recordado lo que nos gusta a los plumillas publicar cosas del tipo “Hombre muerde a perro” antes que el mucho más típico y anodino de “perro muerde a hombre”, o esa vieja máxima de “no dejes que la verdad te estropee una noticia”. Has jugado a periodista de colmillo retorcido y, cierto, me creo más que muchos aspirantes a profes no terminen bien el problema de determinar la longitud de una circunferencia –no sé si realmente lo necesitan si aspiran a ser profes de música o de francés – que que no hayan preparado a conciencia sus dotes como maestros, que no son –exactamente- saberse todas las lecciones al dedillo, sino prepararlas, saber enseñarlas y despertar el interés en sus alumnos . Por cierto, que yo también conozco periodistas de carrera acabada que te mandan el mensaje de “haber si nos vemos”. Yo mismo, que creo comunicar razonablemente bien, suelo cometer ostensibles faltas en la puntuación y soy un –ya casi es una de mis señas de identidad- leista incorregible.

 

Desde luego, te confieso, Lucía, que aunque me encanta la cultureta general de los afluentes por la derecha y por la izquierda y la de los reyes godos, para mí es más importante que los profesores de mi hija tengan conocimientos de pedagogía, método y preparación de clases o tengan empatía con los alumnos a que –y lo considero, naturalmente, también importante- que sepan definir correctamente la palabra “coadyuvar” o deletrear “heliotropo”. Un buen profesor, creo, preparará la biografía de Emmanuel Kant antes de darla o se repasará los verbos irregulares, las capitales de África, la tabla periódica de los elementos o el teorema de Rouché-Frobenius –aquel que tanto me costó a mí meterme en la sesera- antes de explicarlo, estoy convencido. Esos son lo que deben aprobar la oposición, no los que se acuerden inmediatamente de las grandes diferencias entre las monocotiledóneas y las dicotiledóneas sin necesidad de repasarlas.

 

Y ahora, por cierto, Figar: te pregunto a ti, -como preguntaría a un político, un banquero, un empresario, un catedrático de universidad o a mí mismo- que me digas así , de corrido, todas las provincias por las que pasa el Ebro. Yo lo hice sobre la marcha el otro día nada más ver la noticia y -¡albricias!- acerté, incluso ordenadas desde Reinosa hasta Tortosa. Pero fue chorra, más por método y afición que por recuerdo o estudio. Y, en confianza,  creo que me valdría más para ir a “Saber y Ganar”, a “Pasapalabra” o a “Cifras y Letras” que para ser profesor de geografía.

 

No nos times, gavilana, que aunque vayas de avezada creadora de titulares, te hemos visto –¡otra vez!- el plumero.

Lideres virtuales

Escrito por amimeobligaron 12-03-2013 en General. Comentarios (1)
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Alcaldes sobrevenidos sin haber sido votados ni adscripción política, secretarios de organización que hablan en diferido por plasma, sede pontifical vacante, papa emérito vicario, presidente ausente a quien no se aguarda ni espera, jefe del estado transparente de ver por sus infidelidades y sus ausencias, dineros que no se generan ni por trabajo ni por esfuerzo ni por investigación, programas que más que atenerse a las ideas tienen  -según ellos- que atenerse a la verdad: pero a la verdad de quien dicta la verdad.  Ni siquiera da la impresión de que estemos teledirigidos.

 

Estamos como esos niños a los que el profe deja solos en clase, sentaditos y calladitos por si vuelve pero deseando montarla. No es para menos. No nos dejan hablar ni jugar ni distraernos ni ir a mear ni comer mientras ellos están de fiesta y desahogo permanente. Ellos dicen que se van de cónclave o de safari, se encierran en su capìlla sixtina, en su finca del guarda del Pardo o en su brunch del Ritz o en sus maitines a deliberar cómo nos tienen que educar, a cuántos van a aprobar y a suspender y si nos darán merienda o nos castigarán. Luego nos convocan y nos lo cuentan a través de una pantalla de 46 pulgadas.

