Endeble, monetarista, cicatera, de letra pequeña, farragosa,… Así recuerdo la constitución que hace unos años nos intentaron colar con el tratado de libre circulación de Schengen, la bandera azul de las estrellas, el euro y el himno de la oda a la alegría de Beethoven y Schiller. Yo fui de los que se la leyó entera buscando los fundamentos de Europa y sólo encontré algo parecido a esas cartas y extractos que te pretenden vender un producto bancario lleno de letra pequeña, cláusulas, condiciones e intereses. Desazonado y desilusionado por la baja talla de nuestros políticos en Bruselas y Estrasburgo, ya entonces voté que no a esa mierda.
Y no porque no me sienta europeo. Pero yo siempre creí que Europa era otra cosa aparte de Bundesbanks, bolsas, divisas y cambio. Para bien o para mal, este continente se ha inventado cosas tan antiguas y tan inútiles como las monarquías constitucionales, la música de cámara, las guerras mundiales, la inquisición, la Commonwealth, el barroco o las pinturas rupestres. Además de la supuesta competitividad alemana, Europa es el renacimiento italiano, la democracia ateniense, el estado del bienestar nórdico, el parlamentarismo británico, el mestizaje hispánico, el cubismo, la ilustración, el humanismo, la cuna de las universidades. Si le hubieran dicho a Pericles, a Carlomagno, a Descartes, a Leonardo, a Rousseau o incluso a tíos tan chungos como Napoleón, Cromwell, Calvino , Eric el Rojo, Julio César o Felipe II que redactaran una carta magna para Europa no habrían sido tan mezquinos como los de Schengen y Maastricht, no.
De pequeño, cuando éramos una autarquía franquista, estudié lo del Benelux y el Mercado Común, germen de lo que luego sería la Comunidad Económica Europea, la Comunidad Europea y al final la Unión Europea. Muchos cambios de nombre para que al final, sólo fuera este mercadillo de fin de semana que se quería prolongar los siete días. Una cutrez, una mezquindad, un truco de mercaderías cuyo fuego artificial más sonado fue el euro, la moneda por la que aquí todo pasó a costar el doble –o más- excepto los sueldos. Diez años después de entrar en aquella moneda, hemos dilapidado en europarlamentarios, representaciones, comisarios y tratados una vocación continental que muchos tenían y querían. Nosotros no éramos como los ingleses, que ni han estado ni estarán nunca en el euro y siguen siendo europeos, aunque sean una isla. Ni como los escandinavos que, pese a todo mantienen un sobrio, equilibrado, justo y equitativamente pagado estado de bienestar. Ni como los alemanes, italianos y franceses que, con eso de ser fundadores del tratado de Roma creen que tienen una grandeur añadida.
De aquellos polvos vienen estos lodos. A nosotros nos presentaron aquella constitución ofreciéndonos por primera vez en siglos volver a estar en Europa y parece que resultó ser un caramelo envenenado. Muchas veces, todavía cuando oigo a Merkel hablar de Europa, me pregunto si realmente ella será capaz de recitar del tirón los 27 países o su concepto de Europa se ha quedado solo en lo de… euro.
Viendo las fotos del 12M con los amigos del cole en Malasaña me doy cuenta de que ¡coño!, el tiempo pasa. Será por el barrigón que saco en las fotos del evento pero hoy he decidido que, una vez más, voy a hablar del paso del tiempo. Y para hacer un elogio de lo que unos llaman crecimiento, otros madurez y otros sencillamente, que te haces viejo.
Mi amiga S. ,cuando lee el blog, dice que tengo ideas y formas de “abuelo encabronao”. Repaso algunas entradas desde hace tres años: “Siempre joven” iba del peterpanismo de algunos adultos que se resisten a crecer, a ocupar su puesto de adultos, a comprometerse con lo que les toca vivir y a sentirse de su edad. “De la jubilación de los baby boomers” iba de mi generación, la de los años 60, que siempre ha sido la parte ancha de la pirámide de la población aquí desde entonces hasta hoy, por lo que alguien podía haber previsto que algún día nos tocaría jubilarnos aunque vinieran muchos menos por detrás. “Éramos unos niños” era una reflexión sobre el joven que deja un cadáver hermoso, en referencia al libro de Patti Smith años después de la muerte de su amigo Robert Mapplethorpe como superviviente de una generación que caminó por el lado salvaje. Ese libro por cierto, me lo regalo mi amiga P. –el otro día, en las fotos de Malasaña- con la que empecé jugando con el cubo y la pala hace 45 años y la otra noche ya hablábamos de tensiones y myolastanes –entre otras cosas-. “Et in Arcadia Ego” era, muy brideshediano, un repaso sobre lo que nos ha permitido vivir nuestra edad para contarlo después, como un personaje de Evelyn Waugh o como un abuelo Cebolleta. Coño. Sí me preocupa hacerme mayor, sí.
Esta mañana , fiesta de San Isidro en Madrid, pese a la edad que tengo ni me he ido a misa ni había reservado entrada a los toros –más que nada porque no me han gustado nunca- pero he estado atendiendo a la interesante entrevista que daba en la tele pública nuestra joven delegada del gobierno en Madrid, una pipiola que opinaba que se puede acampar en la Casa de Campo pero no en la Puerta del Sol –no sé que habría hecho en los tiempos de Sintel en la Castellana o con la familia que acampó durante años en Benavente para protestar por la mala praxis médica en la cirugía estética que dejó postrado a su hijo: ésta se debe creer que a los jóvenes de Madrid les gusta jugar a indios con la tienda quechua en los parterres, por eso les ofrece que lo hagan en un parque pero a tomar por saco-. Una vez más me he dado cuenta de que ser joven no conlleva necesariamente ser brillante ni inteligente ni arriesgado ni innovador ni solidario.
Y luego me encuentro con las ideas cristalinas de José Luis Sampedro, el nuevo libro de Noam Chomsky, el discazo en francés -¡con versiones hasta de Piaf!- que acaba de sacar Iggy Pop, las declaraciones económicas que hace el sesudo premionobel Krugman… Y pienso en esta delegadita tan tersa o en el bótox de la Kirschner y me digo: “¡Pues coño, si ser joven es ser como estos, qué gusto hacerse viejo!”. Pienso que tengo entre mis amigos notables arrugados que hacían música, periodismo o política del tiempo en que se creía en cambiar el mundo y creo que, en eso, algunos jóvenes deberían recuperar ese espíritu.
Combativo, revolucionario,joven en el sentido hermoso de la palabra. We want it and we want it now. Otro gallo nos cantaría...
Panem et circenses. Utopía. La isla flotante de Laputa. Los yahoos y los houyhnhnms. La déspota reina de corazones. Fahrenheit 451. El mundo Feliz. 1984: el Gran Hermano. El nombre de la rosa. Gladiator. Los pilares de la tierra. Los juegos del hambre.
De siempre. Entretener a la masa con espectáculo o miedo mientras los de siempre mantienen el puesto. Aunque haya que cambiar la historia, mentir, matar, robar, esconder, humillar, quemar, esquilmar, hacer guerras: quien tiene un púlpito, un senado, un altavoz, un estadio enseguida sabe como meter los rebaños al redil sin que se desmanden. Sin necesidad siquiera de saber de ganadería ni de estercolar los campos. Si hace falta se quema una bruja, que das una patada y salen ciento.
Da lo mismo que algunos pensadores clamen contracorriente: desde tiempos de la inquisición se sabe hacer abjurar hasta a Galileo y si no, está el método Servet. Por muchos premios nobel que gasten los Krugman, experiencia acumulen los Sampedro o sepan de cómo comunicar los Chomski, es mucho mejor tener una final de copa que ofrecer a mano. O sacar al santo para que llueva o deje de llover, según el caso.
Lo último en panem et circenses ya no es esclavizar humanos como si fueran caballos, quemar libros, reescribir la historia, espiarte por la tele, ponerte a construir catedrales, cortar cabezas por pintar las rosas de rojo o hacer caer el cielo sobre tu cabeza, ni siquiera programar una guerra mundial a la antigua, sino amenazarte con matar y dejar sin futuro a la generación posterior: son los juegos del hambre.
Nueva estrategia. Dicen que les has elegido tú, y eso esgrimen, pero hacen lo que les da la gana, sin pedirte ni darte cuentas. Ni han contratado socialmente contigo ni lo harán. Las estructuras en las que creías vivir saltan por los aires y dejan sin futuro a tus hijos. ¿Hay mayor amenaza que decirte que el mundo que construías no es viable y que hay que acabar con él para que tus hijos puedan seguir sirviendo a los mismos?.
Ellos dicen que para que puedan seguir viviendo. Y televisado. Una auténtica cabronada.
Recuerdo aún que la celebradísima película de animación “Heavy Metal” se abría con una secuencia llamada “Soft Landing” o, lo que es lo mismo, “aterrizaje suave”, que es la manera en la que se denomina en economía la forma de frenar sin golpes un ciclo económico expansivo o pelotacero para entrar en una etapa de crecimiento suave o estancamiento con el fin, precisamente, de evitar una recesión.
Más suavidad y tibieza de la que ha tenido el gobierno en asumir el 45% -un poco por debajo de la mayoría de acciones, ¡fíjate qué casualidad!- de ese cuarto banco del país resultante de la fusión, entre otras, de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, fundada en el siglo XVIII, y otras ex cajas de ahorros de comunidades autónomas administradas desde hace tiempo inmemorial por su partido, no se puede haber tenido. Rato – el ex ministro de finanzas del PP y ex director del FMI- hacía mutis calladito mientras ponía en el puesto a quién él le ha parecido conveniente, pero ese consejo de administración –por cierto, ¿qué coño administraría ese consejo?- de políticos, patrones y sindicalistas que cobraban –cobran aún- sueldos millonarios se ha mantenido en sus puestos sin fusilarlos –¡en sentido figurado, entiéndaseme, plis!- por inoperantes. Entretanto, convertir la deuda de Bankia en acciones que se queda el erario –el erario siempre es público, que lo sepan los redundantes, aunque igual algún día no muy lejano esas acciones se reprivatizan al precio simbólico de un euro: eso también es frecuente- nos cuesta 1.700 euros a cada español. Pero además se le van a dar a Bankia esos 10.000 kilos que, hace unos días, se anunció que se iban a detraer de nuestra sanidad y nuestra educación pública.
No soy catalán ni nacionalista ni evidentemente convergente, pero esta mañana oía a Más y me encuentro razonablemente de acuerdo con él. No me quiero imaginar cómo de lejos -¿en Nueva Zelanda, quizá?- se habrían oido los gritos liberales si en lugar de la matriz que engloba a la madrileña Cajamadrid –la comunidad de cuatrotorres, ciudadelajusticia, cajamágica, emetreinta, dosmildoce, jornadaspapales- o a la valenciana CAM –la otra comunidad de ciudaddelcine, formulaunos, terramíticas, calatravismos del Turia, aeropuertodecastellon o presuntasgurteladas varias- hubiera que haber intervenido a La Caixa. Y todavía hay que oir a la condesa decir que ella hubiera sido partidaria de fusionar a Bankia con La Caixa: esa misma condesa que dice sin complejos que ésta su comunidad da números negros echando a interinos, anunciando que cobrará peaje por la M45 o no pagando a los abogados de oficio mientras pide al estado que se quede con los hospitales y los coles, esas rémoras que dan tanto gasto.
Las piruetas, las especulaciones, los amiguismos, las operaciones de riesgo, los pelotazos y el ladrillo, al final se pagan. Y por más que intenten hacérnoslo pasar por un aterrizaje suave, a mí me parece - a lo mejor, lo es- una chorizada: no sé si de los gestores , de la condesa, del hoy ministro de justicia, del del fondo monetario, de los amiguísimos del alma, de los consejeros de administración o de los ladrilleros. Lo que es cierto es que esto no es culpa de quienes tienen sus nóminas o sus ahorros ahí. Como madrileño me avergüenza que quienes hoy planifican esta maniobra de transición como si no pasara nada, hayan llevado a la casi tres veces centenaria caja de ahorros de mi comunidad a esta quiebra indecente que, una vez más, parace que nos van a hacer pagar a todos.
Mira: así que sin haber comprado acciones de Bankia, estamos metidos todos en ella. Como decía el anuncio hace unos meses: “Todo un futuro juntos”.
Ayer venia al curro andando y me cruzo con un anuncio en una marquesina que te ofrece un móvil que, en un solo pantallazo, te cuenta el estado actual de todos tus amigos. Y me pongo a pensar… ¿Y para qué iba a sacar yo ahora el smartphone android éste que tengo y mirar si J. está echando su cagadita matinal o A. ya se ha mirado los chistes de La Razón o M. está en un atasco?. Todo a base de tuits, de aplicaciones y de inmediateces: la mitad de las cosas esas son, por otra parte, puramente anecdóticas, emocionales o faltas de rigor –por la mañana todos vamos un poquito con el paso cambiado hasta que nos templamos con el café de mediodía-. Y entonces, asociaciones extrañas, me entró la nostalgia por los tiempos en que curraba en la radio.
Cuando yo empecé a currar en radio, esto de internet y de los móviles estaba en bragas. De hecho, la información más inmediata salía del teléfono del testigo directo, de la unidad móvil convocada al lugar de un evento anunciado o del teletipo. Y para informar de ello –a menos que fuera una catástrofe nuclear, de esas de parar máquinas o interrumpir la programación- había que esperar a contarla por lo menos a la hora del boletín de noticias. Eso te permitía, entretanto, consultar fuentes, contrastar, documentar o tirar de agenda para confirmar datos.
Ahora veo que aquellas esperas se han perdido en beneficio de la inmediatez. Y, por tanto, también se ha perdido el rigor. Estás en un programa de televisión de tertuliano y te vibra el móvil en un bolsillo con información de una fuente de esas que no se puede desvelar: pues según te llega –sea una verdad absoluta, un bulo o una venganza- vas y lo cascas. O te coge un calentón en un debate y sin papeles ni pruebas, sueltas lo que te parece y que te echen un galgo. La sensación es de frescura absoluta, pero cualquier belenesteban, político incluso del gobierno, opinador que pasaba por allí, arzobispo, entrenador, sindicalista o periodista puede soltar tal cual, como quien va suelto y sin dodotis.
He trabajado en programas en directo en lo que, antes de soltar algo al aire, necesariamente había que comprobar que lo que se decía era cierto. Ahora, en una sociedad de “me han dicho”, “y tú más”, “mi fuente es secreta pero absolutamente fidedigna” o “esto no es una calumnia sino libertad de información”, cualquiera está en posición –y asegura que con derecho- de informar.
De hecho tomamos por información hasta lo que te sueltan en una red social, en una tertulia matinal de café, en una reunión de borrachazos postliga o en un cónclave sectario de sede política. Y así le va a la objetividad del medio.
Si. Frente a la frescura e inmediatez con la que se mueven datos actualmente, al menos, en lo informativo echo de menos aquellos tiempos de la radio en que antes de soltar algo tenías que confirmarlo y contrastarlo. No por el miedo a cometer un delito o que te pusieran una querella, sino por la propia honra de ser un informador a quien nunca se le pudiera pillar en un renuncio o con el carrito del helado.
Pero es que ahora también las mentiras de hoy son las verdades de mañana y viceversa.
Viva el mal.
Viva el capital.
Viva el gobierno liberal. Y, naturalmente, el neoliberal.
Cada vez es más sencillo entender la aritmética de la bruja Avería. Lo mío es mío, pero lo tuyo –en cuanto se tercie lo mínimo, e incluso si no- también. Aparte de ser las matemáticas de la bruja Avería y de los liberales y una actualización de la doctrina Monroe, es –de siempre- la forma de pensar de los bebés: “Dame”.”Más” Egoismo puro y duro: las cosas están puestas ahí para que yo las use.
El egoísta, además, ha conseguido dar la vuelta dialéctica a la tortilla y asegura que el lema “Si me falta algo, que lo pongan los demás” es –echándole la culpa a “los otros” o a la sociedad- el lema de lo público. Y nada más lejos: no es por ponerme marxista a hablar de plusvalías pero las cosas son –deben ser, por lógica natural- de quien las trabaja, quien las fabrica o quien las cultiva, no del duque o de la condesa por más fundaciones y desgravaciones que tengan, ni del prestamista, el usurero o la agencia de calificación, y ni siquiera del gobierno que ostenta la mayoría absoluta que no tiene sino un poder delegado.
Pero es que hemos creado un sistema en el que el dinero se multiplica sólo, sin trabajo, innovación ni esfuerzo, a base de consumo primero y de ponerlo a rentar en un juego de azar después. Y si no lo hace exponencialmente, el sistema peta. Ese dinero ficticio o de mentira se alimenta de bosques, de capa de ozono, de países y negritos de África, de focas, de la Amazonia, pero ahora ya también lo hace de curritos, de viejos, de niños, de personas que ya no producen y se jubilaron, de enfermos o de educadores y sanadores públicos que aprobaron su plaza por oposición. Casi todo le vale de combustible.
Siempre que hay una crisis –prácticamente desde el tiempo de los faraones- los de siempre –la iglesia, bancos, reyes y políticos de turno- se blindan y echan la culpa de todo a los débiles, a las minorías, a los emigrantes, a los diferentes, a los disidentes, a los aplastados, a los pobres convirtiéndoles en anatema: lo malo es que la mayoria de los gobernados por esa casta acusadora van y se lo creen, no sé si por miedo, por ignorancia o por comodidad. Tiene que producirse una matemática tan clara -una conjunción de astros tan exacta- como los 10.000 millones de euros que un día se restan por un lado a la sanidad y educación pública para dárselo al siguiente al banco usurero, pelotacero y de activos malos para que la gente se de cuenta o reaccione mínimamente. Aunque estas situaciones siempre son caldo de cultivo para totalitaristas, lepenes o esos neonazis que hacen recibir al lider en pie a la rueda de prensa, porque su discurso contra los débiles cala: se quejan, por ejemplo, de esos mismos inmigrantes a los que quienes montaron la burbuja inmobiliaria llamaron a la puerta de sus paises para que vinieran a poner ladrillos por cuatro duros y que se forraran esos que ahora piden rescates. Entonces, haciendo pisos de mierda –para el que ponía ladrillo- humo –para el comprador imposible- y oro –para ellos- eramos la novena economía productiva del mundo y nuestro sistema bancario el más saneado del universo.
Pues hoy, aquellos ladrillos se llaman “activos malos” y después de que forraron el riñón a alguien los tenemos que pagar los de siempre. La matemática de la bruja Avería. Viva el mal. Viva el capital.
Nunca pensé que, con la carrerilla del siglo XXI las cosas se pusieran –ya no tan conservadoras, que lo antiguo a veces tiene una solera recomendable- tan vintage, bueno…tan viejunas. Y con cosas que creí que pasarían directamente a los museos de los horrores o de lo cutre.
Pretender hacer pasar a un presidente del gobierno por austero diciendo que se ha ido a pasar el puente del trabajo con la familia y los tápers me parece, cuando menos, naïve, por no usar otra palabra más agresiva. Que conste que yo cuando salgo a acompañar al grupo scout de mi hija al campo sí que voy con los tápers bien repletos de filetes empanados, tortilla de patatas o esas croquetas caseras deliciosas que le salen a Pary. Pero creo que no es el caso de Rajoy, que por no saber, no sabía en su momento, que los chuchesh son las chuches y eso que tenía críos en edad de consumirlas. Que no me venga de consumidor de barriada. Como ya me ocurrió con aquel famoso precio del café de bar de Zapatero, me parece altamente improbable que Rajoy haya entrado en la cocina de la Moncloa ni haya abierto los cajones de los tápers para saber si los hay.
Y luego, está ese uniforme olímpico de Españistán. Después del logo de las ojotas para Madrid 2020, se nota que últimamente nos estamos poniendo chandaleros. Igual no es malo –porque la verdad es que no hay más que salir un rato a esa calle que no pisa el presidente ni sus asesores ni los banqueros del FMI ni esas nuevas generaciones del pepé que dicen que la calle está llena de socialistas quemacontenedores indignados- para ver que, aparte de mucho parado y perroflauta, lo que hay también aquí es mucho chandalero y mucho oéoeoé de Cibeles o Canaletas pero, en este país que se calza sin complejos el chándal en domingo para ir al mall, a misa , a ver a la suegra o a pasear al Retiro, lo cierto es que gracias a Decathlon, a Ikea, a la Oca o a Agatha Ruiz de la Prada, se había conseguido abandonar un poco esa estética poligonera que parecía que se había quedado en reserva espiritual de canis y chonis mientras el vulgo general ya parecíamos de Nike o de camiseta y gayumbo D&G – o imitación- como cualquier beckam o cristianoronaldo que se precie.
Pues no. Es que no: hemos vuelto a la estética de bolsa Elidas de currito años 70, y no a esa estética mercadodefuencarral, sino a la primitiva de chino cobocalleja antes de que contrataran escaparatistas de aquí: camisetas de poquémon con cu, de bobesponja color indeterminado o de marca de diseño del gañán. Se acabaron los logos de Miró o de Mariscal, los puentes de Calatrava, el Hummer, las coloñas de Calvin Klein, DKNY o Carolina Jerrera por reyes…
He visto que vuelve al Floyd para después del afeitado. Pues eso. Igual igual que el chándal ruso de diseño y el táper de Rajoy. ¡Y lo que nos falta por ver…!. A nosotros digo, porque a Rato, por ejemplo, pues no. Ni al duque de Palma.
Un tipo llamado Benjumea, redactor jefe de la revista oficial de la secta religiosa mayoritaria en nuestro país, acaba de afirmar en su panfleto: “Reducido el sexo a simple entretenimiento, ¿qué sentido tiene mantener la violación en el Código Penal?. ¿No debería equipararse a otras formas de agresión, como si, por ejemplo, obligáramos a alguien a divertirse durante unos minutos? ¿Por qué tanta disparidad en las condenas? Cuando se banaliza el sexo, se disocia de la procreación y se desvincula del matrimonio, deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal". Y se ha quedado tan pancho.
Si en vez de una revista católica se hubiera tratado de un órgano de expresión empresarial, de partido, de opción sexual, sindical, de la tercera edad, musical, de juegos de mesa, militar o de cualquier sector laboral, seguramente ya habría habido acusación de oficio por parte del fiscal por incitación al delito. El estimado Benjumea hace ver en el mismo texto que “juega con las palabras” para denunciar la permisividad cultural en que vivimos. Peligroso. Porque esta cultura es precisamente la que secularmente inscribe en su religión a menores –bebés, para ser exactos- sin volición, entendimiento ni consentimiento y después, cuando alcanzan la edad de la razón y de la decisión no les da autorización a desligarse definitivamente de sus listas o a borrarse. Esa violación del consentimiento de afiliación desde la cuna ya sugiere que los pensadores, ideólogos y organizadores de su religión no están demasiado autorizados para hablar de lo que es entretenimiento, violación, banalidad, obligación, disparidad o delito con limpieza absoluta. ¡Que inscribiera bebés en sus listas un partido político, a ver qué decían los jueces!.
Para toda actividad humana, ya sea ingresar en una religión, echar un polvo, ser esposado como entretenimiento lúdico durante el sexo, confesar, hacerse vegano, decidirse por la abstinencia sexual, comulgar, casarse civilmente o por la iglesia, usar anticonceptivos, hacerse sacerdote, meter por delante o por detrás, hacer ayuno o aportar al cepillo o a la casilla X de la renta, lo básico e indispensable es el consentimiento. Cualquier violación externa de estos derechos, por elástica que le parezca a Benjumea, se convierte un delito si previamente el beneficiario o participante de esos actos voluntarios había consentido libremente en ellos, siempre que ellos no constituyeran en sí delitos.
Lo del consentimiento, lo de la voluntad, lo de razonar qué queremos y qué no, es algo que parece que se le escapa –no sé si deliberadamente- a este preclaro ideólogo religioso. Y es que es la clave. Una violación es por sí repulsiva: una violación sexual, de principios, de cualquier derecho ajeno -incluyendo el adoctrinamiento por el terror, por la obligación y por una inclusión obligatoria en una secta a menores- es un menoscabo de la libertad individual y colectiva, que eso sí que es sagrado.
Comparar el uso de la píldora postcoital o incluso el aborto con la violación de las mujeres –no habla de los hombres tampoco: aparte de ser muy religioso este tío debe ser bastante machista- promiscuas no es de recibo. No tengo inconveniente en decir que no me gustan nada otras religiones que consideran a la mujer un humano de segunda clase o con menos derechos. Y me fastidia espacialmente que la religión en la que me encuentro inmerso desde pequeño por los cuatro costados culturalmente- aunque no crea en ella, no la profese o no la practique- sea también, y sin cortarse, así.
La cosa es que el tal Benjumea es –como muchos de nosotros- un plumilla, un periodista. Pero si la revista en cuestión representa la forma oficial de pensar de la religión católica, igual el presidente de la conferencia –es decir, el ideólogo mayor, el que diceqlo que se publicita y lo que se censura y cuida el mainstream- tenía algo que decir o que reconvenir al muchacho. Porque es que si no, le está dando la razón. Y, en esta ocasión, por grande que sea su fe, el muchacho se ha pasado cuatro pueblos.