 

Siempre que nos hablan nos dicen eso de “me duele más a mí que a vosotros”, pero es que ya no cuela. No sabemos ya quienes son, no les reconocemos, no recordamos haber votado lo que están haciendo y no se comportan con nosotros con la generosidad de un padre normal. Si son gobernantes, dicen que actúan por un bien común que no es común a nadie. Si son empresarios dicen que tratan de sacar adelante una economía que evidentemente, sólo es la suya.  Si son lideres espirituales se meten a opinar de cosas que no son su negociado y de las que nadie les ha llamado a opinar. Si son administradores aseguran mientras hunden el estoque que esto nos va a hacer mucho bien.

 

Y encima no dan la cara. Ni explican. Y no se aplican ellos la misma medicina a sí mismos nunca. Los guardas de tu dinero lo evaporan. Los que te dicen que seas austero gastan y malgastan. Los que hablan de cómo tienes que meterte en la cama, tener pareja y reproducirte tienen vedado el sexo. Los que hablan de honradez se lo llevan crudo. Los que buscaban tu voto prometiéndote que harían una cosa hacen la contraria. Los que piden ejemplaridad no la dan. Y encima no dejan que se les pregunte por qué.

 

No sólo son transparentes por su ausencia sino que ya estamos notando que son unos cobardes y unos inconsistentes. Y luego se extrañarán de que en su ausencia se les revolucione la clase.

Niños por el mundo

Escrito por amimeobligaron 05-03-2013 en General. Comentarios (0)

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Desde ayer tenemos a S., de 13 años, de Citadella, en casa.

Y el domingo felicité a mi sobrina P. por sus 24 años. Pero tuvo que ser por féisbul, porque está enseñando español a alemanes en Leipzig. Mi hija después se marchará el domingo con S. a Italia en ese intercambio que monta su instituto –público- cada año para que esta generación conozca algo más allá de nuestro país, nuestro idioma y nuestras circunstancias. Y la hija de mi amigo S., según terminó la carrera de farmacia, se marchó recientemente a Australia. Como la hija de mi amiga M., que está en Copenhague con su chico después de no haber encontrado aquí posibilidades a su carrera de arquitecta. O dos de las jovencísimos monitores que han pasado larguísimos ratos en los scouts con mi hija, D. y A., queridos amigos a pesar de la diferencia de edad, ahora en Vancouver y París. Nuestros hijos, hoy quizá por imposición, conocen mundo.

 

En la foto, el hermoso lago junto al castillo de Douglas -Lanarkshire, Escocia, todavía R.U.- donde hice mis primeros pinitos escribiendo el verano que fui a convivir a casa de una familia de mineros. Tenía 15 años. No era de esos intercambios de horas y horas de escuela sino de una inmersión total  -lejos de nadie que hablara español- en la familia, sus rutinas y sus hábitos. De hecho, luego cambié y me fui con otra familia a una granja avícola con 10.000 gallinas en Carstairs. Así que todas las mañanas recogía huevos, ayudando en lo que se podía. También fregué platos e hice ensaladas otro año en Ginebra, donde mis tíos tenían un restaurante y una pizzería. Y antes de los 16 años mis padres ya me habían hecho conocer ciudades como París, Bruselas, Copenhague, Estocolmo, Zurich o Hamburgo viajando con ellos y mis tres hermanos  de camping –en tienda primero, en caravana después- los veranos.  Yo, de hecho, nací en un sitio tan exótico como Aarau, porque mis padres se fueron a la emigración -¡ese deporte de aventura!- del 57 al 64. Y ya he contado alguna vez que, para relacionarnos con otras formas de ver el mundo mi hermano, por ejemplo, pasó un año en Colorado antes de su mayoría de edad o tuvimos en casa a estudiantes de intercambio como Eric, de Massachussets o Vladislav, de Moscú. No hemos sido una familia “rica”, en el sentido de que hemos sido muy de barrio y de clase media, pero para mis padres siempre fue muy importante que, en la medida de lo posible, viéramos –sin desmerecerlo, claro- más allá de Moratalaz, de Madrid o de España, del realmadrid, la tortilla de patata, el guitarreo y el español.

 

Tuve la suerte de casarme con otra viajera temprana, que prefirió conocer los Balcanes, el norte de África o América del Sur antes que comprar un coche de primera mano. Esa pasión por conocer lo que no es esto se la hemos transmitido a nuestra hija, que ya muy pequeña sacamos en cuanto pudimos –sin grandes alharacas ni dispendios- a Londres o a París. El verano pasado se fue sola con su primo mayor de edad otra vez a Londres. Porque ir por el mundo no sólo es –me parece a mí- hacerse reportajes de triunfadores en “Españoles por el Mundo” o visitar sin pisar el resto de Mexico los resorts de la Riviera maya, como hacía cualquiera que ahorrara unas perrillas para el viaje de bodas, o marcharse exclusivamente a Francia a conocer Disneyland Paris. La curiosidad, las ganas de contrastar y aprender y, ahora, la necesidad son un caldo de cultivo ideal para que un niño, un adolescente o un joven lleguen a la madurez habiendo conocido más allá de sus parámetros cómodos, cercanos y obvios.

 

En un sitio donde la gente sabe pocos idiomas -ni siquiera el presidente-, donde se ha emigrado mucho pero se denuesta y veja  al inmigrante, en un continente cada vez más aquejado de nacionalismos catetos y poca generosidad social, general o universal, donde la soberbia chauvinista quijotesca muchas veces nos impide ver más allá de nuestros molinos y donde lo diferente es calificado de estúpido, hortera, infiel, incomprensible, pringao o maricón me alegro que, siguiendo esa tradición de mi familia, mi hija empiece ya a viajar con naturalidad –siempre dentro de sus posibilidades o de las que le imponga el destino y la economía- desde su más tierna edad.

 

Ahora, a conocer Italia. Pero, si se lo exigiera el futuro, a buscarse la vida –no se lo deseo, pero en un entorno que se intuye para un próximo futuro conservador, antiguo, desconfiado, mediocre y casi ruin, no sería lo peor ni, ni mucho menos, lo más indigno- si le hace falta, a Nueva Zelanda.

 

Ya (o “ja”, que diría la Merkel). Soy español: ¡casi ná!

Armas de fe

Escrito por amimeobligaron 04-03-2013 en General. Comentarios (0)

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“No creo en dios, pero si creyera en alguno sería en el católico, que es el único verdadero”. A menudo repito esta frase que se me quedó grabada de una profesora de filosofía que nos la repetía con cierta retranca en el instituto para hacer ver que la inmersión religiosa en la que nos hemos educado muchos españoles es difícil de separar de la educación, la razón y las convicciones a las muchos que hemos llegado con el tiempo. Y de las cosas a las que nos tenemos que atener todos.

 

Con ese tiempo, yo he aprendido a ser respetuoso con la fe, pese a no residir en la duda del agnosticismo y ser, de hecho, un materialista que ni cree en divinidades ni en trascendencias. Tampoco soy proselitista de mi condición atea, porque creo que se trata de una forma de ver tan íntima y personal que no se puede tratar de contagiar ni descubrir a otros a menos que, como yo, a través de su razón y convicción propia, lleguen a entender el mundo así. A veces digo que para algunas cosas envidio de los creyentes esa fe ciega en cosas invisibles –y para mí inexistentes, reitero- que mueve montañas, su capacidad de resignación o su forma de entender el destino sobrevenido: un hado determinista y fatal al que no podemos sustraernos, porque parece que alguien superior lo quiere así.

 

Pero igual que respeto al creyente, las estructuras que soportan estas creencias ya me chirrían más. Y, especialmente las que tratan de imponer dogmas a todos. Parto de que una iglesia es como un partido político o un club de fútbol: puedes estar abonado, afiliado o enganchado: pagas sus cuotas, respetas sus normas y acudes a sus actos de afirmación. Pero igual que no se puede imponer a todo el mundo que sea socio del Atlético de Madrid o de UPyD por muy forofo convencido que tú seas, creo que tampoco se puede imponer la meditación trascendental, la creencia en la transmigración, el uso del hiyab, el ayuno y abstinencia de los viernes o la exclusión de un acto civil como el matrimonio a nadie.