Tal y como está la cosa, se impone un cambio. Lo ve el 99%. Al final, es una de las ventajas de la globalización que impuso con calzador aquel otro 1%.
Los políticos de poltrona se levantan esta mañana hablando de que tirar de la palanca de alarma del metro es -¡ni más ni menos que!- un sabotaje, mientras ellos se plantean dejar unos días sin efecto el acuerdo de Schengen para que no se pueda circular libremente por la UE sólo porque ellos se reúnen a contar sus dineros. Acampar en la plaza va a ser delito pero inmatricular bienes ajenos es merecedor de que se exima al mayor terrateniente de este país de pagar IBI como cualquier otro paganini. Convocarse por Internet parece ser casi ya tan constitutivo de otro delito como, por otra parte, les parece normal –política de Gran Hermano, ustedes que son tan de libertades individuales y liberales- grabar preventivamente videos para detener a quienes se manifiestan.
Ayer fue 25 de abril. Y escuchando la letra de aquel Grandola Vila Morena de la incruenta revolución de los claveles de Portugal leo un verso que no ha perdido –o no debería perder, si somos de verdad demócratas-un ápice de vigencia y significado: “O povo é quem mais ordena”. Sí, ministra “revolucionaria”: por más que usted diga que la soberanía popular reside en el parlamento, incluso por más que tengan -¡recuerde que circunstancialmente y por delegación de los soberanos!- merced al señor D´Hondt la mayoria absoluta de escaños, el poder no es suyo sino que reside en la gente, en el pueblo. No se me pierda.
Se impone un cambio, repito. Y lo saben. Ni ustedes ni quienes les imponen sus órdenes –esos que sí que no son soberanos- tienen la potestad de ser tan profundamente injustos, por más que tengan agarrada la sartén por el mango. Hoy no hablo de violentas tomas de la Bastilla o del Palacio de Invierno, pero saben que el mundo se plantea una revolución global ante la arbitrariedad de esa injusticia oligárquica que, encima, tiene la profunda y amarga paradoja de que quiere sistematizarse alegando que lo hacen representándonos, con nuestros votos. Aunque saben, de hecho, que gobiernan contra nosotros y a favor de alguien que no somos nosotros.
Evidentemente los cambios -ya no sólo los radicales- no se hacen en redes sociales ni por ordenador, sino en la calle, como aquella de los claveles. Pero por poéticas o incruentas que sean, las revoluciones nunca han sido legales. Ustedes sigan mirándose el ombligo y demonicen a la gente que pasa por la calle. Mientras tratan de acallar la indignación, me da que aunque la palabra suene fuerte, si al final ustedes carecen de la razón y la fuerza para darle la vuelta a este injusto reloj de arena, pues… al final, intuyo que habrá quien lo vuelque. Y sólo hablo hoy de este primer mundo: pero hagan oidos sordos y sigan siendo tan cicateros. Aguarden y verán.
Despreocupación, hedonismo, ocio, tranquilidad, relajación…
No sé si la edad, los achaques, la preocupación, la precariedad, la inseguridad, la responsabilidad, el miedo, las obligaciones, el deber, la carencia, la injusticia, la expectativa o el agobio nos hacen perder aquella alegría de vivir con la que crecimos siendo niños y con la que algunos –no sé si cínicos, irresponsables, downshifters o peterpanes- consiguen seguir viviendo, como si fueran Diógenes en el tonel.
Los que escribimos -especialmente cuando crecemos- a veces, nos generamos una necesidad de trascendencia, de calidad o de fabricar contenidos sesudos o de presunta importancia que muchas veces frustra o marchita un impulso sencillo: reir, hablar de una tontería, verse reflejados momentáneamente en palabras simples o, sencillamente, disfrutar o liberarse a través de la expresión. Ya no como arte o poesía, sino casi como una necesidad fisiológica: soltar.
Observo que cuando uno atraviesa un momento grave como el que sociológicamente dicen que estamos pasando tiende a ponerse solemne, doctoril, campanudo, y más especialmente cuando sabe que lo que dice o escribe puede llegar a otros. Es como postular, filosofar o tratar de dar lecciones magistrales. Hoy, pensando en qué nuevas grandes ideas podía aportar al mundo, he echado de menos con cierta melancolía un tiempo y edad en que ni siquiera me planteaba que yo fuera capaz de aportar soluciones y en que el leitmotiv de levantarme cada día era –sencillamente- vivir ese día. ¿Irresponsable?. Quizá, por lo menos, sin ese síndrome de imprescindible…
Ya un poco más mayor que cuando era un niño, asistí a fiestas indolentes en que todo era estar de paso en una etapa transitiva, estirada y sin ánimo de trascendencia: hablar de música, del tiempo, de bellezas subjetivas o efímeras, de pequeñas alegrías instantáneas. No tengo nostalgia por aquello, aunque sí un poco por aquella joie de vivre de encontrarse en una estación de paso sin grandes responsabilidades, o por lo menos sin sentirse cargado con ellas.
La frescura insultante de los más jóvenes -que desde nuestra perspectiva a veces confundimos con falta de compromiso- es, quizá, la prueba más fehaciente de que el reloj biológico no perdona a nadie y nos va creando poco a poco –por más gimnasios, botox, siliconas o viagras que algunos se traguen o implanten- un poso. En el momento en que perdemos definitivamente esa alegría de vivir con la que es obligatorio levantarse cada mañana, muy por delante de las responsabilidades o de las hojas del debe y haber, es que estamos muriendo ya un poco.
Y al final, los mayores –carentes de esa alegría, del empuje natural de quien sabe que no es necesario estar haciendo historia cada día- nos creemos imprescindibles, pero es que son siempre los jóvenes quienes cambian el mundo.
Para mí, el 23 de abril más que el día del libro, el día de los patrones de Inglaterra, Aragón, Cataluña o Portugal o el día de Cervantes y Shakespeare es San Jorge. Y me explico: siendo un niño, muy poco tiempo después de que curas y profes de religión me enseñaran la pura teoría del catecismo o la ley mosaica de dios ingresé en los scouts, un movimiento juvenil fundado por un militar inglés que algunos consideran poco más que una secta de vendegalletas y que acaba de cumplir hace poco 100 años. En 1973-74, cuando entré en ese grupo, me dí cuenta rápidamente de que lo que los scouts consideran su decálogo, la palabra y el honor, así como su método, se aplicaba no sólo entre esa comunidad sino fuera de ella de forma más consistente y contínua de lo que hacía la mayor parte de esa otra comunidad con la que los domingos iba a misa y luego salía de ella. Se vive, no se aprenden versículos para recitarlos: en los scouts no hay fariseos ni golpes de pecho, y no hace falta creer en dioses ni en premios ni castigos divinos sino en la propia integridad, conciencia, dignidad y confianza para ser buena persona. Y quienes enseñan escultismo lo practican. No se piden cuentas porque tienes que demostrar, aún sin llevar la pañoleta o el uniforme puestos, continuamente que lo eres. Quizá por eso, cuarenta años más tarde, aunque respete a los creyentes ya no soy católico –básicamente porque soy ateo- pero me sigo considerando scout.
Mis hermanos, varios de mis mejores amigos desde la infancia, mi pareja, mis cuñados, mi hija y muchos de sus amigos, incluyendo algunos jóvenes desinteresados con los que ahora aprende -que no son ni de lejos de mi generación- se instruyeron y se instruyen en un decálogo de escala humana centrado en la confianza, la lealtad, la utilidad, la igualdad, la cortesía, lo ecología, la disciplina, el ánimo, el ahorro y la limpieza. En una vocación más de vida diaria que trascendente la vocación de servicio y de honradez se entiende más importante que amar sobre todas las cosas a un dios intuido en otro nivel, y tu utilidad y proyección como ser humano es más importante que cómo te has casado, con quien te acuestas o de dar cuentas de tu arquitectura interior. Tu creencia es básicamente tu servicio, tu interés en superarte y tu relación desinteresada y de buena voluntad con el entorno.
A mí los scouts me enseñaron a dialogar, a contrastar, a no dejar los trabajos a medias, a escuchar, a plantearme objetivos y caminos sin rodeos ni entelequias, a aprovechar las cosas que sé hacer bien en favor propio y de los demás, a no discriminar por forma de pensar y, especialmente, a ser digno de confianza, el primer mandamiento de la ley scout en un mundo lleno de estafadores, timadores y personas que dicen una cosa y hacen otra. Haber aprendido desde niño los lemas “Haremos lo mejor” o “Siempre listos” indican una vocación de servicio que se ha perdido en otras comunidades teóricamente altruistas y ahora sólo pendientes de subvenciones, desgravaciones o prebendas.
Seguramente la mayor garantía de que lo que digo es que la mayor parte de los amigos que hice en los scouts lo siguen siendo. No quiero, por supuesto, despreciar ni desmerecer a otros colectivos pero hoy mando un apretón de mano izquierda –así se saludan los scouts- a quienes vivieron y aprendieron conmigo a ser, a vivir así. No se olvida. Y yo no puedo por menos que alegrarme.
Con Nixon –yo aún no había cumplido 10 años cuando el Watergate- descubrí que un presidente podía ser un corrupto y blanco de críticas incluso hasta para echarle. De hecho, nosotros teníamos entonces un dictador que, prácticamente, agonizaba y que en determinados círculos ya era pasto del humor negro más encarnizado de sus opositores. Pero precisamente desde su muerte, mucha gente empezó a valorar aquí a la clase política como si estuviera hecha de una pasta diferente, especial, preparada, abnegada o dialogante. Aunque Kissinger fuera en ese momento, de hecho, un pergeñador de golpes de estado que acabó con un premionóbel o el demócrata Carter viniera precedido de una fama de cultivador de cacahuetes, ser político parecía que imprimía un status especial. Es verdad que también Brezhnev era un cabrón sin paliativos, o Videla o Pinochet o Fidel o el mismo Mao-Tse-Tung, dependiendo para quien, pero por ser quienes eran parecían investidos de un poder de mando que si, en otros casos, ya venía avalado por las urnas, hacía al político poco menos que un elegido ya no del pueblo, sino del cielo.
En Europa, además, esos políticos parecían ser la crema de la democracia universal: socialdemócratas, laboristas, conservadores, democristianos, eurocomunistas. Los creadores del estado del bienestar: de Pompidou a Miterrand, de Wilson a Thatcher, de Adenauer a Kohl. Parecían un olimpo. Aquí se les trataba de imitar por la izquierda e, incluso, por la derecha. Sólo tras la desaparición de Pablo VI, la repentina muerte de su sucesor Juan Pablo I pudo hacer pensar por primera vez a algunos que hasta en los estamentos más asentados, espirituales y pulidos del poder, como el pontificio, podía haber movimientos subterráneos de fairplay dudoso. Pero claro: desde fuera, políticos como Somoza, la dinastía coreana, las Mariaestelas, el PRI, Sadam, Mubarak, los principes saudíes. Ferdinand Marcos, Gadafi o los Ceucescu nos inducían a creer –por comparación- que en Europa estábamos viviendo en una isla democrática privilegiada, gobernados por los mejores. A pesar de muertes como las de Aldo Moro o de Olof Palme, siempre creímos que aquí se había conseguido generar una casta de supergobernantes impolutos.
Con la llegada universal de los neocon –Reagan era un actor mediocre venido a más- vimos como aquella inglesa atiborrada de laca y dispuesta a acabar con lo público imponía una nueva – o quizá, al revés, vieja como cagar- forma populista de entender la política: reeditar la doctrina Monroe, “América para los americanos”, es decir, teñir de ultraconservadurismo la relación con los demás y proveerse de normas específicas para flotar a costa de quien fuera, sólo con la multiplicación desaforada del capital como única meta. Ahí, paralelamente al naufragio de la URSS de Gorbachov aparecieron delfines mediocres del método como los Bush, Aznar, Berlusconi o ese nuevo y amorfo partido popular europeo, emergente mientras naufragaba la socialdemocracia, presa de su propia autocomplacencia y repentina corrupción.
Y desde ese momento, todos liberales y mediocres. Sin un enemigo claro hasta que llegó Bin Laden –China era un enemigo excesivamente grande, Putin era demasiado parecido, Fidel era demasiado viejo y los jeques eran los dueños del petróleo- la clase política occidental se ensimismó en ese objetivo de rentar, ganar, multiplicar, rentabilizar y hacer dinero sin trabajo sólo a base de parquet, deuda soberana, prima, subasta y especulación financiera. Regalaron el sistema político. Vendieron lo que creían que era suyo –y era nuestro- por las patas.
Ahora recuerdo aquel presidente de aquí que hace ocho años, en el comienzo de su primera legislatura pillaron los micros abiertos reconociendo no tener ni zorra idea de economía. Una pillada pero, al fin y al cabo, como a todos: hasta como a esa alemana que ahora huye para delante pisoteando lo que haga falta o esta populista argentina que habla de la hidrocarburización, o ese hortera putero italiano al que le partieron los piños con una réplica de la catedral de Milán o los mafiosillos que se alternan la presidencia y la jefatura del gobierno ruso, o el nuevo lider de Corea del Norte al que tanto le gusta ir a Disneyland Tokio, o el bolivariano, o el pequeñajo casado con la Carla Bruni o los reyezuelos del Golfo que contratan misses europeas de compañía para pasearlas en limusina.
¿Son como nosotros?. No: quizá peor, porque desconocen la realidad. Responden sólo ante las demoscopias, la apertura de la bolsa y el usurero que les dio dinero a tan alto interés que ahora amenaza con arruinarles cada día. No: como nosotros no. Son mucho más avaros, más mezquinos, más egoístas, más tontos. Viven como si no supieran la que –por la historia que ellos mismos han hecho hasta ahora- se nos viene encima. Lo diferente respecto a los tiempos de Nixon es que ahora esa avalancha apocalíptica, que tanto nos hace desconfiar de ellos, se retransmite a diario, en directo.
Desde que comencé con el blog, todas las primaveras tengo un artículo de inflexión. Como empecé en verano de 2009, fue en 2010 que escribí “¿Es primavera o me estalla el tarro?” -Bárcenas, la menor asesina de Seseña, Matas, la guerra del Cabanyal, Aguirre destapando la Gürtel, la Pantoja y Franrrivera reconciliándose- y en 2011 “Y en primavera, a otros, les da por escribir poesía”. Debe ser que las eclosiones equinocciales no sólo pone, como este año, locuaces a los redactores de homiliías, expropiadoras de empresas de suministro a las presidentas australes y cazadores de mala pata a los monarcas y a sus nietos, sino que hace que algunas cosas -no solo la meteorología- empiecen a darse a la vuelta o, al menos a salir del letargo invernal.
Reinas a la carrera, socios de pufo de duque deslenguados, ministros que entienden la educación como un servicio o un suministro, otros ministros que para defender lo privado más que lo que hayan defendido nunca lo público amenazan con medidas casi-de-guerra que no concretan –creo que van a ser contra el aceite de soja-, militantes políticos que dicen al gobierno de su partido que hay que decir ya de una vez lo que se piensa, obispos que acusan a los gays de adoctrinar a la infancia, portadistas de prensa nacional que iban de proféticos y que han pegado un resbalón que ríase usted de las pieles de plátano de Charlot… Pero hay alguien que permanece impasible, ajeno, callado, por encima de la circunstancia.
Escondido, como siempre. Sabe –así medró hasta donde está- que el que no dice nada no se equivoca. Como un dontancredo. Parece que para éste la primavera ni brotes, ni verdes, ni nada.
Con los tiempos que corren y con la que está cayendo concretamente aquí y ahora, matar elefantes a 36.000 euros la pieza no es ejemplar. Especialmente siendo el presidente de honor de Adena España. E intentar justificar tu familia y los pegados -como ese imposible Don Álvaro- que cualquier niño de trece años ande trasteando con escopetas y se pegue tiros en el pie no es que no sea ejemplar: es que es vivir alejado de la realidad en la que viven quienes no están de Baqueira o Telluride a la moto de agua o a tomar el sol en pelotas en el yate fondeado en Cabrera.
Esposa, si tu marido se rompe una cadera en un viaje de placer y no estás a esperarle cuando vuelve no es que no sea ejemplar: es que dice bastante de cómo os lleváis en casa. Que, por otra parte, supongo que es -exclusivamente-cosa vuestra. Pero no lo es que todas estas cosas se conozcan por accidente más que por transparencia y resulte que mientras uno estaba cazando entre semana, la otra estaba de semana santa ortodoxa cuando vuestro sueldo y vuestras dietas salen de vuestros bolsillos. Supongo. Porque no tenéis sponsors privados aún, ¿no?.
Si Rajoy este mes o Zapatero aquel mes de navidad en que diste el discurso de la ejemplaridad –sin nombrar a tu yerno el negociante- se hubieran ido a cazar perdices, gamusinos, jirafas, osos pardos o pingüinos sin dar cuentas y sin saber con qué dinero o en qué compañías, hubiera sonado no sólo feo sino poco ejemplar y, evidentemente, nada transparente. Pero ellos dos -¡que vaya dos inútiles!- se someten a votación cada cuatro años y si lo hacen mal o creemos que puede haber otro que lo haga menos mal, pues les echamos. Y a tí no.
Si no te hubieras dado esa leche tonta a las cinco de la madrugada -¡de dónde vendrías a esas horas, a tus 75 años!- no nos habríamos enterado ni de que andabas haciendo el zascandil en África. Aquí paz y después gloria, incluso a 14 de abril. Pensaríamos que andabas despachando con Rajoy para ver si doblegabámos a la prima o haciendo relación diplomática con la Kirchner para que no se quedara YPF. Que, al parecer, es tu trabajo. Pero te hemos pillao como al que llega de curda a las tantas quitándose los zapatos para no despertar a nadie y tira el Lladró del salón y nos despierta a todos. Ya era difícil justificar que ni hubieras ido a ver esta semana al nieto travieso, ¿no?.
Oigo a cortesanos, que los hay, decir que si a tus 75 años te apetece darte el gusto de irte de caza –tu familia caza y folla desde hace tiempo inmemorial- que por qué vamos a quitarte el gusto, ahora que ya no esquías y que no haces regatas. Pues mira, porque –aunque muchos seamos republicanos de convicción- eres por ley nuestro símbolo, como si fueras nuestro himno o nuestra bandera : y aquí, aunque no lo sepáis con esa ridícula bajada de sueldo que os han pegado, hay mucha gente que no es que no cace porque estéticamente les repugna, sino porque en el día a día las están pasando putas. Y no pueden estar a pensar en cuanto les saldría abatir un elefante en sus ratos libres.
Ejemplar, la verdad,si quieres que te lo diga, pues es que no es.
Tennessee. 2012. Después de Cristo, que quede claro.
Ayer hizo cien años de la botadura del Titanic. Pero hace ya más de 170 que zarpó el Beagle con Darwin a bordo, y no se hundió. O eso creíamos. De repente , los congresistas republicanos por el estado de Tennessee nos hacen volver esta semana al diluvio con Noé y el arca como origen de las especies. Patada en el bebes al racionalismo y negación de la evolución en los libros de ciencia, que no ya en los de religión. Creacionismo en estado puro: Adán, Eva, la manzana, la serpiente, el cosmos en siete días y a la mierda el big bang.
Así que no sé para qué estudiamos los hadrones, el bosón de Higgs, la indeterminación: ni para qué tanto CERN y tanta I+D+I –en Alemania, me refiero, aquí se recortan los presupuestos para esos cometidos científicos y no precisamente para restaurar pasos de Salzillo, sino para pagar el sueldo y dar primetime en la pública a los sermones de Reig-. Claro que en un país en que se arroga para sí el nombre de la razón un periódico que sale cada mañana con esas portadas, pues a ver qué se puede esperar…
Nos quejamos de los integristas y nos asustan, eso sí, si imponen el hijab. Pero nos parece familiar y casi entrañable ver a la legión cantándole a un cristo yacente eso del novio de la muerte. ¡Algo tan alejado de la esperanza de vida de la palabra evangélica!. Para los que no creemos, es, por lo menos, chocante. Y, naturalmente, alarmante.
Está visto que la ola conservadora que se impone lleva consigo un reflujo que, como avanzaba antes, quiere llevarnos de vuelta prácticamente –como aquella palomita que llevaba en el pico la rama de olivo- a la cima del monte Ararat. En Estados Unidos, aquí, en los parlamentos de hermanos musulmanes, en las candidaturas mormonas, en la cienciologia de Tom Cruise y en los recientes discursos conciliadores y ecuménicos del papa Ratz.
Parece que, una vez más, volvemos a crear a dios a nuestra imagen y semejanza.
Lo malo de haber sido durante tanto tiempo un país donde los tenderos iban de empresarios, los bancarios de banqueros, los hijos de papá de emprendedores, los daosporbul de primeros actores o tertulianos intelectuales, los contables de manguito de brokers sólo por andar trasteando en esa blackberry como si les fuera la vida, los oficinistas de puente aéreo de altos ejecutivos, las putillas de medio pelo de acompañantes, escorts o misses, los fontaneros de ingenieros de obras hidráulicas, las peluqueras de estilistas que viajaban a las fashion week de Nueva York , los cotillas de tercera de asesores, los cocinillas de chefs y los camareros de alcaldes de Marbella es, básicamente, que al final se lo creyeron.
En ese tiempo hubo golf, cohíbas, lunas de miel en Seychelles o Mauricio, hipotecas a 150 años, restaurantes de guía Michelín, visaoros y visaplatinos, drogas de diseño, palco en el Bernabéu, quincenas en Sotogrande y el barco aparcado al lao del Aifos o el Bribón, como si todos nos hubiéramos casado con una infanta. O para los más horteras, destroyers y futboleros, fue como si tuvieras un reservado permanentemente esperándote en el Buddah, justo enfrente de donde paraban Beckham y Guti.
¿Qué te ponías malito o de parto?. A la Teknon o a la Ruber. O a Houston. Que no te vieran en la entrada de La Paz o el Gregorio, como un gitano. ¿Cole para los niños?. De corbatita y de falda tableada, ¡qué menos!. ¿Vacaciones? Más lejos que el vecino, y a un sitio con nombre más exótico. ¿Coche? 4X4 o descapotable, si es posible los dos y con plaza de garaje, en casa y en el trabajo. ¿Metro? Ni harto de whisky. Y si hablamos de whisky, claro, que fuera Chivas 15. ¿Lo público?: ¡puaj, caca!
Claro que esa emergente mayoría de engañados ni tenían fondo ni madera ni, en muchos casos, clase ni background ni intereses ni cultura ni ideología ni I+D. Ni excelencia, como dice ese concepto tan de “Madrid, la suma de todos”. Así que a la primera toba, iban a la mierda. Y así ha sido. Como en los parques temáticos, detrás de esas fachadas de cartón piedra de nuestra opulenta Main Street ni había casas decimonónicas ni palacios ni serrallos. Sólo cajeros automáticos ávidos de tu saldo y tiendas. Y resulta que ahora, aunque tuvieras a los niños en el cole concertado y llenar el depósito de tu tanque o tu Hummer te cueste 120 euros, eres un tio de barrio tan en paro como los otros, aunque hayas votado toda la vida religiosamente a la condesa. Así que, una vez traspasas la puerta de cartón piedra del paraíso en que creías vivir, sólo te van a inducir ya a que te gastes lo que ya no tienes o a que lo pierdas todo. Puro casino. Y por más que tuvieras sintonizada en la TDT a esos gurús de la apertura de la bolsa, te das cuenta –tarde- que ahora te comes una mierda y que los que se llevan el gato al agua de verdad son los de Lehman, la del euro y algunos duques. Vamos, los de siempre.
Doctrina del parque temático: a falta de verdaderos emprendedores, productores, ideas –que al final, no los hemos tenido nunca, porque los de verdad se iban espantados- pues vamos a vender el solar por las patas. Y a los lugareños, de braceros. De lo que se trata ahora es de convertir esto en lugar de veraneo del hooligan adolescente británico, el reposo del jubilado alemán, la casa de putas y el parque de atracciones -con casino del Adelson de o no- del continente. Igual que era la Cuba de Batista en los 50 para los EE.UU, pero organizado por Goldman, Draghi, Merkel & Guindos, y pagando en euros.
Lo que no me explico es cómo durante todos estos años te has creido que tú también eras dueño de este parque temático. ¡Si no lo es ni ése que has votado ahora para que mande y que ahora no se atreve ni a abrir la boca!
“These foolish things” es el título del libro en el que se basa la entrañable peli que he visto este fin de semana, una vez más –empieza a ser un tema recurrente en el cine y en los libros- basada en las andanzas, miedos, recuerdos, esperanzas y exiguas compensaciones que les devuelve la vida a los mayores después de haberles entregado ellos prácticamente todo a la vida. Todos los viejos, que ahora son arrugados, canosos, pesados, feotes, desdentados y la mayor parte de las veces un poco gruñones, han sido jóvenes también. Y muchos de ellos guapos, enamorados, con iniciativas, idealistas, emprendedores, currantes, ilusionados, ahorradores… Uno se empieza a hacer viejo cuando no entiende del todo o no le gusta el presente y cuando empieza a pensar que “cualquier tiempo pasado fue mejor” o que “esto en mis tiempos no se hacía”. En mayor o menor medida, siempre que alcancemos la edad suficiente, nos terminará pasando a todos.
Siete viejos ingleses –por agobio, rutina, viudez, falta de recursos o necesidad de cambio- resuelven ir a pasar su edad dorada a un hotel de la India –“como la Costa Brava, pero con elefantes”, llega a aventurar al comienzo uno de ellos- porque su jubilación en Inglaterra no les da para vivir digna o tranquilamente el final –el “ocaso”, dicen las agencias de seguros finas- que ellos hubieran merecido. Ya Carl Friedricksen, el viejito de “Up” también decidía desarraigar su casa de sus cimientos para volar al lugar en selvas lejanas con el que soñó con su Ellie desde que eran niños. Y por cojones. Es que si no, las constructoras se la hubieran echado abajo con fotos, cachivaches y recuerdos sin respeto ni piedad. Lejos quedan ya aquellas jubilaciones de casoplón en Florida de “las chicas de oro” con cenas en restaurantes con velas, descapotables y jardineros mazaos. Los viejos del siglo XXI ven que el trabajo de su vida se lo han comido las primas, las burbujas inmobiliarias, el IBEX , especuladores o algún político neoliberal que invirtió su cotización de cada mes en negocios de altisima rentabilidad y riesgo por lo que ahora no tiene con qué devolvérsela. Échale un galgo al político, pero el viejo sigue ahí.
Me ha encantado ver a Maggie Smith, a Judi Dench, a Wilkinson, a Nighy en una película de arrugas, sillas de ruedas y reúmas llena de vida, de proyectos y de esperanzas. Como me gustaron la Davis y Lilian Gish en “Las ballenas de agosto” . O como veíamos que en “Tomates Verdes Fritos” Jessica Tandy había sido de joven una briosa Ninny con la cara de Mary Stuart Masterson. O ver a la misma Tandy en “Miss Daisy” o “Cocoon”, o a Katherine Hepburn y Henry Fonda en el estanque dorado. Esas pelis de viejos me dan marcha. Y más ante el futuro que les hacen plantearse los gobiernos neoliberales. Antes que terminar como el jubilado desesperado que se pegó un tiro en la plaza Syntagma, creo que los viejos en Europa y en muchos más sitios van a tener mucho, mucho que decir. Y que decidir.
Como decían en la peli de ayer: “Estará terminado al final. Y si no está terminado, es que no ha llegado el final”. Esa es la idea.
Lunes santo. La gasolina a 1,60. No es coincidencia. En todas las gasolineras. Con lluvia y con libre competencia.
Vas a un banco a ingresar en una cuenta trescientos euros en efectivo: para un cliente con cuenta en ese banco y en esa sucursal. Sacas la pasta y pagas en ventanilla. Pues te cobran dos euros por hacer el ingreso. Eso no es un servicio, es poco menos que un robo. Vamos más allá: vas a la oficina de una empresa de esas que te cobra todos los meses servicios como la luz, el agua, el gas, el teléfono, el móvil y dices que quieres pagar en ventanilla el importe en efectivo. ¡Ah, eso es imposible, señor: tiene que pagarlo por domiciliación bancaria!. ¡Ah, coño!, dando dinero a mi banco para que le dé mi dinero a usted. Vaya pájaros. Negociete fijo.
Estos mismos pájaros son los que este mes suben el suministro un 7% después de haberlos subido otro 7% cuando se les petó la última vez y la penúltima y la anterior. Y aún dicen que son servicios de suministro básico deficitario y que necesitan que les desgraven y que les den prebendas fiscales. Tócate. Los mismos que contratan a la Salgado o a Aznar o a Felipe para sus consejos de administración a millón el minuto de no hacer nada. Empresas que fueron públicas y que hoy, siendo privadas, prejubilan a sus cincuentones con el dinero de todos, dando beneficios. No me extraña que Rato dejara el FMI para ponerse a currar en esa caja de ahorros o lo que sea ahora que, por otra parte, parece que necesita que le den dinero por todos lados porque si no, no aguanta. El nuestro y otra vez el nuestro que pide el gobierno para él al banco europeo en préstamos al 1% para que él se lo preste al gobierno o a nosotros al 5%. Negociete guapo, movimiento liberal de capital, sí. Dinero, por cierto, que como el que tiene en las cuentas, también es nuestro. Salido de nuestros impuestos, de nuestra red pública.
Hacerse el carnet de identidad –un tramite obligatorio- cuesta dinero, de la misma forma que cuando se compran determinados impresos para hacer declaraciones a Hacienda hay que pagar -¡ahí lo pone!- un timbre para el colegio de huérfanos de Hacienda. ¡Anda!. ¿Y la aportación para los huérfanos de la sanidad, y de la educación y de los ferroviarios, y el de las trabajadoras del sexo?. Creía que la caridad estatal había desaparecido porque el sistema protege a todos los huérfanos, pero lo que no me puedo hacer idea es que haya unos huérfanos con prebendas. Aunque, la verdad, lo que no me creo es que lo que sacan del impreso sea para ellos. Como tampoco me creo que el Ministerio de Sanidad se crea que el tabaco mata cuando se lleva en impuestos casi las tres cuartas partes del precio de cada cigarro: quince de veinte centimos mínimo, es decir unos cinco duretes limpios por cigarro.
Me sorprende que este sistema tan esquimador con IBIs, ITVs o ITEs sea capaz de perdonarle el impuesto de bienes inmuebles al mayor terrateniente de aquí: ese que lleva mitra y palio al que dios le manda lluvias cada Semana Santa; que cobre las multas recurridas por adelantado y con recargo, o que de buenas a primeras decida amnistiar fiscalmente a los mayores -¡presuntos!- ladrones del país, para los que por cierto la mayor parte de los –presuntos- delitos económicos que cometieron mientras ostentaban el poder –político o no- han prescrito. Para que aflore el dinero negro dice el Estado, con todo el papazo. Y se lo creerá.
No me puedo creer que se sigan dando conciertos a lo concertado si no hay dinero para sufragar lo público. No me puedo creer que me cobren por mantener una tarjeta de crédito que sólo me sirve para pagar con un dinero del que no dispone el banco. No me puedo creer que cada época de vacaciones, el Brent decida subirse el precio caiga la Pascua y la pasión en la fecha que caiga.
Pero entiendo perfectamente por qué todos los ex presidentes del gobierno y ex ministros de economía tienen, como si fueran duques, sentados sus santos culos en los sillones de los consejos de administración en lo que se los han sentado. Vaya que sí.
La huelga no crea trabajo.
¡Qué obviedad!.
Anda, ni el gobierno tampoco. Ni este, ni el anterior.
Mañana supongo que el pais se detendrá en una huelga general: entre quienes ya no trabajaban con anterioridad, quienes están hartos de que les resten derechos, quienes tienen miedo de los piquetes violentos, quienes pueden permitirse elegir no ir, quienes quieren decir al antes callado Rajoy que le votaron pero ya se han dado cuenta de que mentía en lo poco que decía, y esos que son sindicalistas, liberados, jipis, perroflautas, antisistema y todos esos adjetivos que usan los neoliberales para calificar a quienes no le siguen el rollo, intuyo que el seguimiento va a ser masivo aunque también anticipo que el gobierno y sus medios de comunicación afines dirán que fue residual en prácticamente todos los campos laborales. Bola de cristal que tengo.
A lo que se agarra el gobierno es a que la reforma laboral es necesaria, y seguramente lo es para la CEOE, los bancos y la Merkel, pero no es necesaria, como repiten en plan salmodia, para generar empleo. Más bien desde que ha entrado en vigor, destruye más: el fijo, el arraigado, el consolidado y lo sustituye por un empleo de mierda, cuando lo hace.
¡Claro que hacer huelga no crea trabajo!. Pero defiende la calidad del que hay. El trabajo lo crea la productividad, los emprendedores, los empresarios con ideas, ganas y voluntad más allá de seguir ganando a costa de, no con, sus currantes. Esta reforma no ha creado hasta ahora ningún nuevo empleo, que yo conozca. Hace unos días un periodista reputado hacía ver que -¡perogrullo!- no son los sindicatos ni los asalariados quienes han de crear empleo, sino las empresas –que no la adocenada patronal, tan abrevada políticamente, al menos, como los sindicatos que ellos denostan- los autónomos y los emprendedores. Pero para que la contratación a partir de ahora no sea esclavista, medieval o de galeras hay que utilizar los medios que tradicionalmente se han puesto en manos de los trabajadores para reivindicar la dignidad de su trabajo. Por tanto ¡no demonicen el método, señores ministros de economía y hacienda!
Ir a la huelga contra esta reforma patatera no es antipatriótico, sino lógico, y mucho más cuando ustedes en la oposición juraban y perjuraban que nunca tomarían las decisiones que han puesto ahora en negro sobre blanco con esta ley. Esta huelga va contra la reforma, pero no duden que llegarán en breve otras protestas, ya directamente contra ustedes, porque en menos de 100 días incluso quienes les votaron dándoles un cheque en blanco les han pìllado con el carrito del helado en mentiras, y muy gordas.
Y si no, fíjense cómo han reaccionado antes de ayer los andaluces y los asturianos. Ya sé que no se fian de los otros, esos dontancredos de los últimos ocho años, tampoco. Y se abstienen como nunca, lo que va a significar que ya no hay dos, sino tres españas: esa última –creciente- a quienes ninguna de las otras dos le hiela el corazón. Pero quienes mañana pararán saben que ustedes han mentido y mienten, casi sin solución de continuidad, sin que se les mueva un pelo. Tengan las narices de echar la culpa de la crisis a quien la tiene.Y eso, aunque la huelga no cree trabajo –ustedes, gobernando, tampoco- es motivo para echárselo en cara. Y decirles que por ahí no se pasa.
Hace tiempo escribí sobre Patti Smith y Mapplethorpe. Finales de los sesenta, principios de los setenta: Crumb, Bukowski, Burroughs, Zappa, Shelton, Kenneth Anger, Castaneda, la Velvet, John Waters, Ginsberg, John Cale, Paul Morrissey, Iggy, Corben… Un movimiento de contraculturales, jipis, descontentos, pacifistas, peleones, experimentadores que, finalmente fueron muertos o fagocitados por la industria salvo en muy escasas excepciones.
Aquí, algo más tarde, ya mediados los 70, la gauche divine, el hermano Lobo, el “rrollo”, el Star y el Ajoblanco de Pepe Ribas, la Purita Bragadejierro y el San Reprimonio de Nazario, el Mariscal de los garrirris, el Papus, la familia Panero, los primeros flowerpower de comunas ibicencas, el Slober de Ceesepe, las películas iniciales de Almodóvar, la Cascorro Factory, el Zurdo, Haro Ibars, la linea chunga, heredaron antes de que se instaurara la movida esas hechuras a veces jipis, a veces de formas cultas, a veces aceleradas y de estética y estilo que, entonces, se podían calificar de underground.
Los grandes almacenes, las radiofórmulas, las editoriales convencionales, la moda vieron pronto el filón que podía suponer una estética tan novedosa. El Corte Inglés democratizaba para todos la moda ad lib y las flores en el pelo, las discográficas vivieron una edad de oro, el cómic y el fanzine florecieron. En cuanto se convirtieron en carne de escaparate o de cine Alphaville, los underground perdieron la esencia, igual que cuando Andy Warhol decidió comercializar las litografías de la sopa Campbell para convertirse decididamente en icono pop. Alaska, Lichenstein, el Mariscal de Cobi, los dibujantes que llevaban sus litografías a Arco, Ouka Lele, Agatha Ruiz de la Prada, el Bowie preochentero eran frescos, divertidos, naturales pero ya no exactamente underground. Y generaron royalties. A fines de los setenta, se generó una seria y griega de estéticas de la que partió por un lado el punk, suciote y barriobajero y el decadentismo ochentero lleno de glam, chorreras, ojeras, tupés, cajas de ritmos y línea clara. Luego, en los noventa, toda estética undergound –incluso la ética, en épocas de pelotazo, neoliberalismo, lofts y corte sobrio de vestido- despareció.
Muchos se perdieron en el camino. Ahí en la foto, Vaughn Bodé: un dibujante de comic, músico y fotógrafo de la quinta de Crumb y Spiegelman que se asfixió en un ritual sexual. Beausoleil, Haro, Nico…, hay decenas de nombres. Pero no hacía falta llegar a tanto. Lo underground dejó de estar de moda y parecía irrecuperable. Todo el mundo quería integrarse, medrar, ganar y comprarse un piso, preferentemente un dúplex. Los nuevos héroes monstruosos eran de los Easton Ellis, de Palahniuk, de Loriga, de Gaiman, mucho más frios y elegantes como si fueran un Batman de Christopher Nolan o un héroe atormentado crepuscular con casoplón en el bosque a las afueras de Seattle, un vampiro de True Blood o un muñeco de Tim Burton.
Hace un mes, Loewe podía haber hecho lo de las asambleas de corrala de Movistar. Porque ahora tenemos otra vez jipis, indignados, estética asamblearia y de mercado medieval, perroflautas a la vista, además vivos y coleando, no en vallas publicitarias. Se reúnen en la calle y en la hierba, se rebelan, llevan pancartas, piercings y rastas, pero además arrastran en sus ideas a jubilados, señoras con el carro de la compra, currantes de obra, becarios y ejecutivos de cartera. Y son muchos. Son además, originales: no se parecen a los jipis de Hair ni a Alice Cooper ni a la moda de la princesa Smilja. Son mucho más urbanos, preparados, pegados a la realidad y –mientras les dejen, que les van ahogando- con muchos más complementos.
De ahí que no me explique para nada esa campaña elitista de Loewe, por muy de diseño y exclusiva que quiera parecer. Llevar a su campaña jóvenes pijos autistas aislados de la realidad social es no sólo conservador, sino absurdo. Naturalmente, quien tenga posibles para un bolso de esa marca no va a ser, de primeras, una de las acampadas del 15-M de la Puerta del Sol, pero lo que no me explico, al final, es con esa imagen de marca, quién es su verdadero público.
¿Me estaré volviendo underground, con los años que tengo?
El equinoccio. La entrada de la primavera y el otoño. Como los cumpleaños de cifras redondas, esas que acaban en cero. Anuncian cambios, provocan ensoñaciones, alteran los estados y menean los biorritmos. Es como agitar, de repente, una caja llena de canicas que llevaba mucho tiempo quieta. Suenan y se descolocan.
Quería hablar hoy de cosas variadas que confluyen al final. Pero empiezo muy al principio: cuando era aún menor tenía un amigo cuya familia evitaba la palabra con que la que habían diagnosticado que creo que le hacía hacer visitas regulares al médico y tomar pastillas. Diagnóstico que tiene que ver con esos resortes que llevamos dentro de la cabeza y que, en su caso, aun siendo brillante y políglota, a veces le hacía entrar en estados de ausencia, tristeza y, según dicen, violencia. Por respeto a lo que recuerdo de él, la voy a repetir: esquizofrenia.
A mí, cuando era más pequeño, como leía de corrido desde pequeñín, me pusieron delante de una batería de manchas, palabrejas, cuentas y asociaciones para determinar si me podían echar un curso más arriba. Y me subieron, por lo que, al final, casi toda la vida escolar fui el pequeño de la clase. Mis padres nunca me contaron el resultado de aquellas pruebas, pero creo que era un número. Años más tarde, en el instituto, uno de los profes de filosofía –recuerdo tres: la que decía que dios no existía pero que si existiera sería el cristiano, que era el único verdadero; el que el día de explicar Kant nos dijo que para hablar de algún Emmanuel prefería con mucho contarnos la peli de Sylvia Krystel, y el que nos introdujo en el juego de la lógica de Lewis Carroll y nos enseñó silogismos con palabrejas como barbara, celarent, darii y ferio. De éste último hablo- dijo que nos iba a hacer tests de CI, de Rorschach, de carácter y de inteligencia emocional. Yo recuerdo que salía colérico tirando a sanguíneo. En el test de la forma de hipotéticos cuadros psíquicos que podían atacarnos según enfrentáramos la vida podíamos salir de tipo esquizo, psicótico, paranoide o maniaco-depresivo. Aquí yo sobresalía un poco en esta última tendencia. En fín, hicimos muchas pruebas y al final nos dieron otro número. El mío –dicen- era muy bueno.
Pero, como dije el día que hablé de las presuntas superdotaciones y del llamado bachillerato de excelencia, lo de medir la inteligencia por un número es una simpleza, como considerar que los más capaces son quienes mejores nota sacan o que es mejor amante quien la tiene más larga. Es, más que nada, una cuestión de estética social. Los tests de CI, la verdad, me sirvieron luego para conocer de antemano el truco y conseguir mi primera beca años después moviendo imaginariamente piezas en el aire para decir cuál era su reflejo, siguiendo series de números o deduciendo qué palabra sobraba de una lista. Pura mecánica. Eso no me hacía, ni mucho menos, más feliz ni me hacía sentir más nada que otros. De hecho, ya había visitado al psicólogo una vez antes y otra, poco después de cumplir los 20 años.
Depresión. La primera –causa exógena, por suerte- la pasé entonces. Ya sabía de antes que quien padece depresión –incluso había una familia conocida casi entera que la padecía- no puede ni moverse ni levantarse, llora por todo, no tiene ganas de nada de nada, no responde a ningún tipo de estímulo y lo que querría es no estar. Pese a que hoy no creo en dios, lo cierto es que aquel primer bache lo superé con un sacerdote voluntarioso, fe, ánimo y buenos consejos. Pero una depresión no es una depre de esas que se presentan por una mala racha: no se la deseo ni a mi peor enemigo. Sólo recuerdo la sensación permanente de querer morirse.
Años más tarde, un empresario con pocos escrúpulos que quería liquidar la empresa en la que trabajaba empezó a hacerme mobbing: contar ahora las técnicas que usaba después de aislarme y echar de la empresa a las personas que más quería parecería una simpleza. Sólo recuerdo que entonces era una pesadilla y un mar de lágrimas despertarse. Había temblores, sudores fríos, inseguridad, introversión, gritos y deseos de estar sólo y a oscuras. El infierno. Con ayuda de una excepcional psicóloga y mandando –el remedio era fácil- a tomar por culo aquel trabajo superé mi segunda –y hasta hoy, última- depresión exógena.
Sé, porque me gusta, lo que puede pasar por la cabeza de esos héroes atormentados de las películas de Herzog: desde la aventura equinoccial de Lope de Aguirre a la megalomanía de construir una ópera en la selva de Manaos, del la forma de descubrir un nuevo mundo del niño salvaje Kaspar Hauser al síndrome de wendigo que padecía aquel grizzly man que al final fue devorado por sus “amigos”, los osos. Lo que albergamos en el cráneo, las turbinas, engranajes, tilts y game overs que pueden accionarse o desencadenarse dependen mucho de los que somos, pero también del entorno: de los cambios de estación, de las compañías, de la edad, de las expectativas y de quienes tratan de quebrarnos, a veces aún no conscientemente aunque muchas veces con deliberación o alevosía.
Tengo ahora un apreciado conocido que padece bipolaridad, eso que antes se daba en llamar una personalidad maniaco-depresiva. Es inteligente, culto, brillante, vehemente y -estimo que- básicamente una muy buena persona. Escribe como un santo, por eso transmite tan bien lo profunda, lacerante y omnímoda que puede ser su dolencia cuando le ataca. Y por eso hoy escribo sobre estas cosas que albergamos dentro; esas que antes, cuando no se entendían, hacían que los de fuera te calificaran con el vago e injusto calificativo de loco. Ahora empieza la primavera y está atravesando una de sus temporadas en el infierno. Sólo con letras, como con sólo pastillas, la verdad es que se puede arreglar bastante poco. Pero si esto contribuye algo – y tú sabes quien eres-, ¡animo, tío!.
Es muy jodido, pero tienes que salir –una vez más- de ese pozo.
Si Daoíz, Velarde, Manuelita Malasaña –los indignados de la época- y los de la carga de los mamelucos levantaran la cabeza y vieran que Pepe Botella ya no está en Madrid pero está Ana Botella con sus peras y manzanas, uf... No sé, la verdad, qué hubiera pasado si Bonaparte hubiera seguido después de 1812 aquí: igual estábamos todos ahora chamullando franchute y divagando esta semana entre si votábamos ahora a Sarkozy, a Hollande o a la Le Pen. Europeos de abolengo. Y -claro- sin haber pasado por el séptimo ni por Amadeo ni Isabel II ni el himno de Riego ni los carlistas ni los restaurados ni la tricolor ni la cruzada ni el caudillo ni las autonomías ni la transición ni Juanito. Ni la Pepa.
Pero fue que no. Cuatro años después de estos, que pusieron nombres a las calles de nuestro barrio de copas, en el 12 vinieron aquellos vivas a la Pepa aunque, sólo un poquitín más tarde, los sustituyeran los gritos de viva las caenas para recibir a aquel otro Borbón –Fernando VII, el deseado- que había salido previamente por patas para vivir como un rey por Bayona mientras aquí se andaba a tiros con los allorsenfantsdelapatrie. Pues así seguimos aún: a flujos y reflujos. La Pepa me parece una constitución de las muy antiguas, de cuando había que convocar a Cádiz a los diputados de ultramar que ya estaban deseando salir corriendo de esto, una constitución prácticamente de posguerra y de libertades estrenadas porque el patrón se había ido corriendo. Y por otra parte, algo inédito. Pero prácticamente sin usar. De 1812, anda que no ha llovido.
Ahora ya, ni llueve. Ni hay indignados. Sigue habiendo un Borbón pero no deseado sino campechano, con yernos plebeyos pero duques y también cortijeros como aquellos del siglo diecinueve. Y tenemos una constitución muy querida y muy respetada por todos, tanto que no se puede tocar a menos que lo mande la Merkel o el FMI y entonces se hace en dos patadas, sin consulta.
Cuando yo estudiaba, la Pepa era una constitución que caía bien y parece que sigue cayendo, porque aquí se la celebra como un triunfo de la democracia: con alharacas, cáterings caros y actos oficiales, de esos de los que se hace hasta logotipo. Le llaman constitución liberal –¡qué polifónico y versátil es el adjetivo!-, exacto exacto a como se autodenomina ahora la presidenta de la Comunidad de Madrid. Pero en realidad la Pepa duró en activo bien poquito: dos años, luego los tres del trienio liberal y al final, un ratillo antes de poner en vigor la de 1837. Es decir, que a los de Cádiz les salió niquelada, pero se quedó como el libro de instrucciones del iPad o del homecinema, que se olvida en la caja sin leer y hasta a veces junto con la garantía sin sellar.
Que para llegar hasta aquí nos hizo falta una primera constitución, no lo dudo. Que por primera vez se reconocía que el pueblo es soberano, que los señoríos quedaban abolidos y que los poderes están separados, quedaba superguai y moderno, pero en 200 años parece que algunos aún no se han enterado. En tiempos de la pepa, la mujer aún era como un animal de compañía, porque no se contemplaba ni remotamente que tuviera derechos –ya no de voto, ¡impensable!- parecidos a los de los hombres y, evidentemente, esto de aquí no podía ser otra cosa que un país confesional católico. Para algunos, ¿ves? sí que sigue vigente la Pepa para eso. Como si hubiera regido sin parar doscientos años del tirón.
Está bien mirar atrás. Para no repetir. Pero ahora es que toca mirar hacia delante. Así que bueno. Eso. Como dicen todos –algunos más que otros, y parece que se lo toman al pie de la letra-: “¡Viva la Pepa!” que, desgraciadamente, para muchos ha quedado básicamente para los anales como un sinónimo de “ahí me las den todas” o de que“todo el monte es orégano”. Yo lo decía en el otro sentido, precisamente en aquel que se oponía al “vivan las caenas”, pero sé que no todo el mundo se toma igual lo de "viva la pepa" y eso de oponerlo a lo de las caenas les parece de perroflautas, antisistema e incluso antipatriótico. Igual, igual que pensó aquel Fernando, el séptimo.
Ya. De primeras sé que Roy Batty no era humano. Hablaba desde fuera a nuestra especie.
Eso ya lo he visto desde pequeño. En las fábulas de Esopo, Lafontaine o Samaniego eran los animales quienes sentaban cátedra sobre sentimientos, aspiraciones, insidias, debilidades o contradicciones humanas. Nuestros dioses –de hecho- son de todo menos humanos y dictan sin azar ni problemas ley de comportamiento siendo –como son- energía, espuma del mar, zarzas, ibis, tonantes Júpiter o Zeus olímpicos, serpientes emplumadas o del arco iris sobre esos parámetros éticos por los que debe transitar nuestra existencia humana. En las parábolas bíblicas, coránicas o budistas son mutantes extraordinarios, coadyuvantes de la divinidad o fuerzas naturales o sobrenaturales como los diluvios, los cuatro jinetes, los transmutadores de agua en vino, los arcángeles, los escalones del karma o los avatares de dios quienes dictan cuándo como y qué debemos comer, pensar, creer, ayunar o esperar nuestra especie, aparentemente elegida.