 

Por el contrario a las normas de una secta, un club, una sociedad privada o una iglesia, la ley de una comunidad civil es para todos los que la componen. La educación, la razón y la ley son una cosa y la fe, la creencia y la práctica religiosa otra: de siempre los poderosos -antes del advenimiento del siglo de las luces, la separación de poderes montesquieuana, el sufragio universal, la universalidad de lo público en las sociedades evolucionadas y el uso de métodos democráticos en los derechos civiles- han tenido tentación de hacer una melée con los postulados excluyentes de un club, una creencia o una secta intentando hacer pasar a todos por el aro.

 

Me parece bien que alguien piense y actue intimamente en función de lo que le dicte su conciencia, siempre –naturalmente- que no sea ilegal. Por mucho que te guste violar, discriminar, maltratar o imponer tu criterio a otros, el hecho de que eso no sea legal lo veta a las normas generales de convivencia. Es curioso además que quien más habla de que hay estructuras –por ejemplo, la iglesia- que alimenta hambrientos, cuida enfermos, protege desprotegidos o consuela a afligidos, se encuentre con que le parece bien que otras estructuras que no son de creencia particular  sino de convivencia general desmonten ayudas del mismo tipo que surgen, por ejemplo, del concepto del estado del bienestar.

 

Siempre me ha chirriado, por ejemplo, que gente que no se casa y que –teóricamente- no practica sexo, tenga tanto que decir sobre matrimonios, concepción y contracepción, pareja y sexo. Pero que un ministro afiliado a una secta ultraconservadora del catolicismo ponga en duda la universalidad, efectividad y validez de una ley que, buena o mala, nos hemos dado y tenemos que cumplir todos –los del psoe y los del pp, los gays y los heteros, los creyentes y los ateos – en base a una supuesta cláusula de conciencia, me crea severas dudas de que ese servidor publico respete y haga respetar la ley, que es lo que tenemos que exigirle. La verdad es que creo que el ministro, si está casado, podrá hablar dogmáticamente si quiere de su matrimonio. Pero poco más.

 

Las creencias particulares, con todo lo respetables que puedan ser,  a su iglesia, ministro. O a su partido.  No hace falta –ya veo que lo intenta- que trate de imponerlas como asignatura obligatoria porque, en realidad, aprender, contrastar  y educarse es otra cosa.  Y recuerde que usted está ahí gobernando para todos con la ley de todos. Así que si su creencia le provoca muchos trastornos de conciencia, es facil: váyase de ahí. Que las cruzadas ya se acabaron.

Cortesanías

Escrito por amimeobligaron 03-03-2013 en General. Comentarios (0)

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He empezado buscando etimologías de corte, cohorte, cortar, Cortes, cortés, cortesano y cortesana y, al parecer todo viene de una raiz troncal común.

 

Luego me he puesto historicista leyendo de vida y método de Agnés Sorel, Diana de Poitiers, la Pompadour, la princesa de Éboli, María Manzini, Gabrielle d´Estrées, la Valliére, la Montespan o la famosísima Du Barry para ellos mientras que para ellas se puede recordar a Grigori Potemkin con Catalina de Rusia, Robert Dudley con Isabel I de Inglaterra o a Olózaga, Arana, O´Donnell, Tenorio, Marfori y el mismísimo “general bonito” Serrano con nuestra Isabelona II. No avanzaré más en la historia reciente porque incluso hay un descendiente de la dinastía hoy contertulio esporádico del Sálvame. Evidentemente, el cuento no es nuevo.

 

Favoritas, conseguidoras, profesionales, encumbradas y sus equivalentes masculinos. Pero tampoco es cuestión de señalarlas exclusiva y clasistamente con el dedo a ellas. Ellas llegaron allí y a la historia básicamente porque quienes existieron fueron Carlos VII, Enrique II, Enrique III, Luis XIV o Luis XV.  En las cortes se les llamaba cortesanas o  -¿casualidad?- profesionales. En la calle se les llamaba de otra manera. Y si la relación era más consentida u oficializada –vamos, que “entraban en casa”-, pues de otra pero tampoco menos amable. Pero ese nombre, esa condición o ese oficio vienen de una estructura social y una ley de oferta y demanda tan antigua como la propia humanidad.