De ahí que a mí el mensaje de Batty -con ser un replicante, un robot, una supermáquina ideada por el propio hombre a su imagen y semejanza- me dé, al menos, tanto que pensar como idea de la creación en siete días, la destrucción de Sodoma, la fábula de la zorra y las uvas, la parábola del hijo pródigo o las revelaciones de Gabriel a Mahoma durante la Hégira. Roy Batty, como Frankenstein, es el experimento del hombre tratando de emular a dios con Prometeo y Pandora, con Adán y Eva, con Izanagi e Izanami. Se supone que la acción transcurre en 2019 –en el libro, en 1992-, en la ciudad de Los Angeles –en la novela de Philip K. Dick, en San Francisco-. El texto original es de 1968 y la película- de culto- cumple hoy 30 años. Dick Deckard, el policía de profesión blade runner , cazador de los perfectos androides Nexus 6 que se debate en su íntima crisis interior sobre si él mismo es un replicante, o el mismísimo creador, el doctor Eldon Tyrrell, son meros secundarios frente a Batty, el “hijo elegido” perfecto y experimentado en visiones y misiones del mundo que van más allá de la puerta de Tannhäuser, que mata al padre ante la deseperación de estar abocado a una vida de cuatro años con recuerdos implantados, a pesar de que su experiencia vital haya sido más plena e intensa que cualquiera de las de los seres humanos que viven en los estratos de la ciudad sobre la que siempre cae lluvia radiactiva.
Los 30 años de le película “Blade Runner” son –perdónenme los puristas de fe y dioses únivocos o infalibles- la conmemoración del aniversario de una fábula que entronca muy de cerca con la sociedad actual. Por más que pertenezca a ese género, para muchos menor, de la ciencia ficción –en cualquier religión la razón científica enlaza también remotamente con la ficción-, la pesadilla y la rebelión de Batty se me antoja mucho más viva, real y actual que la conversión de la mujer de Lot en estatua de sal o que las concepciones inmaculadas. El discurso de amor y deseo de pertenencia de Batty a la humanidad al desconectarse llorando bajo la lluvia es, para mí, incluso después de saber que como replicante ha cometido las más espantosas atrocidades dentro y fuera del guión de la película, un mensaje claro: incluso los seres más extraordinarios habrían dado cualquier cosa por sentir, en un mínimo instante o faceta de sus vidas, la posibilidad de ser, como nosotros, humanos. Incluso en nuestra religión más cercana y familiar, dios decidió hacerse carne, hombre por un tiempo.
A quien entienda que aún no ha visto Blade Runner porque es otra película de naves espaciales, ciudades caóticas, neones de anuncios, seudofilosofía futurista o ciencia ficción, se la recomiendo vivamente. Y… felicidades, señor Dick. Felicidades, señor Scott. Felicidades, señor Batty.
"Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, despiezar un cerdo, ensamblar una barca, diseñar un edificio, escribir un soneto, hacer un balance, levantar una pared, expresarse en otro idioma, remendar un hueso roto, confortar a un moribundo, obedecer órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar en solitario, resolver ecuaciones, analizar un nuevo problema, esparcir estiercol, manejar un ordenador, cocinar una comida sabrosa, sufrir con entereza, luchar eficientemente. La especialización es para los insectos."
- ("Tiempo para amar".-Robert A. Heinlein. 1973)
(I)-"Dime ya, espejo:
¿qué estás viendo en tu luna?"
-"Yo... no te engaño"
(29.1.12)
(II).-Cuando se empeñan
los de toda la vida,
las cuentas salen.
(30.1.12)
(III).-Casi me olvido:
prometí moderarme
y he vuelto a hacerlo
(31.1.12)
(IV).-Tres cosas hay:
salud, dinero, amor
pero...¿lo es todo?
(1.2.12)
(V).-"Inevitable",
parece que decirlo
lo justifica.
(2.2.12)
(VI).-Fechas heladas.
Hoy, tengo bajo cero
la expectativa...
(3.2.12)
(VII).-Quien es brillante
corre el riesgo de ser
sólo bombilla.
(4.2.12)
(VIII).-Deborah Kerr
bailando con Yul Brynner
el "Shall we dance?"...
(5.2.12)
(IX).-Lluvia fugaz...,
charco pequeño, espejo
del empedrado
(6.2.2012)
(X).-Un matrimonio
es más que emparejar
peras, manzanas...
(7.2.12)
(XI) Cuando se miente
hay que tener el temple
de atar los cabos.
(8.2.12)
(XII).-¿Asustar con el
pecado original?,
¡desde el colegio!
(9.2.12)
(XIII).-De madrugada,
al notarla tan cerca
se sintió entero
(10.2.12)
(XIV).-Y ser amable,
mesurado, un amor...
¡no cuesta un huevo!
(11.2.12)
(XV).-El fuego es fuego:
no purifica siempre
pero sí quema
(12.2.12)
(XVI).-El héroe cruza
con Escila y Caribdis
aún vigilándole...
(13.2.12)
(XVII).-Patria de besos;
aquella a la que vuelves
incluso a ciegas
(14.2.12)
(XVIII).-Llegó, esperó...
Y al fin, el desencanto
se abrió camino.
(15.2.12)
(XIX).-La fe enaltece
al creyente, corrompe
a sus intérpretes.
(16.2.12)
(XX).-Al despertar,
ya se había marchado
el dinosaurio.
(17.2.12)
(XXI).-Si la princesa
quiere vida normal
que suelte el cetro
(18.2.12)
(XXII).-"¿Por qué no callas?"
-"Teniendo qué decir
mejor decirlo."
(19.2.12)
(XXIII).- Era de Acuario:
supuse que era más
que ser un pez.
(20.2.12)
(XXIV).-¡Compartimentos!:
¡aislándolos consigues
que no se entiendan!
(21.2.12)
(XXV).-¿Más titulares?.
Hay días que apetece
sólo poesía...
(22.2.12)
(XXVI).-Siempre que escucho
veintitres de febrero
vuelvo a aquel día...
(23.2.12)
(XXVII).-¿Igual...?. Al fin
las palabras son aire.
La tinta queda.
(24.2.12)
(XXVIIII).-La primavera
al final, pese a todo
llegó puntual.
(25.2.12)
(XXIX).-Ascensos, vuelos
sin levantar los pies
del santo suelo.
(26.2.12)
(XXX).-Bergamota, ámbar
mirra, almizcle, coriandro,
pachuli... Efluvios.
(27.2.12)
(XXXI).-Biorritmo cruel,
que unos días te exalta
y otros te ahoga.
(28.2.12)
(XXXII).-Tiempo bisiesto:
el día regalado
se gasta igual
(29.2.12)
(XXXIII).-Nunca rebatas
la impertinencia innata
del ignorante
(1.3.12)
(XXXIV).-El sombrerero
y la liebre marceña
piden más té.
(2.3.12)
(XXXV).-Conciencia. Es
tan irritante y rítmica
como un tambor.
(3.3.12)
(XXXVI).-Absurdas sílabas.
Si, re, sol, fa, do, la, mi:
encierran música.
(4.3.12)
(XXXVII).- "¿Nada, Adán?"
-hoy, juego de palíndromos-
-"Se ve revés"
(5.3.12)
(XXXVIII).-Zumba la abeja.
Vespertina pereza,
esquila y mieses.
(6.3.12)
(XXXIX).-Es como tierra
que genera, da, ama:
no la desprecies.
(7.3.12)
(XL).-Exploro el mar:
un ábaco y un rifle
en cada orilla.
(8.3.12)
(XLI).-Olvidar borra
algo la realidad,
mas no la mata
(9.3.12)
(XLII).-Windsor-Smith, Corben,
Giraud, Bilal, Manara,
Wrightson, Pratt..., ¡gracias!
(10.3.12)
(XLIII).-Viaje en el tiempo,
música reencarnada
y retrocedes.
(11.3.12)
(XLIV).-Si un hombre llora
indica que su alma
no está oxidada.
(12.3.12)
(XLV).-Superstición,
la de quien cree estar vivo
habiendo muerto.
(13.3.12)
(XLVI).-Hacer negocio
de la necesidad
es medieval.
(14.3.12)
(XLVII).-Pare. Examine
sus constantes vitales,
a ver si están.
(15.3.12)
(XLVIII).- “y… ¿qué se lleva?”
-“Ponga cuatro docenas
y voy servido.”
(16.3.12)
Uno a veces se pregunta si es excesivamente pragmático y utilitarista o, por el contrario, ha desaprovechado las oportunidades de la vida. Cuando haces balances y echas la vista atrás, dicen que es de soberbios y estúpidos no arrepentirse de nada pero, lo cierto, es que compadezco a aquellos que se están quejando siempre de lo que dejaron de hacer, del cruce de caminos en el que tomaron una dirección equivocada, de los errores cometidos o de sus decisiones poco o nada acertadas. Si observo –ahora que estoy en capilla de un nuevo cumpleaños, fechas que parecen marcar pequeños puntos de inflexión- por dónde, con quién y hacia dónde ha derivado mi vida, naturalmente que hay cosas dolorosas, imperfectas, deficientemente hechas o mal decididas pero llegar hasta aquí ha sido básicamente más feliz que otra cosa.
Y no es que sea conformista. Ni que me encante todo lo que me rodea. He empezado a reflexionar qué esperaba yo de la vida cuando era pequeño. Me gustaba inventar, leer, descubrir. Pero a diferencia de los otros niños de clase que decían que serían de mayores futbolistas, astronautas, actores, bomberos, científicos o herederos del negocio o de la profesión de su padre, recuerdo vívidamente que cuando era muy chavalín, lo que me parecía verdaderamente molón –quizá porque ya desde entonces sabía que era prácticamente inaccesible- era ser negro. No mayor, ni rico, ni mujer -que entonces no lo era y, en algunos casos, también sabía que era altamente improbable que llegara a serlo- sino negro. Hace poco hice este comentario entre algunos amigos de aquella clase de primaria y salió –claro- el consabido chiste sobre la presunta envidia relativa al supuesto hiperdesarrollo genital de la raza. Y qué va: nada más lejos. Ni de niño pensaba en eso ni ando con excesivos complejos de tamaño. Se trataba más bien de una admiración por lo abiertamente diferente, por el exotismo de ser minoría, por su rasgo completamente original dentro de la masa general, por su huida de la uniformidad.
Es verdad que la mayor parte de los negros que conocíamos entonces eran fundamentalmente iconos fílmicos, artísticos o deportivos. Que corrían veloces, que cantaban como los ángeles, que jugaban al basket. Había algún niño y niña negros en el cole, y eso en un tiempo en que era más raro que ahora. Su diferencia de color de piel siempre me despertó un rasgo de curiosidad simpática más que de rechazo –los niños son extrañamente primigenios en sus gustos y ascos-, e incluso me despertaba internamente un íntimo elogio absurdo de la diferencia. A medida que fui creciendo me dí cuenta que los negros, como las chicas, como otros colectivos diferentes o minoritarios podían llegar a ser considerados por el grupo “el enemigo”. Pero incluso luego en la adolescencia recordaba que de niño, más que llegar a ser ingeniero de caminos como quería mi padre o aventurero como Indiana Jones, lo que me hubiera gustado es ser, como los negros, abiertamente diferente a primera vista. O diferenciado. Lo cual, con el tiempo, ya me dice algo de por qué entonces muchas veces no oía, leía o jugaba a lo que la mayoría.
No me arrepiento en absoluto de aquella aspiración; en el fondo la veo con cierta melancolía. Preferí el trampolín al fútbol, la poesía a las discotecas, la filosofía a la convicción política, el espiritualismo a los dioses. Hubo momentos en que ese supuesto contracorrentismo me hizo sentirme sólo, aunque en otras ocasiones, esa diferencia me hizo un ser extrañamente atractivo. Me llevé tantos elogios como críticas. Batacazos. Curiosidades. Creo que eso fue lo que me enseñó a ponerme con facilidad en el lugar de otros y a no aceptar mansamente todo lo que era del gusto de las mayorías.
Elegí a mi pareja por mí mismo y por ella, no por lo que opinaran los demás. Aunque hice el cou de ciencias al final hice una carrera de letras. Me independicé y me casé pronto. Empecé – de pura chimba- a trabajar dedicadamente en algo que me llenaba y me gustaba. Tardamos años en decidir tener una hija y, contra lo que decían los partidarios de la parejita, se quedó en hija única; gasté en mis gustos sin hipotecarme en exceso, viajé rutas y conocí cosas no siempre tan amables como aparecen en los libros de instrucciones o guías de viaje, hice buenos amigos de raza, condición y creencia diferentes, renuncié a veces a ascensos a costa de decir lo que pensaba, voté sin afiliarme y siempre me deslumbró lo nuevo, lo desconocido o lo diferente. Aún me pasa.
Es verdad que tomé muchísimo sol hace años, pero nunca llegue a ser negro. Disfrazarme de negro con betún en plan cantor de jazz siempre me habría parecido una burla o una impostura. Y cuando tuve ocasión de tener amigos negros me dí cuenta que podían exactamente ser tan inteligentes o tan necios como los blancos. Pero a veces – a mí algunas músicas me pierden- oigo a la Kidjo, o aquella música de los créditos de “Raices” o -¡yo, que soy ateo!- un gospel y me invade de nuevo aquella extraña envidia infantil por ese acto cotidiano de levantar tu cara, abiertamente diferente, con conciencia y reivindicarte y… eso, aunque voy envejeciendo, me hace estar orgulloso de que, cuando era niño, más que esa general ambición de ser obispo, cantante, famoso, jefe o delegado de clase, lo que me hubiera apetecido de verdad es ser negro.
Hay supersticiones más o menos inocuas. Incluso universales.
En martes 13 me he puesto a pensar en esos dogmas de fe culturales y atávicos, hasta religiosos, en los que cree a veces una inmensa mayoría de la gente sin razones pero que, transformados en convicciones íntimas, les ayudan a digerir, sobrellevar, esperanzarse o incluso a aspirar a que les sonría la buena suerte, la salud o incluso la vida después de la muerte.
La sal derramada, el gato negro, el paso bajo una escalera son signos de mal augurio: son dogmas, axiomas, artículos de fe a veces agoreros y con escasa carga de prueba o de experiencia que se convierten en espejismos con amplísima aceptación social que muchos dan por certezas absolutas. Y que, de hecho, esos muchos esquivan como una verdad incómoda.
Sin querer censurar ni entrar en el terreno de la religiosidad o la creencia de nadie, que son mecanismos íntimos de cada cultura, lo cierto es que la fe, incluso en lo abiertamente irracional, mueve montañas. Y estimo que aunque su base sea frágil o contradictoria con esa razón, creer no es en absoluto malo. Pero convertir el dogma, la fe o la superstición en un programa político o económico, por ejemplo, entraña paradojas como la que nos toca vivir a nosotros aquí y ahora.
A base de mucho repetir un mantra, una salmodia, un refrán o un artículo de fe se tiende a asentarlo. Así, afirmar que con una ley de despido más barato se va a contribuir a la creación de empleo, que bajando los sueldos se va a ayudar a estimular el consumo o que el sector público tiene la culpa de las pérdidas económicas que ha traido la especulación privada se terminan convirtiendo en verdades no sólo sin fundamento, sino contradictorias con la experiencia y la realidad que, sin embargo, terminan siendo asumidas por un nutrido grupo de creyentes agobiados por la situación.
Parándose mínimamente a pensar en las bases de estos axiomas, la realidad es bien diferente de lo que postulan. Pero oponerse a ellos, negarlos o sencillamente cuestionarlos hace que al disidente o a quien propone entrar en debates o plantear alternativas se le tache ya no sólo de ignorante o alborotador, sino de antipatriota, revolucionario o antisistema.
La superstición ha invadido la vida pública, desde la calificación subjetiva que se le da a la posibilidad de prosperar de un país a las advocaciones que el gobierno recomienda para conseguir salir del parón y la recesión. Lejos de tener una base razonable, las medidas que se proponen son, como en el caso de la religión, carentes de lógica en su carácter vinculante y, si acaso, investidas de un toque mágico, etológico, étnico o sobrenatural. Nadie se enfadará porque un supersticioso le diga que se lance la sal por detrás de la espalda si la ha derramado o que esquive la escalera pero eso no hace que pueda convertir estas normas, de hecho, en un decreto ley.
¿O sí?
Jamás pensé que un ministro –y menos un ministro al que, aunque conservador, tengo por un tío elegante, inteligente, tolerante, dialogante y relativamente igualitario- insultara con tanta zafiedad y contundencia a la mitad de la población de país con sólo dos o tres frases. Si fuera mujer no perdonaría nunca a Gallardón lo que ha dicho hoy y, si su partido no rectificara sus frases de inmediato, jamás me plantearía la posibilidad de volver a votar a la formación que sustentara esas tesis. Porque decir lo que ha dicho hoy sobre el aborto es tratar a la mujer –el 51% de la población española, es decir la mayoría-de forma general como a una disminuida psíquica, una dependiente, una deficiente o una persona carente de voluntad y de capacidad de decisión. Es decididamente bajarla un escalón o a una segunda categoría con respecto ya no sólo al varón sino a una estructura social que, en opinión del ministro, sabe, mediatiza, manipula y evidentemente decide sobre su voluntad antes y con más efectividad que ella misma.
De mi mujer no hablo: es mayor, responsable, adulta y, como yo –aunque hablemos, discutamos y consensuemos-, sabe qué hace. Mi hija, hoy, tiene 13. Sé que fisiológicamente podría ya ser madre. No sé cuando empezará a tener relaciones con chicos ni si en ese momento seguirá los consejos ya dados en casa de que cuando las tenga, prevenga –le hemos explicado, llegado el caso, cómo, cuando, dónde y con qué métodos, precios y contrapartidas se puede encontrar la forma de prevenir un embarazo que no desee- y para eso no hemos sido vagos ni genéricos. Tampoco sé si, con todo y con eso, cabría la posibilidad de que se encuentre de repente con un embarazo -deseado o no- ni si el hipotético padre se haría corresponsable y participaría -o no- de un supuesto embarazo. Aún imagino más allá: llegado el caso de tener a mi hija –siendo menor- en casa con un embarazo, no sé si lo primero que se plantearía ella sería abortar. Y eso que sí sé que como padre, sentiría que no he sabido educarla adecuadamente en una responsabilidad sexual pero confieso que, si eso ocurriera mañana, evidentemente y particularmente yo estaría abiertamente por el aborto.
Pero, y aquí viene lo importante, en cualquier caso, no se trata de una decisión mía. Ni tuya, Gallardón. Porque no hablamos ni de nuestra responsabilidad ni de nuestro embarazo ni de nuestra vida. La decisión al final sería suya. Como de cada mujer que aborta o decide seguir una gestación. Y aquí voy al título del artículo. Hay varones que –como tú- se deben creer que las adolescentes ahora se van de abortos como quien se va de discoteca, de cervezas o de botellón. Vamos, que es una forma indolente, lúdica, despreocupada y puede que hasta irresponsable de ver su ocio. Y categóricamente no. Abortar para una adolescente –como para una mujer hecha y derecha- no es irse al parque de atracciones o a Joy Eslava o al cine 3D o a echar un polvo a un motel, a una suite del Meliá Castilla o a tu cuarto en ausencia de sus padres. Abortar es una putada, una jugarreta, una fuente de insomnio, un dolor y, en muchos casos, una encrucijada vital a la que sigue muchas veces un cargo de conciencia. Las chicas –incluso las más cachondas, sueltas o ligeritas, como dicen algunos hiperprotectores de ese animal de compañía- no se toman las píldoras del día después como caramelos Werthers o como un éxtasis de salida de discoteca de “Callejeros”. Porque, yo sí doy por supuesto que la que aborta no lo hace nunca por gusto.
Nos dice el ministro: "Muchas mujeres ven violentado su derecho a ser madres por las presiones del entorno. Se genera una violencia de género estructural por el mero derecho al embarazo”. ¿Violencia estructural de quién, Gallardón?, ¿de los novios, de las amigas, de los padres?. ¿Quieres decir que quien presiona, al final, es el círculo íntimo de la embarazada? Porque personalmente, en este sentido, las únicas opiniones que me causan violencia y vergüenza ajena respecto a embarazos –deseados o no- siguen siendo las de los políticos de todo signo decidiendo sobre lo que ellos no tienen derecho a decidir, los de las iglesias y los de la patronal. Éstas si son opiniones interesadas, y mucho. Y, evidentemente, también las de los machistas que piensan que la mujer es algo suyo o una prolongación de sí mismos.
Tú, ministro ¿te has creido que el tío se lleva –nos llevamos- a la mujer a abortar de la misma manera que capa al perro o esteriliza a la gata o que vende o sacrifica una camada de hamsters?. Pues en bien poco valoras a la mujer. O igual eres de los que crees que las aficiones de finde de una adolescente de hoy son discoteca, botellón y un aborto, que también se oyen cosas así, hasta en medios de tirada y difusión nacional... O igual es que ya quieres dar desde el gobierno el avance de lo que va a ser la próxima clase que sustituya educación para la ciudadania: no hablarles nunca de de sexo, de ETS o de prevención pero echarse luego las manos a la cabeza porque una "desprevenida" tenga que abortar después de que en su casa le enseñaran "sólo" lo que es la cigüeña y la castidad. Eso sí que es violencia estructural...
Claro que en sexualidad hay que empezar por enseñar, a ellos y a ellas. Pero con frases como la tuya de hoy se me hace meridianamente comprensible el viejo slogan feminista de “Nosotras parimos, nosotras decidimos”. ¡No vas a decidir tú, Gallardón, por más que cambies o, incluso, aunque llegaras a derogar la ley!. Ni puedes creer que ese 51% de los habitantes del país son gilipollas ni estimar, ministro, que una joven o una tía, en general, se va de abortos como quien se va de cañas...
No sé si, como dice la pegatina de los coches, ser madrileño es un título –que ya lo dudo-, pero si tenemos de siempre una marca de degustación de excelencia de nuestra casa regional no son las rosquillas listas ni tontas, el cocido, los huesos de santo, los barquillos, el vino de San Martín o las fresas de Aranjuez, sino el agua del Canal.
Desde que a Isabel II se le ocurrió traer a la capital el agua de la sierra de Lozoya mediante canalizaciones desde de la presa del Pontón de la Oliva a una fuente que manaba en el centro de la ciudad, la población y la infraestructura –Santillana, El Atazar, Filipinas, Plaza Castilla, los teatros del Canal- ha crecido pero, desde hace más de 160 años, todo forastero que llega a Madrid abre una espita y se sorprende de la calidad y gusto de un agua que es raro tomar ya no en Alicante, Tenerife o Barcelona, sino en Paris, Londres, Zurich o Nueva York saliendo directamente del grifo de casa. Es tan buena que en Madrid es raro que compremos agua mineral como es habitual en otras metrópolis con agua pública con sabor a petróleo o a sal. Además, es químicamente sana, poco calcárea y sirve para lo que tiene que servir: limpia y quita la sed con una competitividad inigualable.
Agüita de nuestra sierra. Siendo tan buena, el Canal de Isabel II se ha permitido durante este siglo y medio largo tener beneficios como empresa pública. Al contrario de otras empresas públicas de la Comunidad severamente deficitarias, parece que ahora su pecado es ese: ser competitiva, buena y con beneficios aún siendo de todos. Como ocurre con una buena justicia de oficio, una buena educación pública o una sanidad de todos puntera e inmejorable, parece que la liberal dueña del feudo no puede soportarlo. Ya traje a estas páginas aquella frase con la que la condesa avanzaba que quizá pronto hubiera que pagar para ser bachiller. Ahora, en tiempos de crisis, tampoco teme desprenderse del Canal, señalando a los posibles inversores que, a diferencia de Telemadrid o AENA, se trata de una empresa a la que se le puede sacar pingües beneficios incluso en tiempos de déficit, ajuste de cinturón y paro: "Todo el mundo consume agua”- ha dicho- por lo que es una empresa que ofrece en todo momento la garantía de "una rentabilidad muy alta". Y más rentable será si el comprador del 49% de las acciones presiona para que lo sea más subiendo el precio. Puestos a cobrar cosas que consumimos todos, condesa, ¿qué tal el aire?. Que sepa que la alcaldesa de Madrid dice que es también muy bueno a pesar de la boina, que eso de la contaminación viene con los vientos africanos. Y es que... ¡también respiramos todos!
Visto que las radiales de pago no se amortizan, va a ser cosa de cobrar por todo lo demás que, por cierto, ya pagamos con nuestros impuestos. No nos engañen con la entelequia del copago: copago es pagar desde dos partes, pero en este caso las dos partes seríamos los contribuyentes. Y si al final, el objetivo de “su” liberalismo es desmontar lo público, funcione bien o mal, dé beneficios o pérdidas, lo que no sé es qué puñetas hace usted –no por votos, digo, sino por ideología y conciencia- apalancada en ese despacho de la Puerta del Sol como servidora pública. Si quiere cotizar para la jubilación o hacerse un blindaje millonario, pues ¡váyase a Bankia, como ya hizo su amigo el ex ministro Rato!. Ahí los madrileños podemos cerrar la cuenta, pero no podemos -bien lo sabe usted- clausurar el grifo.
Todos tenemos en casa un médico, un abogado, un fontanero, un entrenador de fútbol, un crítico musical o de cine, un informático, un dietista, un político, un decorador. Opinar no cuesta nada. Y hay campos de la experiencia o del saber en que todos nos permitimos opinar como si supiéramos de primera mano. Lo hacemos con tanta vehemencia que parece que sabemos tanto como quien ha dedicado su vida a estudiar o trabajar sobre el tema en cuestión.
Partamos de que no confío a ciegas en la teoría. Ni en un master MBA. La primera vez que nos enfrentamos con la práctica todos somos pardillos, por mucho que hayamos estudiado. Pero observo que asistir hoy a una tertulia social, artística, política, jurídica o incluso a una reunión de vecinos o de padres de alumnos no es exactamente ir a las tertulias del Pombo o del Teide o atender a un discurso de Cánovas o Sagasta. El opinador profesional ha perdido hoy el recato, el miedo y la vergüenza torera y de igual manera pone los puntos sobre las íes a la nouvelle cuisine que a la política impositiva: enmiendan la plana a los profesores y también critican al especialista que les extiende una receta.
Cierto es que algunos sectores se lo han buscado a pulso. Si los sesudos ecónomos del Fondo Monetario, el Banco Central o las agencias de calificación no fueron capaces de prever la que está cayendo es hasta lógico que nos cabreemos cuando nos dicen –hacen recomendaciones, le llaman- cómo debemos administrar nuestra pensión o en qué fondos debemos invertir, si tenemos para ello. Si los partidos políticos pían, ladran, berrean y barritan cuando están en la oposición contra el gobierno de turno para hacer más de lo mismo cuando pillan cacho, es hasta lógico que la gente salga a la calle y se indigne.
Pero ahora, el mea –el nostra- culpa. Asisto cada vez más atónito a debates, coloquios, tertulias periodísticas en las que atildados jóvenes encorbatados o con aspecto de líderes sociales de la calle opinan de todo. Recuerdo con añoranza las tertulias con especialistas de “La Clave” y observo con tristeza como declinan programas como “Documentos TV” o “Redes”. Y es que es fastidioso que alguien sepa de algo más que tú, y más si lo sabe de primera mano. Es tiempo de pontificadores, teóricos, masters y tertulianos. Creo que la libertad de expresión y el derecho a manifestarse son bienes democráticos sagrados, pero en ningún caso pueden confundirse con la especialidad, y menos con la “palabra de dios”. En lo nuestro, recuerdo cómo admirábamos a De la Quadra Salcedo, que para hablar de algo “había estado allí”. Adoré también los textos de Bruce Chatwin desde el momento en que leí “Los trazos de la canción”: para hablar de Australia, tienes que haber conocido Australia. Hoy, el oficio se limita en un 90% de las ocasiones a repicar notas de prensa remitidas o a recitar los salmos que te dicta tu grupo de presión.
Y luego no dudo que si Paracuellos se ha quedado sin ambulancias para atender un sábado un subidón de azúcar a Belén Esteban poniéndole a las mismas puertas de la muerte, ese día se queje abiertamente en el “Sálvame”. Pero de ahí a dictar a la Consejería de Sanidad cómo debe distribuir sus presupuestos, pues…
Todos sabemos de lo suyo más que Mourinho, que Rajoy y Zapatero, que Christiane Lagarde, que el presidente de la comunidad de vecinos y que el profe de nuestros hijos. En lo que toca al periodismo sigo admirando a quienes están en la guerra, a los que han estudiado la ley y no sólo sentencian, a los que patean la calle buscando la declaración y el contraste, a quienes su agenda es tan amplia que les permite hablar con el que gobierna y con el que está en la oposición y siempre, a quien se documenta con cierto rigor –ya no digo con ciencia- antes de hablar.
En lo que me toca a mi, mientras hablo en una discusión de amigos, sigo diciendo lo que me da la gana. Y no hay quien me baje del burro. Informar es otra cosa. Y respecto a si alguien se toma mis textos como una estadística, una homilía o un libro de instrucciones, para todo aquello en lo que no he tenido acceso a la fuente directa, pido perdón. Columnismo, tan sobrevalorado. No es una imagen fotográfica ni un micrófono con altavoz al protagonista. No es mi verdad, porque verdad sólo hay una. Puede ser ideología, no información. Es mi libertad de expresión: sólo es opinión.
Cáncer.
Parece que hasta el nombre del signo del zodiaco asusta.
Como los dioses primigenios y preternaturales de Poe o de Lovecraft: el innombrable. Se le buscan nombres paliativos o alternativos para amortiguar su dureza o se habla de “larga y dolorosa enfermedad”.
Igual que en la familia de Pary hay una tendencia mayor a las enfermedades coronarias, en la mía ha habido no pleno, pero sí abundancia oncológica tanto en la rama paterna como en la materna. Tres de mis abuelos padecieron -si bien no todos murieron- de cáncer. Mi padre ha superado uno de próstata y algunos de mis tíos y tías de sangre también han pasado ya por la extirpación de su tumor. Pero no es que tengamos una exclusividad excesivamente peculiar. El cáncer es tan democrático que afecta desde a nobles a niños de Biafra, desde cantantes de fama a pelaos, de los faraones a los tripulantes de una nave espacial.
Mis primeros encontronazos con el cáncer fueron muy tempranos. La hija de un amigo de mis padres, más o menos de mi edad, murió de uno justo cuando entrábamos en la adolescencia. Mi primera novia también, antes de los 16. Hubo quimio, peluca y amputación en ambas. Uno es muy impresionable cuando empieza a vivir la vida y, sobre todo, se pregunta por qué esa enfermedad es tan implacable, tan injusta y tan cabrona. Y por qué, según dicen muchos –y no es completamente cierto- no se cura. Porque aunque no viene con manual hay quien, cada vez más, consigue vencerla.
Creo que respirando, fumando, comiendo, medicándonos, bebiendo, calentándonos y abrigándonos como lo hacemos es como si tuviéramos una caracola antigua de esas por las que soplando antes invocabas a los dioses, pero invocamos al cáncer. Aunque se trata de una enfermedad tan caprichosa como esos mismos dioses porque, con todo y con eso, a veces toca a quien más sano y deportista es en sus hábitos, al que no fuma, al que come macrobiótico o herbívoro o a quien se va al pueblo para respirar sólo aire de campo.
Y el cáncer no sólo ataca a quien lo padece por dentro, sino a todos los que le rodean. Provoca sesiones, esperas, tensiones, insomnios, lágrimas, oraciones, conversiones, nuevos hábitos, mentiras, viajes, esperanzas, secretismos, incluso vergüenzas absurdas, cansancios, lealtades y extracción de fuerzas de donde parece que no había. Desbarata proyectos y los convierte en otras historias nuevas. No parece tener un lado positivo porque no sólo come todo lo que puede sino que asola todo hasta los mismos límites de donde le dejan avanzar.
La actitud ante cualquier enemigo que no quiere dar tregua debe ser esa: no abandonar, no cejar, no rendirse. Como los malos enemigos, se esconde, aguarda agazapado, es cobarde, no respeta normas ni armisticios, ataca donde más duele. Y hay que combatirlo, el que lo padece y los demás, sabiendo que nuestra flaqueza y nuestra desesperación es su mayor aliado.
Es, además, como esos gorrones que nunca tienen sal pero nunca se acuerdan de comprarla, que llaman a la puerta sin ninguna vergüenza ni remordimientos en el momento que no les esperas, una vez más. No podemos reaccionar, encima, avergonzándonos o huyendo de su visita, como si el que fuera un gorrón, un cabrón injusto y un visitante poco deportivo fuéramos nosotros.
El cáncer vuelve a rondarnos. A alguien cercano, querido. Y le hemos recibido como siempre: sabiendo que no hay que darle la victoria. A pesar de que no conoce la deportividad, hay que enfrentarle de cara, sin desánimo, sin permitir que avance o se lleve más de lo que sólo su nombre arranca. O eso debemos intentar en cada minuto que ande por aquí. Si existe la mínima posibilidad, echarle.
Y esa actitud, aunque también nos duela, es básica.
Crear idea de nación, de estado, de federación, de unidad requiere de símbolos y de educaciones. Cuando los niños (norte)americanos van al cole, lo primero que hacen es izar bandera, cantar el himno y escuchar su declaración de derechos y libertades. Pero hace 235 años, los Estados Unidos eran un vasto territorio variopinto cuajado de indios cheroquis y navajos, puritanos de Nueva Inglaterra, esclavistas sureños, misiones de California , esquimales, franchutes de la Luisiana, redactores tocquevillianos de constituciones, buscadores de oro, vaqueros, especuladores, vendedores de pócimas, familias que emigraban al oeste, petimetres de la metrópoli, negros sin derechos, pescadores de río, rednecks, exploradores de la tundra, sheriffs y espaldas mojadas. Y para crear la idea de estado les hizo falta bastantes más cosas que un banco central.
En Europa vivimos homosapiens –tengo dudas, pero creo que lo somos- desde hace tiempo inmemorial. Durante siglos la historia se ha escrito aquí, así que hay datos. Y en este continente hay pueblos de toda clase que, aún hoy, creo que mantienen sus rasgos primigenios de tribu: los ingleses siguen siendo anticontinentales pero expansivos básicamente porque son una isla; los escandinavos son frios, austeros y solidarios, de ahí su alta tasa de suicidio; los franceses, con eso de que están en el centro creen que de ellos emana la grandeur del continente; los alemanes, con haber formado su actual nación de los últimos, son los más nacionalistas. Aplican la doctrina Monroe de los americanos, pero aquí: “América para los americanos”, “… y lo demás también”, que decía Perich, con coña. Los suizos, con lo de la neutralidad y la opacidad del liberalismo, siempre han conseguido vivir muy bien a costa de los demás. Podría seguir con irlandeses, islandeses, griegos, húngaros, polacos…
Pero me voy a centrar en lo nuestro. De aquí dicen que somos un pais de colonizadores –básicamente porque hay que emigrar para medrar o prosperar- pobres, quijotes, impacientes, acrisolados después de mil invasiones desde la celta o la goda a la de los árabes a la de Napoleón. Los extranjeros que nos visitaban tradicionalmente siempre nos tenían por un país guerrillero, sanguíneo, racial, atrasado, de maneras hidalgas para mantener la apariencia, creyente en la providencia y, sobre todo, cuando no pedigüeño, pícaro. Es un país donde la mayor parte de la gente resolvemos fácilmente los problemas de los demás mientras los tenemos irresolubles en casa.
Desde que nos han querido amalgamar a los 27 en un totum revolutum alrededor de una moneda nos dieron el carné de europeos sin necesidad de preparar la oposición ni libro de instrucciones. Veníamos de un régimen en que al demócrata, al disidente o al diferente no sólo se le veía con malos ojos sino que se le podía formar un consejo de guerra. Pues de ahí a estar en la Unión Europea sólo pasaron ocho años. Los políticos que se felicitaban por ese logro podían poner cara de europeos, pero los colegios, las familias, las empresas, las asociaciones seguían siendo las mismas que antes. La gente descubrió el hipermercado de las libertades y empezó a echar artículos al carro sin pensar –aunque lo intuyeran- que también había obligaciones. Hubo convenios sin trabajar, subsidios sin producir, subvenciones sin crear, empresas que cotizaban en bolsa que no fabricaban nada, lino sin recolección, aeropuertos sin aviones y derechos sin un solo deber.
Cuantas veces se exige aquí un derecho constitucional obviando los deberes aparejados, cuántas veces se invoca la presunción de inocencia o la prescripción ignorando la que te cae por el presunto delito en el código penal, cuántas veces se pide liberalismo cuando lo que se desea es que no haya regulación o fiscalización, cuántas veces se exige crédito sin saber que hay que devolverlo, cuántas veces se dice que se genera trabajo cuando el que lo da se lleva prácticamente todo lo que produce ese trabajo, cuántas veces se pide que vuelva Fernando VII al grito de “viva las caenas” ahora que la Pepa – aquella Pepa avanzada pero inmediatamente decapitada- va a cumplir 200 años.
Somos así. No nos han enseñado a ser otra cosa. Y hay muchos a quienes tampoco les gusta ni enseñar cómo se es europeo ni que te lo enseñen en el colegio. Pues de aquellos polvos vienen estos lodos.
Para un lector es triste.
Para un periodista, doblemente.
He visto cerrar desde muy niño cabeceras de periódicos –y de medios- de toda tendencia: Pueblo, Arriba, El Alcázar, Ya, El Sol, El Independiente, Diario 16… Por no hablar de de medios escritos diversos como La Codorniz, Hermano Lobo, El Papus, El Globo, Panorama, Cuadernos para el Diálogo, Triunfo, Ajoblanco, Mortadelo, 1984, Star: cabeceras y páginas que seguí con más o menos fruición o tendencia.
Parto de que, como lector, me pone muy nervioso ver tirar un libro a la basura y que me leo desde los prospectos a los panfletos publicitarios, las cartas del banco o los menús de un restaurante. Si. Como lector, me lo bebo prácticamente todo: si entro en un bar y tienen La Gaceta, la abro con la misma mirada crítica con la que abro el Mundo Obrero.
No, no es que no tenga ideología, que la tengo, y clara. Pero. desde que ví “Fahrenheit 451” de Truffaut sobre la obra de Bradbury, me dí cuenta de que mi horror es a la desaparición de la palabra escrita; de ahí mis primeros resquemores cuando hace algunos años llegué a oir que Internet y el e-book acabarían con el boca a boca, la información y el placer que se adquiere leyendo un texto sobre papel. Lo de “Público” no era más que la crónica de la muerte anunciada de un paciente, pero nuestra UVI periodística está llena de terminales. Y no sólo en España. Cabeceras centenarias desaparecen como desapareció el Saturday Evening Post y el Life, o como parece que están a punto de sucumbir algunas de las que estudiábamos en las facultades de ciencias de la información como referentes informativos universales.
Como lector, repito que me gusta leer, aunque lo que lea sea pura fantasía, imaginación, entelequia o mentira. Como periodista, uno de mis mayores placeres era cuando llegaba por la mañana a la redacción para desplegar cinco, seis, siete periódicos diferentes y contrastar cómo trataban la misma noticia. Nunca he creido en la objetividad del medio: creo que como periodista y como lector, todo aquello que se lee –y lo que no se lee- se debe poner en una cuarentena crítica. Eso no quita que, aunque no me crea casi ni una palabra de lo que dicen, no me haya leído de cabo a rabo la Biblia, el Corán o el Manifiesto Comunista. Leer es placentero y seguramente, es la fuente de razón, contraste y aprendizaje más importante que tenemos. Especialmente para crearnos un estado de opinión propio.
Cuando cierra una empresa –un periódico, un astillero, una tienda de ropa, un bar-, objetivamente no entiendo que haya nadie que pueda alegrarse, aunque el bar haga ruidos indeseables hasta las tantas. Claro que sé que, ideológicamente, habrá quien celebre que la crisis haya hecho cerrar a Público antes que a otra empresa de información más en su línea de pensamiento. Pero me parecen como aquellos bomberos de la novela de Bradbury que creían que quemando los libros quemaban las ideas.
Para mí, el cierre de un periódico siempre es triste. Soy periodista.
La idea inicial era llamar a este artículo “No sirvas a quien sirvió”, pero Internet tiene la ventaja de que puedes hacer consultas previas y algunos amigos me comentaron que ese viejo refrán les daba bastante mal rollo, y es posible que tengan razón.
La cosa es que desde hace ya días me pregunto por qué se llevan tan mal endémicamente la patronal y los sindicatos en España, como si ambos tuvieran el enemigo en casa, preocupándose más de estar en guerra permanente que de hacer viable y competitiva la empresa y la economía. Con respecto a los empresarios españoles tengo una teoría clara: aquí no tenemos ni General Motors ni Ikea ni Siemens ni Fujitsus nacionales. Pero tampoco tenemos I+D+I. Ni emprendedores suficientes. Ni inversores que potencien las buenas ideas. Los sindicatos, por su parte, se olvidan de que, además de la economía sumergida y la picaresca, el rasgo distintivo que mueve nuestra economía son los autónomos y las pequeñas empresas, pero parecen estar permanentemente en lucha denodada contra gigantes –que un día se irán, sin duda, con el viento que mejor sople- en un campo donde hay mayoría de molinos.
Para que salga aquí un inventor de la fregona o del chupachups –o un Amancio de Zara o un Areces del Corte Inglés- hay veinte diazferranes y otros tantos terratenientes latifundistas que aún creen que tratan con braceros. No hablo ya de la aquella privatización –imperativo europeo- de empresas viables del INI como Tabacalera o Telefónica, que terminaron prejubilando con beneficios a sus trabajadores experimentados más antiguos a costa del dinero de todos sino de empresas privadas o viables desde un primer momento –aquel fabricante catalán de los yogures Danone que dicen que vendió rápido a los franceses, los experimentos dolorosos con gaseosa de Air Europa o Viajes Halcón, los casos de Pegaso, cadenas hoteleras o de distribución aparentemente consolidadas, la autodestrucción secular del sector textil ahora laminado por el paño chino, por ejemplo- que ilustran cómo una empresa de tamaño medio o grande, o con posible crecimiento, parece que ha de ser exprimida rápido y en una generación sin dejarla hacer marca o poso.
Otro factor que creo que fotografía al tejido empresarial español es que ha basado y se basa –en realidad- fundamentalmente en autónomos y pequeñas y medianas empresas satélites o de servicios, muchas de ellas familiares, creadas con dedicación, esfuerzo y mimo por un patriarca pero dilapidadas o vendidas en muchas ocasiones por avariciosos herederos tuercebotas de segunda generación. Aunque quiero hacer un alto aquí para romper una lanza a favor de ese, otro de los rasgos que en otros tiempos fue distintivo de nuestra incipiente industria y empresa y que cada vez se estila menos: esa cultura del esfuerzo, de la inventiva y de arrimar todos –jefe y currito- el hombro para complacer al cliente final.
Por otra parte, éste ha sido siempre un país de empleados más que de empleadores. Y a la fuerza ha habido que ir aprendiendo. Muchos de los que empezaron trabajando por cuenta ajena han tenido que arriesgar y montar su propio negocio: pasar de empleados a empresarios. Y de ahí viene otro de los males generalizados de nuestra economía, el que iba a dar el nombre inicial a este artículo, o lo que yo llamo también “el síndrome del nuevo casero”. Cuando uno deja de vivir en un piso alquilado para alquilar pisos, se olvida rápido de lo que le puteaba quien le alquilaba el piso y dice que ni pinta ni cambia la caldera al inquilino. De igual forma, el antiguo empleado que se convierte en empleador no entiende de reinvertir beneficio ni de repartir plusvalía: “¿qué mi camarero es bueno y pone las copas de vicio?. Es lo suyo, ¿no?. Si no, le echo y cojo otro más joven y más barato. Pero nada de darle un incentivo o de repartir: que el dinero lo arriesgo yo”. Es un tipo de empresariado cutre y tacaño éste, sin verdadero espíritu de empresa que, desgraciadamente, no sabe de dónde viene aunque cree tener muy claro donde va.
Y es que el verdadero rasgo distintivo, incluso empresarial, que nos salva del ahogo total es el de la familia. Si fuéramos los despegados anglosajones ya habría habido una revolución aquí. Esa es, en la mayor parte de las empresas de este pais, la verdadera calidad del tejido empresarial: el paño familiar. Porque el tejido que se supone que mantiene la economía –ese del que hablan los telediarios y contra el que claman en la calle los sindicatos- es, en general, retal de temporada, de mala calidad, lleno de agujeros y sin remiendos. Ayer vi en un programa de la tele a una licenciada en empresariales que habia vuelto al pueblo con sus padres a vivir en casa y a ordeñar las cabras después de que el banco la hubiera echado. La familia: incluso en la empresa y en la economía, esa es hoy nuestra verdadera calidad del paño, porque si dependiera de nuestros tiburones empresariales y financieros… Y yo, que los sindicatos, lo tendría mucho en cuenta.
Pegar a un niño es de cobardes. Nos lo han repetido hasta la saciedad, incluso a sus padres. Y no sólo es cobardía: es un delito.
Como padre de una adolescente, reconozco que a veces te recome la mala leche ante su forma de enfrentar el mundo, de exigir y exigir ya, de insinuarte que no te debe nada de que lo que te corresponde darle y de reírse y criticar las estructuras en las que tú vives desde hace años tan pancho. Pero cuando yo era adolescente –aún me acuerdo- era también crítico, mordaz, incluso se podría decir que subversivo. ¡Y ay del adolescente que no lo sea!. Ser joven no es sólo gastar factura de móvil, vestirse a la moda en el Corte Inglés, en Tommy Hillfiger o en el mercado de Fuencarral, tener los senos firmes y los abdominales tirantes o consumir música machacona. Los más viejos del lugar les acusan, tratando de extender una etiqueta común, de ser botelloneros, indolentes o fracasados escolares entre otras lindezas, olvidándose que la verdadera esencia de la juventud es la necesidad de libertad y de justicia, algo que poco a poco se va limando con el tiempo para integrarse en el sistema.
A mí, claro, hay jóvenes y adolescentes que me resultan más simpáticos que otros. No me gustan los maleducados, los gamberros y destrozones, los consentidos, los que llevan la música a todo trapo en el metro, los que yo llamo “niños que sólo reaccionan al sonido del papel de envolver” o los que repiten y repiten los dogmas en los que les adoctrinan sin haberse parado a masticarlos. Por el contrario, entiendo muy bien a los jóvenes que escriben o hacen música, a los que creen que hay cosas de esta sociedad que son injustas y, especialmente, a los que en este crudo invierno se quejan de que en su instituto no hay calefacción.
Ayer, sin ir mucho más lejos, tuve un pollo –bastante común, nada del otro mundo- con mi hija. Pretendía distribuirse sus horas de tele, de estudio, de merienda, de teléfono y de PC a su aire en una semana en la que tiene varios exámenes. Aquí voy a matizar que, aunque hablemos, discutamos y contrastemos mucho, mi hija no es mi amiga y en mi casa todas las opiniones no tienen el mismo valor: yo soy su padre, lo cual es un grado de jerarquía y para algunas cosas es más importante que ser su amigo. La cuido, la atiendo, la trato de entender, satisfacer y mimar, la educo, la enseño y la exijo. Pero nunca la he gritado ni la he pegado. No porque lo prohiba la ley sino porque hacerlo me haría sentir muy fracasado como padre. Y, por supuesto, jamás permitiré que nadie lo haga. Ya la tengo aleccionada a que nunca se líe con un maltratador, porque quizá ahí yo sí tendría que enfrentarme con la ley o incluso con una pena de cárcel. ¡Ay de quien le ponga una mano encima!.
Los niños y los adolescentes no han tenido tiempo –como nosotros- de votar, de trabajar por un sueldo y con un convenio, de saber qué es la subprima o de entender concretamente por qué no se entienden el partido socialista y el popular. El defensor del menor me dice a mí que si trato de inculcarle a mi hija –por justo que sea- algo a base de palos o violencia, me quitará la custodia. Pero la policía y la delegada del gobierno de Valencia parece que no tienen esos problemas. ¡No son sus hijos!. Así que aunque los chicos pidan algo que creen que es de ley, se les puede disolver a hostias si los poderes de turno entienden que no lo es. Basta con un telefonazo.
No sé si le delegada será madre. Pero si lo es, no creo que pueda ser una buena madre. Nadie trataría –nadie debe tratar- así a un menor. Y siendo un cargo público tiene que saber, aún con más razón, que ordenando cargar contra ellos a palo limpio, cuando sólo piden calefacción y que los adultos responsables resuelvan algo que ellos no han provocado, está induciendo a la fuerza de orden público bajo su mando a delinquir. Supongo que creerá que amedrentándoles consigue futuros votantes disciplinados. Pero yo creo que si limito, limito y limito de forma omnímoda y arbitraria a mi hija y encima no la dejo protestar, una de dos: o se marchará cuando pueda dando un portazo o cuando tenga la edad suficiente me lo recordará, a lo mejor de forma adulta y dolorosa.
A mi, señora delegada, a falta del informe mecanografiado y por cuadruplicado a su jefe, lo suyo de hoy me da mucha pena. Y mucha vergüenza.
Escila te aplasta y te despedaza, Caribdis te traga, te succiona entero.
Ulises tuvo que pasar entre los dos monstruos que, dicen, guardaban el estrecho de Mesina, separados por una distancia que bien se podía alcanzar con un disparo certero de flecha.