 

Cuando a Paquirrín o a José Fernando  -como a tantos otros desconocidos ad aerternum- les daba por entrar y pagarse unas copas en un local de esos que eufemísticamente en la prensa del corazón llaman “bares de lucecitas”, si les localizaba la prensa había chanza a costa de ellos y sus aficiones. Pero si el pillado tiene más pasta, más alcurnia o más responsabilidad, entonces se invierte la carga de la prueba y la chanza se hace a costa de la empleada que, en general, conoce muy bien su oficio. Supongo que en este negocio, como en todos, quien oferta busca el mejor segmento de oportunidad para su mercancía. Y sabe de antemano que, en el mejor de los casos –ellas no creen en cuentos de hadas-, difícilmente dejará de ser “la otra”. Que conste que como republicano, la supuesta ejemplaridad de una casta superior me la trae muy floja y como ateo, la santidad o cristiandad de quien está en la cúspide de la pirámide también.

 

Pero como ciudadano, cuando ése que está arriba  se permite salir cada fin de año en la tele a darme lecciones de ética, sacrificio laboral o ejemplaridad – a mí, que hace años que ya sé que somos diferentes en nuestra facilidad de  localización, nuestra claridad de cuentas, nuestra estructura familiar o nuestra campechanía- pues me rasco un poco la barbilla. Creo, por supuesto, en la privacidad de los actos individuales y privados, por la que abogo sin duda. Creo también que la vida de una pareja es de dos, que son quienes se deben dar cuentas entre ellos y nada más. Pero no creo -¡lo siento!- en la privacidad de los símbolos que nos representan, que son públicos y de todos y no tienen tiempos libres, de “ahora no juego” ni de vacaciones. Y más si pagan  esos tiempos libres con mi dinero: lo que popularmente se llama “disparar con pólvora del rey”. Precisamente por su singularidad y porque no todos podemos estar ahí, ellos son diferentes.  Uno no puede dar al “off” cuando es el himno o la bandera de un colectivo y transformarse en una bayeta o en un reggaeton, especialmente cuando abomina de quienes lo son o suenan así en público.

 

Un pontífice, un padre, un maestro, un superior, un jefe, un rey, en principio –partiendo de unas reglas de juego éticas- no deben pedir a los demás nada diferente de lo que dan ellos. Pero, llegado el caso, dada su posición, en caso de que se produjera una desigualdad o asimetría, quien debería salir siempre beneficiado o ganando al cambio es quien está en la posición de hijo, fiel, gobernado, alumno o empleado: no se puede pedir a los demás desde arriba la ética o el comportamiento que uno no tiene. Y menos ahora, en una sociedad de la información en que, al final, todo se termina sabiendo: quizá, precisamente de ahí viene el anacronismo de ciertas instituciones que lo son porque sí, porque dios quiere o por herencia.

 

Buena parte del cabreo general de la gente hoy viene de que aquellas personas en quienes voluntaria u obligatoriamente tenemos depositada nuestra confianza  o hemos delegado para que nos gestionen las cuentas bancarias, los programas electorales, la espiritualidad o la justicia se comportan muy deficitariamente con respecto a aquello que pregonan o exigen. Y es que al final, lo malo de que ella salga en el Hola o dé entrevistas en El Mundo es que parece que la que ha provocado la situación es ella. Como esas mujeres maltratadas que según un diputado se aprovechan de su inferioridad o desgracia. O como esos menores que van provocando, que decía aquel arzobispo.

 

Y no, no es eso. Si tuviera que presentar mi respeto por una de las dos partes en este fregao, me quedaría con el respeto –no la tengo simpatía ninguna a priori, que conste- por la cortesana: como la agraviada, ella sólo ha estado en el sitio en que la han puesto y manteniendo el tipo incluso más allá de cuando se ha descubierto el pastel. Profesionales, que les llama Peñafiel. No todas las que no asumen esa obligatoria profesionalidad en los cuentos contemporáneos de princesas pueden acabar como el de lady Di. Señor: cada uno es muy libre de hacer de su capa un sayo pero, por la particularidad del suyo, su sayo debe ser siempre ejemplar, de día y de noche, con luz y sin luz, en el tiempo de trabajo y en las horas libres.

 

Y si no, déjelo y pase a ser como somos todos los demás. Con todos mis respetos.