Como cuando hablé de Ícaro o del hilo de Ariadna y el laberinto, siempre me he preguntado por qué los héroes clásicos se metían en esos fregaos y berenjenales, con lo fácil que podía ser sortear un minotauro, al cancerbero, a la esfinge y su enigma, al jabalí de Erimanto o a las aves del lago Estímfalo. Pero es que parece que estas pruebas van en la profesión de héroe y son las que definen su esencia.
Ahora, parece que como si se tratara de un baile de limbo, nos quieren hacer pasar a todos contorsionándonos y bailando por debajo de un palo puesto demasiado bajo: no sólo a los bailones o a los héroes sino a los jubilados, los parados, los dependientes, los emprendedores, los becarios, los buscadores de crédito, los inmigrantes, los autónomos, los cotizantes…Y encima, ¿quién sujeta el palo?: pues los de siempre. De un lado Escila y del otro Caribdis. Escila escoltada por el euro, los bancos, la Merkel, la reforma laboral, el ibex, los jerifaltes de la ceoe y las agencias de calificación; Caribdis por los eres de palo, los prejubilados forzosos, las subvenciones, saneados exministros, la función pública, los pequeños feudos…
Y encima, nosotros, forzados como cuando éramos bebés a decidir a quién queremos más: a papá o a mamá. Con la diferencia de que Escila y Caribdis no son -¡para nada!- progenitores amantísimos sino las dos caras de un Jano bifronte que no podrían existir una sin otro: son dos monstruos que se complementan para aplastar o deglutir siempre en su propio beneficio al incauto o al héroe que se aventura a pasar entre ellos.
Hay malas lenguas que dicen que esta complementariedad es precisamente la clave de su monstruosa infalibilidad: funcionan como un mecanismo de relojería y, si te toca pasar entre ellos, por buen sorteador de peligros que te consideres, date por muerto. En tiempos de bonanza, los dos monstruos en la lejanía parecen diferentes. Escila parece una roca, un puerto seguro, un monolito inamovible en el que se guardan las esencias de la civilización. La deseable Caribdis parece, más que un remolino, una mujer hermosa y fiel, una compañera comprensiva, una igualitaria madre de tus hijos –hablo desde la perspectiva del héroe: supongo que a las heroínas heteros le parecerá, por el contrario, una espalda amplia en que apoyarse o algo más cercano al reposo de la guerrera-. Pero son sólo apariencias: si se desata galerna en el estrecho, se acercan más que nunca y casi se confunden entre sí. Como las sirenas, cantan y cantan para que te acerques a cada uno de ellos como si fuera la única manera de salvarse de la muerte segura que te acarreará acercarte al otro monstruo. Pero están tan cerca entre sí que, en pleno temporal, de hecho se reúnen a discutir qué se llevará cada uno de los restos del naufragio.
Y yo, que nunca he tenido madera de héroe, me sigo preguntando: “¿Es que no hay otra vía, otra ruta cartográfica, otra manera de sortearlos?”. Seguro que sí. Porque es que de ésta, parece que o nos aplastan o nos tragan a toda la tripulación.
Hace unos días escuché a la condesa de mi feudo manifestar su alegría por algo que consideraba un “triunfo del estado de derecho” después de que los compañeros de trabajo de un juez decidieran dejarle sin trabajo los próximos años, al estimar que había tratado de investigar con más celo del que le corresponde y con más medios de los que, de forma estándar, le proporciona el sistema. Que esta alegría venga de una señora que para alcanzar sus fines ha usado todo tipo de medios no deja de sorprenderme, pero en eso partimos la noble y yo de la misma base: el fin no justifica los medios. Y menos por parte de quien, como la condesa de M. –no como noble, sino como administradora- o ese juez, tienen que dar un ejemplo público intachable.
Trabalenguas: ese juez se acaba de librar, por prescripción, de que otros jueces juzguen si podía cobrar dinero del banco a cuyo dueño juzgaba. O sea, que como ya no está en plazo de ser juzgado por eso, pues ya nunca sabremos si era inocente o culpable. Las personas normales, cuando delinquimos, no hacemos cohechos o prevaricaciones: robamos, matamos o hacemos cosas de esas con nombres muy claros. Y nuestra ética para no hacerlas es también la que nos dicta lo que está bien y lo que está mal, aún sin conocer la ley o los plazos en lo que podemos ser declarados inocentes o culpables de ello. Es normal que no puedas opinar con ecuanimidad de los actos de alguien que te está dando de comer o te está puteando, por ejemplo, y lo lógico es que si te tocara juzgar esos actos sin pasión lo dejaras en manos de otros. Perogrullo.
Por contra: imaginemos que eres un juez, o un detective, que busca pruebas o evidencias y estás siguiendo la pista a unos supuestos ladrones muy listos, de estos que se conocen al dedillo todos los entresijos de las prescripciones y esas tácticas –cómo montar una fundación fraudulenta, cómo cobrar en negro, dónde están los paraísos fiscales, cómo dar contratos públicos a tus amiguitos del alma sin pasar por un concurso- que se saben los grandes delincuentes para salir siempre de rositas. Estos supuestos ladrones, siendo listos, normalmente no dejan pistas: no firman, no dan cheques, no se pringan. Todo lo hacen de palabrita o mediante terceros. Pues claro: o les marcas muy de cerca o, como son profesionales, se salen con la suya. Pero como no hay talión ya no puedes robar a quien roba, matar a quien mata o engañar a quien engaña. Así que si eres un investigador legal, aunque veas que se lo están montando para delinquir delante de tus narices, o usas la ley para que no lo hagan o les tienes que dejar que delincan. Sobre todo si eres juez y no un matón a sueldo. Jode, pero es así. Y si te pillan escuchando sin permisos a su abogado o a su confesor cuando le cuentan sus supuestas triquiñuelas, aunque tu buena fe solo quiera hacerlo para usarlo como prueba, te pueden empapelar pero bien. Lógico: eres un juez. El tema aquel de la mujer del César. Ya llegarán, si es el caso, supuestos mafiosos como ellos que manden que les partan las piernas, y los jueces también tendrán que estar a juzgar eso.
Pero luego hay otro tipo de derechos y delitos que –yo creo que- no prescriben o no deberían prescribir nunca. Y son esos que son más antiguos incluso que los propios dioses y que el estado de derecho. Ese derecho y esos atentados contra él que afectan a todos, como si le estuvieran tocando la misma vida o los muertos a la sociedad, no es sólo cosa de jueces profesionales, magistrados o togados. Es el derecho básico, natural e imprescriptible de todos. Por eso, condesa, por mucho que obviar, ocultar o silenciar esas cosas sea un triunfo del estado de derecho... pues a mí no me alegra.
Creo que soy bastante mitómano. Y de lágrima fácil.
La última vez que lloré por la muerte de un mito musical tenía 16 años. Era diciembre y según escuchaba en la radio que un hawaiano se había cargado a John Lennon en la puerta de su casa, el edificio Dakota de Nueva York, noté como se me caían las lágrimas en el café. Durante ese día y los siguientes anduve escuchando apesadumbrado el “Double Fantasy” recién comprado y notaba cómo cada vez que sonaba el hit “Just like starting over” se me encogía el corazón y se me ponía un nudo en la garganta.
Desde la muerte de Lennon ya no he vuelto a llorar por cosas de esas: anoche su hijo Julian Lennon, a cuyos feeds estoy abonado, subía en redes sociales un breve avance en titulares de la ABC que decía “Whitney Houston found dead”. El hijo mayor de Lennon comentaba su pesadumbre por la muerte de la voz negra del pop más exitosa de la historia: la sobrina de Aretha, la que vendió más discos que ninguna. Y el tono de su pesar parecía verdaderamente conmovido. Me quedé de piedra. Se me vino a la cabeza aquella mañana de 1980 y me dí cuenta que a pesar de lo mucho que me gustaba Whitney, estas cosas ya no me hacen llorar. A diferencia de lo de John Lennon, lo de Whitney era una muerte sobrevenida, pero es que además yo tengo treinta años más. No hace ni una semana que hacía el comentario de que, como viejo que me hago, hay mitos que ya no aprendes a valorar si no mueren: era el caso de Amy, cuyas canciones he empezado a escuchar con más reverencia a partir de su muerte.
Amy como Michael Jackson, como Elvis, como Sid Vicious, Kurt Cobain, Hendrix, Morrison o Joplin, o como la misma Whitney, incluso como muertos en vida del tipo de Syd Barrett tenían maneras de vivir que hacían augurar que no llegarían a nonagenarios: en la riqueza o en la pobreza, en la salud o en la enfermedad, incluso en lo público de la fama o lo privado del declive -en varios casos-del olvido. Aquí en España tenemos también ejemplos. Hay quien les llama juguetes rotos, incapaces de digerir la fama o acelerados. Llegan a ser al final, en muchos casos esos cadáveres hermosos del “vive deprisa…”, aunque otros llegan a la muerte completamente deformados pero a mi, el denominador común de todos aquellos a quienes no les llegó un loco a tirotear a la puerta de casa, el que me pone un nudo en la garganta, -aunque ya no me haga llorar abiertamente- es la sensación de fragilidad e infinita soledad que me transmiten desde su condicion de mitos.
La mirada triste de Jim en la portada del “Morrison Café”, la voz rotísima de Janis en sus penúltimos temas, los intempestivos abandonos del escenario de Amy en algunos de sus últimos directos, la cara aterrorizante de muerte que se la había puesto a Michael al saber que tenía que dar decenas de conciertos en Londres para salvar los trastos, la adiposidad con chorreras sudorosas de Elvis en los conciertos de cuero blanco en Las Vegas en situaciones que se me hacía demasiado paralelas con esas fotos de revista tipo “Confidential” que vi hace unos años de una Whitney desdentada, de pelo sucio y consumida. Pese a que años después se le vió reaparecer con una apariencia más sana, su mirada estaba perdida: había perdido la luz de esa adolescente que empezó cantando gospel que cautivaba tanto como su privilegiada voz.
Y, al final, el dolor de Julian Lennon es lo que me contagió y me recordó que, una vez, como mitómano, también lloré. Que tengas un buen viaje, de otro tipo: el mejor, Whitney.
Querido Karl Lagerfeld:
Ninguna de las mujeres más interesantes que he conocido en mi vida era modelo de pasarela. Las divertidas, las inteligentes, las apasionantes, las excitantes, pero también te hablo de esas mujeres con las que comparto el día a día desde pequeño: mi madre, mi mujer, mi hija. Y no tengo hermanas, pero la mayor parte de las mujeres de mi entono familiar inmediato, de mi trabajo, de mi círculo de amigos, de la vecindad, no tienen la talla 38. He trabajado en medios, incluso audiovisuales: y las más interesantes podían ser –de hecho, lo eran- grandes, culonas, tetonas, pequeñas, imperfectas, esas “gordas” –en tu opinión- con una talla mayor de la 38 porque seguramente estaban más preocupadas de otra cosa que de tener su físico como si fueran a dedicar su vida a hacer el pase de un muestrario de bragas para tísicas.
Voy al cine y la mayor parte de las actrices que me atraen no tienen la talla 38. En general, a los chicos nos gusta que haya de dónde agarrar, pese a ti, árbitro del buen gusto. Bueno, es que hablamos de moda: ¡tu dirás que ellas son una banda de morsas y focas envidiosas y nosotros unos horteras desprovistos del más mínimo glamour, chic y sentido de la estética...! ¡Deberían cenar perejil con cubito de hielo de Evian…!. Hay que fastidiarse con el julandreo modistón: tú le pones un vestido a una, le tocas la teta y le preguntarás: "¿Ay, cielo, te ha salido un bulto?".
Pues estos tíos no sólo son los árbitros de la moda para ellas, sino los que pretenden dictar el tipo de mujer por la que debe perder el seso un heterosexual. O a lo mejor, como dice un amigo malo, lo que intenta es que las mujeres parezcan palos de escoba para que los tíos pierdan el interés por ellas y así tener más posibilidades él con los tíos, aunque ya está hecho un viejo desagradable y no se le debe acercar nadie más que por la pasta que suelta. O quizá es más sencillo y es lo que dice otra amiga, todavía más mala: lo que le pasa a Lagerfeld es que él toda su vida había sido un gordo antes de decidirse a vivir en una bulimia permanente, y el no comer para estar tan flaco le tiene jodido.
Hablando de viejos: en la tele, la única gente que parece salir mayor de 35 son los padres opresivos en las series de adolescentes y el público de Sálvame. Hasta las modelos de kukident, de las pequeñas perdidas de orina, del retinol, de los sudores previos a la menopausia o de pastillas tipo Viagra tienen entre 27 y 33 años y les ponen canas de polvos de talco. Los viejos sólo son los políticos, pero la mayor parte de ellos se lo montan tipo Berlusconi, para creerse que siguen teniendo 20 años. Pues más o menos así estás tú, Lagerfeld, que encima tendrás que estar a enemas, laxantes o metiéndote los dedos en la boca cada noche... Pese a que peses 50 kilos, estás mayor, jodido y seguramente, no te quiere nadie. Amargao.
Ah, Karl, ¡y me encanta Adele!. No sólo como canta.
Veo un somero reportaje de ocho minutos por internet anunciando la tercera guerra mundial para verano de 2012, con el comienzo en el estrecho de Ormuz. Por ese pasillito de agua, con Irán al norte y los Emiratos – más concretamente, el “aliado” Omán- al Sur, pasa entre el 70 y el 80% del petróleo del golfo pérsico, ese que alimenta nuestras calderas, nuestros depósitos de gasolina y nuestros mecheros. Mide unos 60 kilómetros en la zona más angosta, por lo que es fácil de controlar si uno se pone –sobre todo con esos misiles de última generación que le pegan un pepinazo a una mosca a 500 millas de distancia- en la costa.
Yo no sé si lo del archiduque de Sarajevo o lo de la elección de Adolf, la anexión de los Sudetes y posterior agresión a Polonia, por ser eventos europeos, fueron detonantes más importantes para un conflicto calificable de “mundial” que la que se está preparando en Ormuz. Eso de “mundial” supongo que es un adjetivo que los historiadores ponen a posteriori. No sé si algún día, algún historiador sesudo considerará que esa cadena de guerras con Estados Unidos, la URSS, Iraq, Irán, Kuwait, la OTAN y la ONU de protagonistas podría considerarse un conflicto global interrelacionado, y si la que anuncia Irán con el cierre de Ormuz puede ser otro capítulo de esa larga guerra de Oriente Medio.
Lo cierto es que Europa y Estados Unidos, además de otra veintena de paises del mundo, tienen tropas en la zona desde hace años, incluyendo esa invasión de Iraq “autorizada” por la ONU y que, en este momento, en el lado este de Ormuz, hay docenas de buques de guerra esperando una orden que, más que de un gobierno, puede venir de los grupos que controlan el tráfico y el precio del petróleo. Irán por su parte, no se corta una cala, lo dice hasta en los telediarios, y seguro que tiene la costa norte ya con los misiles y las tropas preparadas para no dejar pasar ni un barco petrolero más a partir del momento en que algún ayatolá o el Ahmadineyad de la Opep diga: “Ahora”.
A mí el alarmismo no me gusta. Sólo genera tensión, pero esto de Ormuz no es ninguna broma. Los que mandan de verdad, esos que juegan al monopoly cuando abre la NYSE o con el índice Nikkei, tienen grandes intereses en la especulación con el precio del crudo. Y si a esos no les importa que cuarenta años después el intocable Gadafi caiga en desgracia y sea asesinado en una carretera secundaria, que a los niños griegos se les tenga que volver a dar cartillas de racionamiento para poder desayunar, que los chinos disfracen su ascenso a primera potencia económica de transición controlada o que Obama aún siga viviendo en la Casa Blanca, menos les va a importar que unos y otros lleguen a las manos en Ormuz.
Eso. Como lo del alarmismo no me gusta, sólo observo. Y desde mi ignorancia, trato de sacar conclusiones inteligentes… y mínimamente esperanzadas. Dicen que somos racionales…, ¿o no?.
El viejo adagio –creo que era un adagio también, sí- decía que hay tres cosas básicas en la vida: la salud, el dinero y el amor. Es decir: la sensación de sentirse bien, la de sentirse querido y la de tener las necesidades básicas cubiertas.
Para suplir estas carencias, poderosas mafias siempre han traficado con sucedáneos. Drogas, putas y juego. Las drogas, para crear esos paraísos artificiales que engañan a una salud o una mente herida o enferma, desde el valium a la heroína y, al final, abusar de ellos mata. Las putas, para hacerte sentir deseado, amado o sencillamente atendido: el engaño que provoca el abuso de la prostitución es quedarse al final más solo que la una.
Y luego está el juego: ese atajo a la fortuna que inventaron las mismas – paralelas- mafias para suplir el camino al dinero que se gana -¡qué antiguo!- con el sudor de la frente. Dinero inmediato, de azar, por el sólo hecho de tirar de una palanca o apostar por una carta. Y quien abusa de este sistema, como en el caso de los otros dos, en general acaba arruinado.
Lo cierto es que jugar y especular con las tres grandes ilusiones humanas siempre ha generado mucho dinero: tanto que se montan grandes redes y barrios enteros consagrados a traficar con esos tres sucedáneos de la salud, el dinero y el amor. Pero todo el mundo sabe que, por más que generen ilusiones ficticias, estos sucedáneos no son vecinos deseados. Aunque generen una amplia clientela y cantidades obscenas de dinero, nadie quiere vivir cerca de un barrio de putas, de drogas o de juego.
Vivo en una ciudad en que la administración ahora hostiga a las putas fuera de los parques y de las arterias comerciales, pero no les deja montar un “barrio rojo” con puerta de acceso como en Ámsterdam o Hamburgo. Una ciudad en la que además de las líneas estándar de autobús hay cundas para llegar a la Cañada Real o a Pitis –a esos sitios donde el autobús no llega y la policía no entra- para pillar. Y en mi ciudad, o cerca, hasta ahora había tragaperras en los bares, el viejo casino de la calle de Alcalá ,el nuevo de Torrelodones y el de Aranjuez.
Pero ahora ha llegado un señor americano y se ha ofrecido a montar un barrio entero dedicado a ese sucedáneo del dinero que se gana por trabajo: yo, en realidad no estoy contra los usuarios de los casinos ni los que trabajan en los otros sucedáneos sino contra los verdaderos traficantes y deformadores de las ilusiones originales. El camello a gran escala, el proxeneta, o el mafioso son mucho más malos -¡dónde va a parar!- que el croupier o la puta que se ganan la vida así, o que los usuarios que si consumen esa oferta es porque -¡también!- la ley, o que las autoridades les dejen saltarse la ley, se lo permite.
Aunque a nadie le gusta tener por vecinos a estos negociantes, la presidenta de Madrid –que ha buscado para ofrecer al yanki terrenos no exactamente colindantes con su vecindad- ha considerado la oferta de este negociante lo que ahora los economistas llaman un área de oportunidad.
Se dejará fumar, que no rija el estatuto de los trabajadores, que no se paguen impuestos, se regalará el terreno, se les pondrá alfombra roja. No sé si haría lo mismo si en lugar de un remedo de Las Vegas, el yanki le dijera a Espe que iba a dar trabajo a camellitos de poca monta o a putitas jóvenes y si estaría tan encantada con la oportunidad. Lo cierto es que, como vecinos, a estos tampoco les va a querer nadie. Atraerán clientelas, dependencias y mafias específicas bien incómodas. Pero parece –según dice la jefa- que va a ser eldorado para la región. Miedo da.
Concierto de clave en la Junta Municipal. Entrada gratuita. Niños, jubilados, señoras que entran y salen de la sala como si fuera un puesto del mercado o el H&M en rebajas del 70%.
Ambulatorio. Médico de cabecera. Número 63, como si fuera la cola de la charcutería: faltan 35 números aunque es la hora que me han dado. Delante, el señor abonado cada tarde al médico, la hipocondríaca de los jueves, el del placebo…
Fiestas de barrio: juegos infantiles en el parque. Niños bestias que acaparan el castillo hinchable, adolescentes que hacen cola por decimoquinta vez para el toro mecánico, gente que pasa por cada caseta de asociaciones preguntando que si regalan algo.
Esto es así. Todo lo que se da gratis parece que no cuesta dinero. Cuando en un sitio hay acceso, disponibilidad o entrada gratuita parece menos valioso: si dan refrescos gratis, hay vasos llenos o tirados por el suelo en todos los sitios. Si tiran caramelos, la gente se lleva las bolsas para llenarlas y luego dejarlas tiradas por ahí. Si el acceso al acto es libre, los espectadores le tienen menos respecto al ponente o actuante y lo consideran menos que si fuera el niño aporreando el tambor en el salón de casa.
Eso si: si por entrar a un parque público te cobran 50 céntimos simbólicos, los parterres lucen, las bombillas iluminan y las flores no se arrancan. ¡Hemos pagado!. Es triste, pero estamos acostumbrados así de mal. Pagar parece que da caché a las cosas per se: la sociedad médica, el abogado de campanillas, el cole uniformado. Es el gran error de lo público. Nunca se ha hecho valer. Y nunca ha hecho conocer al contribuyente que lo está pagando. Por eso los yankis vienen a España a que les pongan la cadera en un hospital público, que la ponen muy bien y encima se cachondean de que nuestro sistema sea absurdo o de tontos.
La foto es del parque Europa -¿aviso subliminal para navegantes?- de Torrejón: un espacio público donde por hacer casi todo hay que pagar una cantidad simbólica. Cientos de personas van allí como si fuera un parque Warner o una disneylandia barata, con respeto por las instalaciones y, además, alabando lo bien que funciona.
Ahora dicen que cualquier país europeo civilizado que se precie te cobra por entrar por urgencias si el médico considera que le estabas echando cuento o morro. Yo tengo mis dudas, pero todo lo que se cobra simbólicamente, desde unos fuegos artificiales a un bocata, parece que es mejor, aunque sea público.
¿Me estaría equivocando yo de cabo a rabo con lo que es el bienestar?.

Pues en aerodeslizadores no vamos.
Cuando yo era chaval, en los 70 más o menos, el mundo futuro que nos imaginábamos –“Año dos mil, llega el año dos mil y el milenio traerá” cantaba Miguel Ríos ya en los ochenta- estaba trufado de una poética de ciencia ficción que nos auguraba algo a medio camino entre el mundo feliz de Huxley y los supersónicos.
Yo he crecido con fábulas de ciencia ficción como el planeta de los simios, 1984, los replicantes y los blade runner, lo de 2001 la odisea del espacio, la guerra de las galaxias, Dune o la fuga de Logan, además de los mencionados supersónicos. Cuando faltaban más o menos 30 años para el año 2000, los niños de la segunda mitad del siglo XX nos imaginábamos cosas que efectivamente ahora existen, como usar en cualquier sitio un teléfono sin hilos, hablar con los amigos por videoconferencia o tener cada uno una computadora en casa. También pensábamos que comeríamos con pastillas y que iríamos de fin de semana a la luna, usaríamos ropa plateada y todas las ciudades serían del tipo de Brasilia.
De aquellas fabulas futuristas infantiles se han cumplido muchos presupuestos, algunos de forma abrumadora. No hemos tenido el contacto de Jodie Foster ni ha llegado Godzilla -a pesar de Fukushima- ni ET ni los ewoks, eso es verdad. Pero incluso remontándose a Tomas Moro o a Jonathan Swift o Verne, hay cienciaficciones que, en lo político, en lo filosófico y en lo de a pie de calle, lo han clavado. No, no tenemos los robots ni las leyes robóticas de Asimov pero ya tenemos aquí al gran hermano, los ministerios, el doblepensar, los proles, la reescritura del pasado inmediato y la neolengua de Orwell. La estatua de la libertad no está hundida en una playa, pero hay estructuras políticas aparentemente copadas por un establishment de simios feroces que rehúyen sistemáticamente las teorías científicas de sus doctoras Ciras. No vivimos en casas suspendidas como setas en el aire como Super, Ultra, , Lucero y Cometín Sónico, pero los jefes de empresa cada vez se parecen más al señor Júpiter – la verdad es que parecen ser así desde tiempos del señor Rajuela, de los Picapiedra-. Mi peli favorita, Blade Runner, se equivocó de parte a parte en la continuidad de emporios como Atari, Pan-Am, Bell o Cuisinart, pero no en las pymes de distribución de las grandes ciudades, dominadas por los chinos, ni en esa localización por estratos de las castas que viven en las urbes. Por supuesto, Darth Vader no existe como tal, pero sí hay senados amordazados por emperadores siniestros contra los que sólo se oponen algunos jedis vestidos de perroflauta o friki, con ropa de arpillera y la coletilla.
Lo que me sorprende precisamente de las fábulas futuristas que consumía de chaval es que había pocos jóvenes: había científicos robóticos casi en edad de prejubilación, horrorosos Goldsteins más malos que el fantasma de Trostki, replicantes de edad indeterminada al borde de una muerte a lo Jim Morrison -aunque no llevaran impresa en el circuito integrado la fecha de caducidad-, castas imperiales casi medievales con golas, tocados y complementos que harían las delicias de Lady Gaga, ordenadores Hal comidos por sus propios troyanos pero, sobre todo, había una masa de extras amorfa que discurría por esa historia del futuro prácticamente sin cara: sin votar, opinar y mucho menos pensar. Era un futuro de consumir si podías, de sobrevivir si te dejaban y de sólo poder ver cosas inimaginables si te ibas más allá de Tannhäuser.
En fín. Que entonces los jóvenes éramos nosotros y que ahora… ya hemos llegado.
¡Ay, San Francisco de Sales, patrón de la prensa!, ¿cuándo fue que dejó de cotizarse el periodista y las empresas de comunicación decidieron que se podía incluso cobrar al plumilla por publicar?.
Supongo que fue cuando el oficio de periodista se convirtió en el de mero recogedor de dossieres y asistente a ruedas de prensa programadas; cuando el periodista aceptó también de buen grado sin rebelarse que no se le permitieran preguntas más allá de las declaraciones del convocante; cuando cada medio se dedicó a alimentar y difundir únicamente las ideas de su propio grupo de presión, cuando el llamado periodismo de investigación no sólo se convirtió en algo oneroso para los medios sino básicamente incómodo; cuando la cama, el pesebre o el enchufe sustituyeron casi en exclusiva al prestigio o la inteligencia; cuando prejubilar al que ya sabía para no pagarle trienios compensaba ampliamente para malpagar con su sueldo a un número indeterminado de becarios. Pues básicamente, cuando los profesionales se convirtieron en puros altavoces y floreros.
Cuando los medios se depauperaron hasta tal punto que, con el pretexto de la democratización se convirtieron en el paraíso del “puedo saludar” y los contenidos trabajados se sustituyeron por abrir a todas horas las líneas telefónicas para que el espectador, el oyente o el público mandara su opinión a través de un sms pagado. Cuando salió más a cuenta callarse que denunciar a costa de una subvención, una campaña o un anuncio. Cuando se institucionalizó una amistad de ida y vuelta entre el periodista y el objeto de la actualidad que rozaba lo que en los tribunales se llama cohecho. Cuando la estilística, la ortografía y el background se sustituyeron mayoritariamente por eso que hay debajo de la blusa o la bragueta. Cuando se ignoró que el espectro audiovisual es un bien limitado que hay que cuidar y mimar y no vender al mejor postor.
Cuando el agradecimiento político se pagaba en cargos editoriales en los medios públicos. Cuando el mejor premio al espectador era el número de canales clónicos que repiten tarots, teletiendas y concursos amañados. Cuando no se podía renunciar a los anuncios por palabras de prostitución aunque el medio fuera apostólico y romano. Cuando era mejor mantener un tertuliano gracioso que un especialista. Cuando cualquier medio se puede permitir un fichaje estrella y un juguete roto por temporada. Cuando las palabras -sobre lo que sea- se pagan al peso y la firma, si no eres de relumbrón, es lo de menos.
Y luego habrá quien le culpe a Internet, pero esto se veía venir mucho antes de que cualquiera pudiera decir lo que le da la gana por la red. Es más: seguramente la red al final va a ser el refugio último de quien aún tiene algo que decir que no sea al dictado, subvencionado o patrocinado. Echarse al monte o a la red, aunque la mala leche a veces difumine el rigor del plumilla montaraz o verso suelto,ese rigor del que tantos medios carecen hace ya mucho tiempo. San Francisco de Sales: ¡no te pido que el sector se quede como está porque la cosa es que –me da que- a estas alturas ya no queda casi nada…!
Soy dragón: este año, por tanto, cumplo otra docena de años. Aunque no me los crea eso de los horóscopos siempre me ha gustado y, si hay que ponerse simbólico, siempre está -en mi opinión- mejor ir de dragón que de jabalí, de buey o de rata. La verdad es que este año me he tomado un poco más en cuenta lo del dragón porque, con el tiempo, me voy liberando del occidentecentrismo y me voy dando cuenta de lo necesario que se hace entender la forma de entender el mundo –expresiva, laboral, familiar, artística, religiosamente- que tienen los orientales para no deprimirme. Cosas como el deber, el respeto, la jerarquía, la armonía, la búsqueda del lugar en el cosmos, el equilibrio, el castigo y la recompensa son conceptos que aquí nos suenan de hace tiempo ya a chino y que quizá, como en los cuentos que nos leían de pequeños, a mí se me hacen cada vez más necesarios.
Y no: no es que me vuelva conservador. Es que desde que tengo últimamente proveedores y amigos orientales, noto que sobre todo son educados, ceremoniosos, comedidos y respetuosos, lo que no necesariamente coincide con ser conservador, por más que los conservadores de aquí digan que los progresistas tienen formas -¡paradoja!- de cavernícolas. Desde el incidente –por llamar de alguna manera a esa catástrofe- de Fukushima, observo con cierta envidia que el alma del carácter oriental es diametralmente opuesto a -por ejemplo- el de ese obispo de Valladolid, que muerde la mano estatal que aporta 13 kilos de euros al mes a la institución que representa, poniéndose chulo con la vicepresidenta Soraya y poniendo el gesto torcido a que dé el pregón de las fiestas pucelanas de Semana Santa por estar matrimoniada civilmente. Estos, dentro de poco, nos obligan a volver al creacionismo. Y encima, dirán que los dragones no existen. Pero es que para mitologías rancias aquí, por ejemplo, tenemos también las de los reyes, que ríase usted del derecho divino de los emperadores del sol naciente ahora va a resultar que ser infanta de España es no saber de dónde saca pa´ tanto como destaca tu marido el olímpico. Este intentar encajar los aconteceres con una mítica , al final, cañí de medio pelo propia es muy de aquí de empresarios tipo Díaz Ferrán, de obispos, de alcaldesas de peras y manzanas, que esos sí que son conservadores, pero sin los valores tradicionales que caracterizan a los héroes de Fukushima o –creo que- a los dragones.
1964, 1976, 1988, 2000, 2012: mis años vividos del dragón –que dicen que son los prósperos- coincidieron con las olimpiadas de Tokio, Montreal, Seúl, Sidney y, este año, con las de Londres… Eso sí: aquí otra vez queremos ser olímpicos. Pero ahora para 2020, que tampoco será año de Dragón. Y que visto lo visto, si es como siempre, serán otra vez –supongo- más gastos de representación. Al final sí que va a ser que yo creo en dragones, más que en olimpiadas u obispos de esos que dicen que unas valen para parir y otros para dar homilías o que los pregones solo los den los matrimoniados por su rito. Que el dragón nos pille confesados
Mi amigo P., que dirige un periódico digital, se autodefine como “juntaletras”.
Mi padre soñaba con que yo fuera ingeniero de Caminos, Canales y puertos, pero a mí me gustaba escribir. Desde chiquitín. Primero cuentitos cortos, luego poemas y cuando tuve edad de ponerme un poco grandilocuente, pequeñas críticas y ensayos. Así que después de equivocar el camino haciendo –y repitiendo- el COU de ciencias, me dije: “¡Qué coño, vamos a estudiar lo que nos gusta!”. Y me metí a hacer periodismo.
En la facultad nos hablaban –aparte de de coñazos como Ferdinand de Saussure o de la maquetación con tipómetro- de la regla de las 5W, de objetividad, de contraste, de rigor –o “rigurosidad”, como se dice ahora-. Yo estaba loco por escribir, por eso cuando casi sin acabar segundo me dijeron que si me presentaba a unas prácticas de verano en radio, pues probé. Hasta entonces, mi contacto con el medio se había limitado a poner cafés los fines de semana en una radio de frecuencia modulada, hacer un programa con gente de la movida en una radio libre, escribir en una revista de poesía de barrio y maquetar un pretencioso proyecto de moda en ocho idiomas que nunca llegó a salir a la luz.
Y resultó que, en lo de aquella radio, había 17 plazas en Madrid y saqué el número 18 en la prueba. Sin embargo, como los teletipos desaparecían y las redacciones se estaban empezando a informatizar, al final me llamaron para empezar allí como dicen las leyendas que hicieron todos los grandes: metido en el cuartucho de los teletipos, seleccionando, cortando y llevando a cada sección lo que correspondía: deportes, local, urgentes, AFP… Un día –eso debe ser endémico en los medios- debía faltar gente para leer una batería de titulares en el matinal. Me preguntaron si me atrevía a leerlos. Y…claro. No lo debí hacer del todo mal, aunque yo abominaba de lo que consideraba una voz aflautada, porque, al final, me tiré casi 17 años haciendo radio.
Aunque hubo entre medias cosas diferentes: siendo yo, que al final nos terminan encasillando, un chaval de informativos –y básicamente de la denostada información local-, resultó que en épocas fui tambien redactor de programas de televisión y coordinador de “happenings”, ambientador musical, moderador de debates de adolescentes y jóvenes, informador de servicio público, profe de cursos de locución, redactor online… Curiosamente, eso de “escribir” -por lo que yo me había metido a estudiar periodismo- pues… como que no. Mucha noticia, mucho lead, mucho rigor, mucha empresa, muchas cinco uvedobles, pero hasta casi los cuarenta años no me dieron opción a escribir una columna. Casi casi, cuando me dijeron, al mismo tiempo, que con mi sueldo podían pagar a tres becarios.
Ahora –desde entonces, hace unos diez años- soy vendedor. Cuando escribía en medios también hablaba de vender, pero ese concepto no les gustaba a todos los jefes o editores: por lo menos no manifestarlo con la boca grande. Porque un medio informa, no vende…
Va a hacer tres años que una amiga deslenguada, ajena a los medios, me dijo: “Oye, nene, y con lo que te gusta a ti escribir, ¿por qué no escribes un blog, aunque no te lo paguen?. Por puro gusto”. Y al principio estaba reticente: para las convicciones íntimas, berrearlas al mundo me parece exponerse, ¡y encima sin cobrar!. Pero le cogí el gusto. Evidentemente mi blog era todo menos periodístico: ideología, malos rollos, rabietas, burlas. Nada ecléctico, nada mesurado, nada “balanceado” que dicen también los finos. Era una cosa básicamente para mí y para los colegas, no necesariamente documentado ni veraz, si bien nunca he sido consciente de estar escribiendo deliberadamente una mentira.
Pues ahora mi colega, ese “juntaletras”, resulta que me ofrece incluir el blog en una nueva página de periodistas. En los diez años que llevo fuera he visto como la prensa, radio y tele de este país –más allá de la crisis- se ha depauperado en lo que respecta a quienes viven de la palabra a pasos agigantados. Supongo que como la construcción o el metal, aunque en las letras – si acaso, en un sector residual de los medios, el puro colorín, sí- nunca hubo “pelotazo”. Y repaso lo escrito en el blog: no tiene nada que ver con el periodismo, por lo menos con el que me enseñaron.
Pero sí. Debo ser periodista. Eso dice el título que tengo ahí en una carpeta cogiendo polvo en casa, mi vida laboral, mis cotizaciones y muchas palabras que, como radiofonista, no se quedaron en papel - aunque estuvieran escritas- y se llevó el viento. Teniendo en cuenta que desde hoy hay un antes y un después, en consideración al oficio trataré de ser menos visceral, parcial o, al menos, más contrastador. Nunca, nunca me creí que el periodista pueda ser objetivo –ni por la mano que le da de comer, ni por su forma de selección y descarte de temas, ni por su cultura e ideología- pero, ahora que también parece que me van a leer en www.periodisticos.com , al menos intentaré recuperar algo del alma periodista que pude tener alguna vez aunque, en el fondo, lo que me haya gustado de verdad, desde pequeñito, es pertenecer, en principio, a la categoría de “juntaletras”. Muchas gracias por la iniciativa, P.
Aquí siempre estamos igual. Desde tiempos de Viriato. Si es que no aprendemos.
Hace años escribí un poemario llamado “Adán” en el que, a partir de la anécdota de la primera familia humana que nos refiere el génesis analizaba la envidia, el sexo, la necesidad de trascendencia, el papel de la mujer, la necesidad de dar la talla a las expectativas que se ponen en ti, el favoritismo, la paternidad y otros temas. Pero, a lo que iba: a mí Caín –que en el fondo, si nos atenemos a la Biblia, seria nuestro antepasado común, el de todos- se me hacía un tío currantón, necesitado de reconocimiento y atónito por el favoritismo no sólo de dios sino de sus propios padres humanos por un hermano al que poco menos que le llovía el maná del cielo y le araban los ángeles el campo como a San Isidro, mientras a él le salían callos como cangrejos. La cosa es que yo a Caín, si no le entiendo lo de cargarse al hermano a quijadazos, al menos sí puedo disculparle –y le entiendo perfectamente- lo de esa envidia atónita y proletaria del blando de Abel. Igual que digo, ya metidos en harinas bíblicas, que el padre del hijo pródigo me parece un peligroso favoritista parcial, matando a su mejor cordero para recibir a ese hijo que siempre había pasado de él como de comer mierda mientras que al que apencaba en casa, ni puto caso.
La cosa es que hoy se ha muerto Fraga y leo cosas de todo tipo, según de dónde vengan. Como –me imagino-el día que se muera Carrillo. Y me doy cuenta de que aquí no aprendemos: todo el día con el “Y tu más”. Por supuesto que yo estoy a favor de la memoria y no de estar en contínuo revisionismo para hacer de nuestros libros un plácido vergel de entendimientos políticamente correctos, pero me sorprende lo fácilmente que entronizamos y beatificamos a nuestros correligionarios con la misma saña con la que damos estopa sin tregua a los que son de la otra parte. Es muy de aquí. Cainismo puro. Y así nos ha lucido el pelo.
Mira. No pensaba volver al blog hablando de Fraga y Carrillo. Lo cierto es que siendo políticos antitéticos en ideas, son de esa raza de dinosaurios políticos cuya convicción les ha condicionado la vida. Los detractores sacarán –una vez más- lo de Paracuellos o “la calle es mía” y los comulgantes les tendrán por padres de nuestra democracia y nuestra constitución. Si en algo les respeto respecto a esta mierdera raza de polítiquillos del siglo XXI que se hacen igual a una camisita que a un canesú es que han sido gente de convicción. Que en 90 años de vida han maniobrado para delante y para atrás para adaptarse a las circunstancias, pero no han renegado de nada para conseguir otra legislatura ni pensaban en ser políticos para tener una gloriosa jubilación a costa de un escaño. Y que pueden haber sido incómodos y radicales desde su perspectiva política, pero que nadie les ha bajado del burro.
Genio y figura. Sólo por eso, mis respetos, Don Manuel. Los mismos respetos que le tengo a Don Santiago. A pesar de la ley Fraga. A pesar de que jamás de los jamases se me ocurrirá votar al partido del que usted tenía la presidencia de honor, que ahora -¡ay!- quedará en manos del del bigote. Pero eso… ya es otra historia.
Mi hija acaba de ganar otro premio. De microrrelatos.
Un día, dentro de varias décadas –supongo- quizá busque un día trazas de su –nuestro- pasado: ahora está en esa edad en la que la lógica de crecer y hacerse autónoma impone si no despreciar, al menos poner en cuarentena todo aquello que le contamos los que hasta hace poco éramos su referencia básica de comportamiento, estrategia e ideología. Rebelarse contra los padres no sólo me parece lógico sino sano dentro de la trayectoria vital aunque… hoy no estoy por hablar de ese momento vital, sino de los microrrelatos, las fotos digitales, los sms, las redes sociales, la realidad tan fragmentada que si algún día, cuando ya estemos muertos, se pone a buscar alguna realidad pasada, encontrará trocitos ínfimos de un prisma incompleto. Incluso quienes hicimos la carrera de escribir, a veces somos tan vagos que ya no nos molestamos en crear con conciencia, aunque sea con esa mínima esperanza de la trascendencia. Ya todo es inmediato, actual, sin desfragmentar, en píldoras, comprimido, blanco y negro. La historia reescrita a diario, el arte –y, en particular, la literatura- una forma de subsistencia que si no da rédito económico –según Lucía Etxevarria o la SGAE- no merece desvelo intelectual del autor; la realidad, en forma de titular subjetivo que ni siquiera respeta ya la regla de las 5 W.
Llevo casi mes y medio sin escribir en el blog. Ha cambiado el gobierno, ha estallado el escándalo Urdangarín, sigue creciendo el paro, tenemos nueva alcaldesa…: eso en lo noticioso. En lo personal también ha habido cambios, emociones, cosas de qué escribir. Y en lo laboral, en la amistad y en lo meramente anecdótico. Pero estaba con la desidia. Algún día todo esto que escribo al tuntún podría recopilarse y parecería un ideario, la crónica de un tiempo, de una edad. Y ni siquiera llega a eso la mayor parte de las veces.
Ya. Virtudes de la tecnología, de la globalidad, de la comunicación. Ya sé que la bisabuela sólo legaba una foto y no miles. Pero quizá por eso se peinaba y se ponía tan tiesa. Para que quien la viera algún día pensara que ella era así, o así es como ella quería hacerse ver. Las modas ya son tan efímeras que ni siquiera existen.
Seguiré escribiendo. Pero la vida no son sólo instantáneas o microrrelatos, hija. Feliz 2012.
Teshhoro…inshidiashhhh.
¿Qué no digo lo que pienssho?, ¿programa oculto?...Inshidiashhhh. Shmeagol essssh bueno. Pero el hobbit malo quiere nueshhtro tesshoro… dilapida nuessshtro tesshoro, con shus perroflautashh. Lo que hace falta aquí esssh orden, confianza…, lo que diosssh manda. Nuestro tesshhoro, de Shmeagol y de losh mercadosssssh y… de la Merkel. ¿De la Merkel dicesh?, i¡nshidiasssssh!.
Lo que diosssh manda, prima de riesssshgo. Cuando a Shmeagol le quitó sshu tesoro el hobbit malo, habíamosssh creado cinco millonesssh de puestos…¿burbujassshh?... ¡inssshidiassshhh! . Confianzashh, mercadosssshhhh, eshos perroflautashhh llenan Shol de insshidiasssh. ¿Prirvatizacionesssh?. ¡No, mi tessshoro!. No tienesh másh que ver lo que, en avanzada, ha hecho la lideresssha de Sauron con la shanidad, la educación y los dependientessh, lossh mejoresssh atendidosssh por la pública en toda la Tierra Media… como diosssh manda.
¡Shiglasssssh y essstadíssshticasssh! FMI y BCE asssheguran que da lo misshmo el hobbit que llegue, que el crecimiento será el missshmo. ¡Por Sauron y Coshpedal! Inssshidiassshhh…. ¡que echen a Ana Passshtor cuanto antessh…! Inclusssho con mayoría absssholuta… tantosh añosh eshperando a eshto y ahora me toca ir al dictado de Shhhauron, shin autonomía. No hay derecho. ¡Inssshidia!
Sin decir nada en toda la campaña prometí que todo ssshe haría como diosssh manda. ¡Y vaya shi manda, aunque el votante aún no shepa a qué diosssh me he encomendado!. Tessshoro, tiposssh de interés, prima de riessshgo. ¡Shmeagol esh bueno, amo!
¡Y me voy, que tengo que ir de comprash a Berssshhhka!
No se puede condenar por adelantado. Pese a que haya quien mete en el mismo saco a Mario Conde, Julián Muñoz, Camps, el Dioni, el solitario o esta semana a ese conocido noble… no es lo mismo decir presuntos o confesos, imputados o condenados: hablo de alcaldes, altos cargos, bancarios, chorizos, funcionarios, hermanísimos, los de guante blanco, los de atraco a sucursal, los de comisión, los de furgón, los de fondo de reptiles, los de casoplón en Sotogrande, los blanqueadores, los de la droga, los de consejo de administración, los de Cañada Real, los de mafia de puerta de discoteca, los de corbata Hermés… Hay lógicas diferencias de interpretación de la culpa durante el proceso – de la presunción a la condena o a la libre absolución- pero una vez que se demuestra de forma fehaciente que has sido un ladrón, debía haber un sistema común, una tabla rasa, un castigo ejemplarizante para que el delito no se convierta en ejemplo para otros. Y evidentemente, no sólo castigo, sino restitución.
Confieso que aunque realmente me dan más susto físico si me los encuentro de frente, entiendo mejor los motivos del carterista o del sirlero que los de los de la apropiación indebida. Pero igual que la policía se queja de que los descuideros detenidos, que se conocen la ley al dedillo, por una puerta entran y por otra salen de comisaría aún si se les ha pillado in fraganti en el choriceo de cartera ajena, la verdad es que con los grandes ladrones no se queja nadie. O no se les pide que te devuelvan lo robado como pides ante el juez al ladronzuelo que entró por la ventana del piso que te devuelva el rosario de tu madre.
Ocurre también que si yo, ciudadano, me equivoco tontamente –involuntaria o deliberadamente- en unos eurillos en la declaración del IRPF un ejercicio, Hacienda me persigue el pequeño descubierto, me lo detecta, me lo avisa, me lo cobra con intereses o me lo embarga si es necesario. Es decir, no sólo me castiga sino que se lo cobra de todas todas. Eso, por no hablar de cómo te tratan los bancos si entras en una lista de morosos o si las facturas de primero de mes te pillan con números rojos en la cuenta.
Pero cuando se levantan cifras mayores, el sistema cambia. Hay imputación pública –a veces vergonzante, sí, pero tanto como la de la de una familia que se enfrenta a desahucio por impago- juicios mediáticos previos, y luego fiscales, jueces, condenas, años de cárcel pero…ya. Ahí se acaba.
No dudo –casi nunca- de las labores punitiva, ejemplarizante y educativa de las sanciones en nuestro sistema jurídico penal, pero hay una que, con los grandes delincuentes, suele caer en el olvido la mayor parte de las veces cuando es factible: la restitutiva. Más que el arrepentimiento, es tanto o más importante –y educativo, para el delincuente y para el resto- la restitución: es imposible que un asesino en serie devuelva la vida a los asesinados, pero si Gallardón me persigue hasta el infierno para cobrarme una multa –incluso injusta, con recargos- no sé por qué ya no se busca con el mismo ahínco el furgón del Dioni o las bolsas de basura del alcalde de Marbella. Es lo que hacemos al castigar a nuestros hijos para que aprendan las cosas que están bien y las que están mal, ¿no?: no pueden disfrutar el producto de una mala acción, aunque ya hayan tenido, de hecho, el castigo sin postre o el no sales de tu habitación.
Bueno. Eso. Que no se puede culpar al noble -¡no seré yo!- antes de que haya condena, pero que ya se habla en la imputación de cinco kilos disipados en el aire. Por lo que, con la misma convicción que defiendo su presunción de inocencia, si algún día hubiera condena firme, aparte de la vergüenza para la familia, no estaría mal que los cinco kilos volvieran a las arcas públicas de las que –presuntamente- salieron. No es por el duque –simpático, representativo y guapo hasta decir basta- ni por ningún otro presunto pero creo que, una vez demostrado, todo aquel que se lo ha llevado no debería cumplir su condena hasta que, si lo tiene o se le puede embargar/sacar de donde sea, lo devuelva.
Es que si no, todo el monte es orégano. Y cuanto más robes, más impune quedas.
esclavista. 1. adj. Partidario de la esclavitud. U. t. c. s.
esclavitud. 1. f. Estado de esclavo. 2. f. Sujeción rigurosa y fuerte a las pasiones y afectos del alma. 3. f. Sujeción excesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación. 4. f. Hermandad o congregación en que se alistan y concurren varias personas a ejercitarse en ciertos actos de devoción.
esclavo, va. (Del b. lat. sclavus, este del gr. bizant. σκλάβος, der. regres. de σκλαβηνός, propiamente, 'eslavo', y este del eslavo slovĕninŭ, nombre que se daba a sí mismo el pueblo eslavo, que fue víctima de la esclavitud en el Oriente medieval). 1. adj. Dicho de una persona: Que carece de libertad por estar bajo el dominio de otra. U. t. c. s. 2. adj. Sometido rigurosa o fuertemente a un deber, pasión, afecto, vicio, etc., que priva de libertad. Hombre esclavo de su palabra, de la ambición, de la amistad, de la envidia. U. t. c. s. 3. adj. Rendido, obediente, enamorado. U. t. c. s. 4. m. y f. Persona alistada en alguna cofradía de esclavitud.
Todos –incluso aquellos que se creen más libres- necesitamos pequeñas o grandes dosis de esclavitud.
Parto –y es definición de la RAE- que ser esclavo, de primeras, ni es una figura poética ni conlleva en absoluto una igualdad de condiciones. No es una relación equitativa, ni siquiera –muchas veces no- simbiótica. Hay alguien –o algo- que pide, exige o da por descontado que la otra parte le debe respeto, reverencia y obediencia y alguien que, voluntaria u obligadamente, la da.
Importa poco que el primer contratante sea un individuo o un grupo, una creencia o un hábito. El amo no siempre es un vil negrero o un sudista, una secta o un master/maitresse: hay esclavos de dependencias, de vicios, de partidos, de órdenes, de dioses, de familiares, de redes sociales, de tendencias, de modas, de amantes, de trabajos… En muchas ocasiones, el esclavo no quiere ni de lejos librarse de esa esclavitud ni piensa de lejos en una manumisión, aunque en la relación haya –como es lógico- carencias y renuncias o dolor. Muchas veces no piensan ni en el origen ni en el contrato –si es que existió alguna vez- que llevó a iniciar esa relación. Porque hasta existe no sólo convicción, sino placer en ella.
Hay órdenes religiosas de monjas que se autodenominan esclavas. Hay esclavos de pasiones. Del dinero. De su pareja. De un objetivo. Creo que la esclavitud comienza en el momento en que alguien esquiva, teme o no puede asumir su propia individualidad, su soledad o su mismidad y necesita integrarse. Y la mayor parte de las veces se integra en una estructura en la que no existe una relación de igualdad: alguien o algo propone, dispone y ordena y el esclavo, generosa, desinteresada u obligatoriamente, con afección –la mayor parte de las veces- o sin ella, se da.
“Miedo a la libertad”, de Fromm o “Miedo a Volar”, de Erica Jong son dos tratados clásicos sobre ese estadio obligado, sobrevenido o voluntariamente aceptado en que el individuo decide ofrecerse, querer mucho, obedecer, confiar ciegamente, servir, sacrificarse que empieza, creo, con esa relación paterno-filial de la que la mayor parte de los adolescentes se tratan de liberar en algún momento. Pero después de esta liberación inicial casi general, se abraza a otros amos, muchas veces hasta inconscientemente. La relación amo-esclavo se basa en una fortísima interdependencia en la que el esclavo da y en la que, muchas veces, la propia esencia del amo depende del esclavo.
Uno de los mitos sobre la esclavitud es el de que hoy esa relación es, como en los tiempos de la civilización clásica, obligatoria o de casta, prácticamente inevitable. Pero la esclavitud hoy depende fundamentalmente de la confianza, la necesidad, el amor o la fe. En contra del esclavo tradicional de las colonias, que era abducido, secuestrado -contra su voluntad- de su libertad para imponerle unos grilletes ni esperados ni deseados, la mayor parte de los esclavos de hoy lo son de forma, si no voluntaria, al menos solidaria con los deseos de sus amos. No esperan la manumisión sino que se sienten agradecidos, reconocidos, integrados. Es más: igual que un niño obedece cuando su padre o madre le dice: “Tómate esto-aunque pique, esté malo, escueza o duela-, que te va a hacer bien” o asume el cachete pedagógico como una fase de su aprendizaje, los esclavos eternos agradecen que en la actitud de sus poseedores haya un cierto talante omnímodo, sádico o arbitrario que les recuerde que no están en igualdad de relaciones, que les gusta –nos gusta- depender.
Es paradójico que, cuando la democracia nos asegura que hemos alcanzado las más altas cotas de libertad de la historia, en occidente seamos esclavos de slogans, partidismos, tarjetas de crédito, hipotecas, patrias ficticias, idearios, contratos. Estimo que, como esclavos voluntarios, deberíamos parar un momento y decidir si, como Fernando Fernán Gómez, haciendo de profesor universitario voluntariamente esclavo de una familia en aquella rareza cinematográfica llamada “Stico”, queremos seguir tutelados, protegidos, ordenados, naturalmente castigados o incluso amados por nuestros amos o pedimos la carta de libertad, rompemos el contrato y nos planteamos una manumisión –él no la quería- que nos haga libertos de algunas dominaciones.
Y que conste que yo, en el fondo, no me quejo. Porque esa confianza ciega en algo mayor que tú es la base de la fe. O del amor.
Si. Como muchos otros –y mucho antes de ver “300”- uno ha sido espartáfilo más jovencito. Aunque también ha sentido filias por el método Summerhill, por el ascetismo del príncipe Siddharta, por el dandismo wildeano e incluso he llegado a merodear observando movimientos ajenos alrededor de ideologías tan alejadas como el maquis, el brahmanismo, la anarquía, la utopía de Tomás Moro, la falange o la teología de la liberación. Militar, militar –exceptuando una breve filiación sindical- nunca he tenido carné de partido y, si aún soy del club Ratz es porque no he encontrado registro donde apostatar. Con el tiempo, he descubierto que si bien dificilmente mataria por ninguna ideología, hay reductos vitales de ideas en los que uno se ha venido acomodando por cercanía, convicción, aterrizaje o pura inercia.
Es el caso de la democracia. Aún entendiendo que la democracia, tal como la entendemos en el occidente del siglo XXI es una pantomima y una burla de la representación directa de la gente, sigo votando. Votar me parece desde hace años una herramienta vital más útil que ir a misa, aunque -¡claro!- menos que la de sacarme las castañas del fuego yo mismo. Sin embargo, en ese hilo, considero que, como europeo, desciendo más de Atenas que de Esparta, por más admirador que una vez me sintiera a los cojones de Leónidas y al temple inamovible de su ciudad-estado.
Todo esto viene a cuento de los dos noticiones de la semana: el anuncio de abandono de la violencia de ETA y el linchamiento consentido de Gadafi. Si me pongo espartano, entendería la presunta dignidad del combatiente que decide el día y la hora en que pone fin a la lucha pero sin tirar las armas ni quitarse la capucha o del hammurabiano partisano que, armado con un móvil con cámara, retrata cómo lincha al sangriento dictador y sube las imágenes a Internet. La cosa es que hace años que opté –y parece que también la civilización en que vivo, o al menos eso dice- por Atenas. Porque la dignidad animal, el ojo por ojo, el cese o reanudación de hostilidades en manos de quien no domina la partida son teatros espartanos donde la única dignidad animal asegurada, al final, está en los muertos. El resto de actos diarios en vida de las tropas de cualquier Leónidas es buscar comida y comer si se puede, follar, quitarse de en medio al débil, dormir –aún con un ojo abierto siempre-, buscarse la vida incluso matando cuando hace falta, y descartar lealtades incluso hasta al padre o el jefe de la manada, si es el caso de que ha llegado a viejo y ya no sigue el ritmo de predación y hacer valer por delante de todos los demás lo que les sale de los santos cojones. Y puede parecer muy heróico o dar muy bien en un cómic sangriento de Frank Miller, pero…
…como yo nunca movería ficha diciendo que pongo fin a una guerra aparentemente perdida con una capucha puesta, sin saber aparentemente qué piensa el otro bando y guardándome aún armas en la recámara ,ni tampoco subiría a internet el video de lo que debería ser el acto íntimo de derrocar, juzgar o matar a mi enemigo acérrimo sino que lo que trataría es de hacer público su juicio con luz y taquígrafos y mis razones para condenarle si, incluso en el caso de que fuera a muerte, quisiera que me asista la razón, pues… me creo poco.
Pero es que debe ser que, en esto de la democracia representativa yo me he quedado en Atenas. Aunque en realidad, el poder de muchas de las democracias que hoy se etiquetan de tal, estén funcionando al final con el ideario de Esparta. Y eso si que ya me disgusta. Así nos va… ¿O, es que va a resultar al final que nos colaron Esparta por Atenas?
Leo. Leo bastante. Y me sigue gustando, a pesar de todo.
En casa, una habitación casi entera está dedicada a los libros, pese a que algunos lectores de e-book me dicen que eso es una antigüedad.
Y mi hija, a pesar de la tdt, los sms, tuenti, los dvd, también. Pero le ha faltado un escalón.
Como si fuera la cotización de la deuda, la lectura de tebeos entre niños y adolescentes se ha hundido hasta el punto de que lo que en un momento se dio por llamar el “noveno arte” prácticamente ha desaparecido de los kioscos.
Cuando era chavalín, en los primeros setenta, con los cinco duros del finde aparte de los sacis, los bazooka, los polos o los primeros flaggolosina o las pipas, siempre caía un tebeo de Bruguera. La verdad es que primero fueron el Pumby –con Blanquita y el profesor Chivete-, el “Donald” –con esos maravillosos guiones de Carl Barks y Al Tagliaferro para unos personajes Disney que, en cortometraje, me dicen poco- y el TBO -con los Ulises o Franz de Copenhague- pero luego me aficioné a esa otra editorial y, en particular, al Supermortadelo donde conocí desde el sulfato atómico al gang del Chicharrón. A medida que fui haciéndome mayor fui descubriendo pequeñas delicatessen, como el Trinca –Carlos Jiménez, Victor Mora o Ventura y Nieto- o aquel Strong en que, por primera vez, llegaron a España Lucky Luke, Spirou, Gastón o esos pequeños bichos azules belgas llamados schtroumpfs que aquí, en España, se dio por llamar pitufos. Y a través de Dargaud leí a Iznogoud y, naturalmente -aún guardo en casa de mis padres las dos coles enteras encuadernadas en tapa dura- descubrí al Asterix de Uderzo y Goscinny y, justo antes de iniciar la adolescencia, a Tintín, de Hergé.
La linea clara, lo llamaban… Mientras me prestaban algunos incunables del capitán Trueno, del Príncipe Valiente de Harold Foster o del viejo Flash Gordon junto con los superhéroes de Marvel o DC Comics –yo no compraba esos, que eran los más caros y además, a los X-Men o a Thor los reivindiqué mucho más tarde-, una navidad nos llegó la obra completa del Guerrero del Antifaz -¡jevimetal ibérico, con Ali Khan y aquella condesita Anamaría!-. Sé fehacientemente que por aquel entonces mi chica, que seguramente ya había dejado de masticar chicles Niña, leía el Esther y su mundo en el Lily.
Todos leíamos tebeos, incluso los mayores. Ya con Franco muerto se leía a Mafalda de Quino/Lumen, aunque yo también leía a Peanuts de Schultz en inglés. La verdad es que, en lo que respecta a los dibujantes de viñetas, mis padres habían metido primero en casa “La Codorniz” y luego “Hermano Lobo” donde, si no en forma de tebeo, sí descubrí alucinantes viñetas de Chumy, de Perich, de Ops –hoy El Roto-, de Forges: ellos no eran de tebeos, no.
¡Will Eisner y el Spirit!. Y luego, el Star: dejando aparte de que ahi descubriera a Burroughs, a Siouxsie o a Iggy Pop, es el momento en que descubrí el underground: Crumb –Mr. Natural o el gato Fritz-, Shelton, un primitivo Moebius pero también a un incipiente Ceesepe, a Nazario o los antecedentes de los garrirris de Mariscal. ¡Valentina, de Crepax!. Tengo la colección de Star casi entera y, mientras oía el Forgesound, empecé a coleccionar primero el “1984” de Toutain y luego aquel luminoso y fugaz “Madriz” - ¡Fernando Vicente, Ana Juan, Arranz!- editado por la concejalía de cultura del Ayuntamiento de Tierno. Esos sí que los tengo todos, porque los “víboras” sueltos –una vez que acabó aquel experimento anarcoide del Star- los alternaba con el “Rambla” o el “Cairo”. Y álbumes seriados: Den, de Richard Corben, Los Comandos del Orden Negro de Enki Bilal, el Peter Pank de Max, Giuseppe Bergman y las fabulosas tías de Milo Manara, el RanXerox de Tamburini y Liberatore, el zorrón de Ghita de Alizarr de Frank Thorne, las Tranches da Vie de Lauzier… Negrete. Juan Jiménez. Beá. Wrightson. El maravilloso Barry Windsor-Smith. La abuelita de Eguillor. Uf, ¡cuánta sci-fi, cuanto erotismo, cuanta política, cuanta denuncia, cuánta risa, cuanto pasote por agradecer!.
Redescubrí joyas como la dadaísta Krazy Kat, el Thimble Theatre de Segar -¡ese Popeye!-, Li´l Abner, Beetle Bailey o el lujosísimo y onírico Little Nemo. Últimamente sólo estaba abonado –además de al incombustible Andrés Rábago- a Cuttlas y Mauro Entrialgo -¡esa “Plétora de Piñatas!- porque la verdad, lo japo y el anime pues no me va. Es que no entiendo lo de las prepúberes del anime ni que la viñeta o el tebeo -tipo bola de dragón o pokémon- valga para vender merchandising.
Entiendo que las niñas ya no quieran ser princesas pero…¡no me cabe en la cabeza que a los niños ya no les guste leer comics!
Me preguntaba, a raíz de otra entrada de blog previa no hace demasiado, el experto –¡no sólo en esto!- R. por mi actriz porno favorita. Y vamos…
La verdad es que Onán , solo ante una pantalla para DVD o de PC, fliparía hoy en día. Especialmente ante las posibilidades del amateurismo –parece que, en esto, es como en los castings de OT: todo el mundo se ve capaz y asegura que le encantaría vivir de ello-. Pero igual que en cine convencional soy muy de star system, para esto otro no tengo pasiones personalistas compulsivas ni colecciono semblanzas de grandes estrellas.
Y va a resultar que, pensando, pensando, eso del porno es una herramienta que me gusta en la misma medida que me encantan los dibujos animados o los campeonatos mundiales de atletismo. Son cosas que, ves, conciernen a personajes que sabes que no son reales –o al menos, no exactamente “humanos”- y que, con más especialización que en el cine convencional, hacen cosas que en la vida real no realiza el común de los mortales. Y ciertamente, la técnica y el alma de ese arte requieren de cierta profesionalidad y no de dejar que las cosas fluyan al azar. Por otra parte, si en lo de mi periodismo nunca creí que debiera ser busto parlante una tía sólo por tener las tetas grandes o anchas tragaderas, va a ser que en esto otro tampoco. Pero… más allá, eso de la soledad de Onán -él solito como Juan Palomo-, me ha hecho reflexionar que, para estas cosas, también existen caracteres.
Ya he contado que entre los deportes que he practicado –cuando lo hacía- estuvieron el esquí, el windsurf, el salto de trampolín, la gimnasia deportiva, la bici o las pesas: ese tipo de deportes en los que no tienes que estar al “centra, centra” o a cómo de concentrado ha llegado el equipo contrario. Digamos que soy de deportes solitarios. Nunca jamás me ha gustado jugar un partido de fútbol o de baloncesto e, icónicamente, como forofo, un equipo en movimiento no me despierta la más mínima compulsión de aficionado.
Evidentemente, ver porno no es un ejercicio introspectivo del mismo tipo que, por ejemplo, escribir poesía, que también me gusta mucho. Pero, en mi caso, coinciden en la necesidad, la obligatoriedad de hacerlo a solas. Ver porno no es un acto sexual en sí mismo. Por lo menos, yo no entiendo el porno como un precalentamiento al acto o como complemento a los cubatas de una reunión de pajilleros. Más bien es como cuando llevas unos cuantos kilómetros agarrado al manillar o te has hecho unos cuantos largos de piscina y ya te calambrean los brazos. En que concierne meramente a ser espectador, lo que deslumbra –al menos a mí- es ver hacer a alguien algo que no te podías imaginar. Un buen climax de peli porno es como una subida jodida en solitario al Alpe D´Huez o los últimos metros de una carrera de Usuain Bolt. Hay gente que necesita desconectar un rato del universo viendo cosas como esas: poniéndose en las neuronas -o en otras partes- de alguien que hace lo que no alcanzamos a hacer los demás, aunque esté en las fantasías íntimas de muchos.
Debe ser la mentalidad del solitario. La verdad es que esto me da algo de vergüenza: igual que no me oirá nadie ponerme una bandera de equipo y gritar desaforado: “¡penalti, penalti!”, creo que nadie me oirá tampoco hacer un comentario de textos público o glosar las cualidades, medidas o virtudes olímpicas de una actriz del porno. Yo, que no tengo inconveniente en que me vean los palominos de los gayumbos, ni en publicitar ese blog en el que vuelco muchos convencimientos personales ni en leer mis poemas en voz alta ante un auditorio, la verdad es que me parece que proclamar lo que, al menos en lo gráfico, son las pasiones personales de las vísceras bajas es un poco una traición a uno mismo, a su mismidad e intimidad. Y no: no es que me parezca que soy un vicioso inconfesable – he de reconocer, en mi desdoro, que no me apasiona ninguna filia ilegal- sino que… quizá es que el porno, por su propia naturaleza, es inequívocamente sexista, primitivo, muchas veces sucio, equívoco, infiel e incluso violento. Y quizá por eso, prefiero que el animal, no irracional aunque absolutamente primario, que – sé que- llevo dentro se quede donde está, en la caseta o en la cueva: ahí dentro. Repìto: al final, va a resultar que soy vergonzoso aunque, la verdad, sigo prefiriendo un porno que ponerme a pegar tiros a diestro y siniestro en la pleiesteishon, que también es bastante animal y también libera endorfinas, parece.
Ah, bueno, oye, ¡y que con esto no parezca que doy a entender que estoy ahí todo el día dale que dale al manubrio!
D. nació en Barcelona, aunque su familia era castellana de siempre pero es que las cosas de una guerra llevan a esos éxodos. G., por el contrario, nació en el barrio de Lavapiés de Madrid seis meses después, en la misma casa en la que nacieron su padre y su abuelo sordomudo. D., en su colegio de Madrid, se intercambiaba a veces con su hermana para algunos castigos y exámenes ya que ella era la gemela respondona. G. iba al Kostka. Pero con catorce o quince años, D. y G. habían dejado de estudiar porque las cosas de una postguerra -también- llevan a esos avatares. G. hizo dos años largos de mili en la Marina en Ferrol y Canarias y, a la vuelta empezó a trabajar en una fábrica del INI, al final, pero final, de Arturo Soria. Y allí conoció a D. Como hija de viuda, antes había que empezar a ayudar a sacar pronto las castañas del fuego en casa.
G. y D. limaban lentes, pero la cosa no era para tirar cohetes. A punto de cumplir los 20, los dos decidieron aventurarse a salir a la emigración. Ya eran medio novietes y, en el 57 se plantaron en Suiza: ella en la parte francesa y él en la alemana. D. chapurreaba franchute y G. tedesco. Al final, después de irse en Vespa desde Madrid hasta Ginebra, acabaron compartiendo destinos en una capital de cantón de la parte alemana, en una fábrica de compases, teodolitos, niveles y aparatos de precisión. Volvieron a Madrid a casarse en la primera semana del 62. Para entonces ya tenían un Volkswagen escarabajo rojo, una lámpara de salón y un comedor de madera maciza. Y luego, de vuelta a Suiza. Desayunaban ovomaltine, escuchaban a Raphael, a los Beatles y a Gigliola Cinquetti en un magnetofón Grundig y rodaban pequeñas escenas familiares en blanco y negro con una cámara de ocho. Él usaba gafas de pasta, fumaba en pipa y usaba bañadores turbo; ella iba a la Migros, leía libros de poesía y cultivaba un feminismo larvado que eclosionaría años después.
Después de casi dos años –mucha media para la época- a base de ogino, en un error de cálculo, D. se quedó embarazada y pasó el crudo invierno del 63 paseando la barriga a 30 grados bajo cero para ir cada mañana a la fábrica. Justo a punto del parto –los críos, dicen, vienen con un pan debajo de brazo- un señor suizo que había abierto empresa en Madrid, el señor W., le ofreció a G. un trabajo bastante bien pagado para alguien con iniciativa. Así que el mismo año 64, con el portabebés, se plantaron en Madrid. Alquilados. Él de pluriempleado y ella, de ama de casa. Con todo, a pesar de que él se tiraba en el curro de sol a sol y ella cumplia con todo eso que antes se daba en llamar “sus labores”, hubo goteo de embarazos –y de varones- hasta el 68. Decidieron comprar un piso, otro coche, que los niños estudiaran en un colegio en que enseñaran inglés. Ella acabó el graduado escolar. Llenaron la casa de libros y ella aprendió a conducir, aunque dio bien poco uso a su 600. Nuevo barrio. En el 73, cuando ya creían que habían acabado y que no habría niña, nuevo penalti. Otro varón.
G. y D., la verdad, no han tenido nunca caracteres muy compatibles. G. es posesivo, controlador y no muy aficionado a las artes o al ocio prolongado, aunque le gusta el deporte, el aire libre, conducir lejos y el camping. D. es cantarina, socialista, insistente y respondona: nunca fue de las que se callan. La Juan March, el Auditorio Nacional, el coro o una excursión con amigos son esos sitios donde, mientras pudo, le arrastraba a regañadientes para que él, a veces, roncara. Aunque al final hicieron panda común. Como pareja, el perro y el gato hasta para dónde se ha de colgar un cuadro. Y como padres, pues como todos los buenos: no tuvieron nunca el libro de instrucciones de los hijos pero se centraron en que los suyos fueran felices y siguieran un camino si no recto, al menos justo. Con ellos recorrieron esa Europa que les había dado una mentalidad diferente de la de una parte triste de su generación antes incluso de que se redactara la constitución del 78. Y fueron de esosque al no haber terminado los estudios, sufrieron de carreritis con sus hijos: además de hacerles sacar un título superior les hicieron probar música, natación, judo, tenis, escultismo, windsurf o incluso cosas más exóticas como salto de trampolín o árabe.
D. y G. son aún hoy a veces insistentes, muy pesados: se hacen mayores y dicen ahora que esta sociedad no les gusta. Puede ser que les asuste un poco porque ya tienen cinco nietos, pero no quieren ni oir hablar de que les llamen viejos a pesar de los nódulos y de la próstata. D. sigue siendo un poco contestataria y protestona y G., además de descreido se está volviendo hipocondriaco. Se han montado en cooperativa un sitio de tercera edad en un pueblo de la sierra donde dicen que se van a ir a vivir con sus amigos, como si fuera una comuna de las jipis de los años 70, pero de septuagenarios coleguillas. Aunque…
En menos de tres meses D. y G. cumplen 50 años de casados. ¡Y… me alegro tanto de que sean mis padres!
Uno observa, calla, vota, se manifiesta, cree, descree, habla, piensa.
Cuando la primera declaración de intenciones, de programa y de voluntades que oye en meses –quizá años- al que va a ser el presidente del gobierno dentro de unas semanas es que las cosas se van a hacer “como dios manda” es que me entran los escalofríos.
¿Cómo dios?, ¿cómo qué dios?. No sé si hay algún dios que le mande a él algo porque yo no sé de ningún dios que haya mandado nada a nadie directamente. Por no creerme yo no me creo ni lo de la zarza ardiendo ni lo de las tablas y el arca, que parece ser el orígen de todo lo que nos toca a nosotros, que no a los chinos o a los indios americanos. Pero en las religiones y dioses occidentales, parece que incluso la revelación a Mahoma y la yihad tienen que ver con aquellas tablas primigenias del Sinaí en las que esa zarza –descendiente o connatural en forma intrínseca al que creó el cosmos en siete días y sacó a Eva de la costilla de Adán- hizo su declaración de principios.
Aunque, verdaderamente, creo que el dios al que se refiere Rajoy no es exactamente el que mató a los malos en la primera de Indiana Jones. Es más bien ese de Rouco, el de Ratz, el de los nasciturus y el de “como nadie ha registrado este terreno, me lo apalanco yo”. Es ese dios que autorizaba a ir al militar del Ferrol bajo palio y mandaba rapar mujeres por haber estudiado en la Escuela Libre de Enseñanza o les hacía beber aceite de ricino por no ponerse velo o llevar la falda unos centímetros por encima de la rodilla. O quizá sea ese dios de George Bush, tan parecido al hebreo, que ha elegido a un pueblo o a una clase social para ponerla por encima del resto.
Cuando era pequeño, había mucha gente que amparándose en ese concepto de un dios vengador, selectivo y cabreado con quien no bailaba el agua a sus acólitos hablaba de quienes eran “gente de bien” y del resto. A mí, con ser ateo, la verdad es que hay dioses que me caen muy bien pero ese dios tan tiquismiquis con las chorradas y con tanta manga ancha para los abusos del poder me ha caido siempre muy gordo. Me molan Loki, Horus, Vishnu, Wakon Tonka, el cachondo de Dionisos e incluso, si me pongo cruel, el hijoputa de Baal. Pero un dios que está a si has puesto la cruz en la renta, si metes por delante o por detrás o si te has confesado después de putear bien a los demás, en realidad, me parece un miserable y un cutre habiendo lo que hay. Y ese es el dios en el que se basaba “la gente de orden, de pro y de ley”.
No sé que ley establece que si la gente se indigna con el abuso haya que denigrarla e insultarla hasta la extenuación, con campañas de propaganda pagadas de sus propios impuestos. No sé que dios, en sueños, le hará las revelaciones divinas de gobierno al del frenillo. Ahora, por lo menos, sé entonces que no va a ser Bankia, Botín, Moody´s o la Merkel, lo que me da cierto respiro. Pero me imagino a Mariano esperando a que dios se le manifieste, a menos que tenga ya apañado un padre confesor que le haga de intérprete. Y eso, la verdad, es que me acojona más.
Por ejemplo: si las revelaciones le van a llegar a través de la prensa matinal, si hubiera leido hoy el ABC, pues pensará que los indignados son unos quemarruedas, lo que le llevaría a la misma conclusión que a Espe: los perroflautas y antisistema son unos camorristas y pendencieros. Unos sindios, vamos. Así que si va a guiar el cuatrienio por lo que dios manda, no es que pida que dios nos pille confesaos, sino que el del frenillo elija bien a su confesor.